El Curi sentado a la puerta de La Habana Café, en la zona de Cantarranas. FOTO: ÚC
El Curi sentado a la puerta de La Habana Café, en la zona de Cantarranas. FOTO: ÚC

El Curi patea estos días las calles de Valladolid. Pero que no cunda el pánico. No trae rotulador, su arma mortífera a finales de la década de los 80 con la que hizo miles de pintadas en los lugares más insospechados con el nombre de su grupo: Los Buitres del Pisuerga.

Antonio Curiel (el Curi)  hace años que cambió la chupa negra por la guayabera. Lleva casi 25 años viviendo en Cuba, desde donde hace escapadas para ver a los amigos del Norte, del Centro y del Sur del estado español.  Y siempre regresa a la isla caribeña, en la que ya es conocido como 'El Caballero de La Habana', en remedo del 'Caballero de París', un gallego , de Lugo -José María López Medín- que emigró a Cuba a principios del siglo XX, perdió la razón y que tiene una estatua en el centro histórico de la capital cubana.

Como en viajes anteriores, su equipaje se reduce prácticamente a un montón de copias de su último disco, titulado 'El Caballero de La Habana ya llegó...', con 16 temas, cuatro de ellos con el mismo nombre que la grabación, realizada con el Sexteto Maguey, y que El Curi regala a sus amigos. Se trata de un recopilatorio con canciones ya editadas anteriormente.

"Estoy en despromoción", asegura. Pero confiesa que tiene otros cinco discos grabados y pendientes de ser editados.

Antonio Curiel regresó a Valladolid tras una etapa intensa en Euskadi, donde cantó Zarama y fue el cantante -vestido con sotana, le habían expulsado de un centro religioso- de AHV (Altos Hornos de Vizcaya), encuadrados en el 'rock radikal vasco,  y aunque editó un miniLP y 4 singles, él considera que nunca estuvo en el núcleo duro de aquel movimiento. Antes había sido cantautor en Madrid, con álbunes como  'Cantos de lucha por la libertad' y 'La respuesta ya no está en el viento'. Tras su etapa de activista de La Comuna y empleado de El Cafetín, local que quisieron volar los fachas, grabó otro disco: 'Historia de camaleones y otros bichos raros'; era su etapa de cantante callejero, en la calle Princesa, después de haber sufrido un accidente de coche en el que perdió un ojo.

Su irrupción en Valladolid con la creación de Los Buitres del Pisuerga fue todo un fenómeno. Su objetivo era dinamizar, agitar la ciudad y no siempre fue comprendido."Para punki yo, que vengo del País Vasco", solía decir.

Aquí desplegó parte de lo que había aprendido en la Margen Izquierda de Bilbao. De las masivas pintadas, al anuncio de conciertos fantasmas... "Había mucha provocación, experimentar con el 'bisnes'... y en más de una ocasión salí escaldado. Reconozco que algunas veces se nos fue de las manos", comenta.

El Curi con su chupa en los tiempos de Los Buitres del Pisuerga.
El Curi con su chupa en los tiempos de Los Buitres del Pisuerga.

El Curi era capaz de ir a la Junta a vender un proyecto, como el disco ecologista 'Vamos a contar mentiras', y a la vez encadenarse en un despacho oficial, reemplazar los castillos de la bandera de la comunidad por buitres, lanzar la campaña 'Se busca' u organizar 'los conciertos de ocupación'.

En las Fiestas de San Lorenzo de 1989 quemó su incombustible cazadora negra con la leyenda 'Los Buitres del Pisuerga' en el escenario de la Plaza Mayor.  "Fue un acto purificador", que pudo acabar mal si no es por la rápida intervención de los extintores. Así cerró una etapa de 3 intensos años en los que creó más de un quebradero de cabeza a las autoridades.

Un día decidió pasar página. Dejamos de verle caminar incansablemente por las calles, donde hacia su vida; cesaron las pintadas con el nombre de su grupo (hoy todavía se conservan algunas) y se marchó a Córdoba, donde mantenía The Curi Blues, formación con la que desarrolló su afición por el jazz y el blues. Luego emprendió rumbo a Cuba, a donde había viajado en una ocasión con Los Buitres del Pisuerga, al margen de otros viajes individuales. Imborrable es la gira que hizo y los conciertos  con los grupillos de rock incipientes de la Isla, que tenían su centro de operaciones en el 'Patio María', o en el Café cantante, vinculado al Teatro Nacional. Allí fue donde decidió que se acababa la época de Los Buitres del Pisuerga. 

"A la vuelta, cerramos. Lo habíamos pasado muy bien", rememora El Curi, 22 años después en una conversación informal - que según él nunca debiera ver la luz- mantenida esta semana en la zona de Cantarranas por la que se movió entonces y a la que gusta volver. Son muchos los que le reconocen y saludan; juntos recuerdan mil y una anécdota.

'Yo no veo la televisión', el del directo en El Pigalle -donde instaló su cuartel general-, entre otras grabaciones que  han quedado de aquella época.

En los nuevos tiempos, con el sello 'Nubenegra', de Manuel Domínguez, salió 'El Curi en La Habana', un buen disco -para más de un crítico 'uno de los discos del año' (2001)- que debió ser un éxito y no lo fue. El rock había dado paso a los ritmos cubanos:  son, chachachá, danzón, guaracha, guajira, rimba, mambo...  habaneras y boleros nacidos aquí. Después vino 'El Caballero de La Habana', con  11 canciones, grabado integramente con músicos cubanos, en el mítico Estudio Radio Progreso. No hubo un tercero, como tenía firmado con el sello discográfico...

"Me fuí a otra historia, a Cuba. De Valladolid me marché, pero por ser de aquí [nació en Pesquera de Duero] siempre vuelvo. Soy un superviviente", expresa El Curi, que quiere ser cubano y nunca lo será, como dice en una de sus canciones.

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