Músicos y público al finalizar el concierto. FOTO: Gaspar Francés
Músicos y público al finalizar el concierto. FOTO: Gaspar Francés

El verano, para muchas, es la época en la que los viajes se cuentan por conciertos, saltando de festival en festival, de acampada en acampada, descubriendo o siguiendo a bandas que, más allá de los grandes eventos, se nutren de pequeños o medianos festivales en los que el público, más que cliente, se siente parte de una celebración. En este hábitat ha vivido el verano Papawanda, coincidiendo con sus colegas de Oye! Sebas en más de una parada, y gracias a El Salón de Godot han pasado por Valladolid para dejar una noche de ritmo, sabor, sudor y risas en el Desierto Rojo.

En Oye! Sebas se mezclan espíritus musicales inquietos de diversa procedencia. Su cantante, guitarrista y compositor, Sebastián Escobar, trae el sabor de su Colombia natal y sus paisajes, mezclándose con el Combo Guánabi, la banda creada para el proyecto de La Mare, compuesta por el percusionista vallisoletano Nacho Castro y el bajista malagueño Pablo López.

Fueron los encargados de abrir la tarde noche de música, aunque el ambiente festivo se empezaba a respirar ya en la terraza durante los preparativos, con su fusión de sonidos latinos, aderezados con la poesía, rapeada incluso, de Sebas. Con sus versos fue capaz de hacer sentir el caer de los mangos maduros sobre el tejado de su casa o seguir el viaje de la cumbia, desde África a América, como ejemplo de interculturalidad y resistencia. El combo Guánabi se encargaba de dar color a la dinámica de sus canciones, enganchando al público que obnubilado seguía los temas hasta que los pies y las caderas no podían resistir la llamada del ritmo y el frente del escenario como pista de baile.

Y esto solo era el principio de la fiesta, ya que el plato fuerte aun estaba bailando entre el público. Papawanda llegaron al escenario para dejar claro que lo de Oye! Sebas era solo el calentamiento de lo que se venía. En el saco musical de la banda madrileña cabe todo lo que haga vibrar, desde el funk al ska, el reggae o de nuevo la música latina, interpretado con saber y entusiasmo por Ignacio Sánchez al saxo y los teclados, Andrés Cuesta al bajo, Borja Picó a la voz y la guitarra, Mochu Zaballos en la batería y Román García a la guitarra eléctrica.

Aunque la jam session estaba anunciada para el final del concierto, momento en el que el escenario quedó abierto para la participación del resto de músicos que nutrían la sala, además de contar con Nacho Castro en las congas, como ya hizo en otros festivales como el gallego Reina Loba, contaron también con la colaboración de su manager y compinche musical, Ezequiel Issolio, que no dejó pasar la oportunidad de compartir sus inspiradoras composiciones. Siempre guiado por la cariñosa alegría de Borja Picó, el espectáculo fue alargándose hasta un punto en el que era difícil descifrar si era el público quien ansiaba más canciones, era la banda la que no quería abandonar las tablas o una mezcla de ambas.

Una noche para el recuerdo en la que músicos de bandas vallisoletanas como De Perdidos al Trío, La Noche de la Iguana o Bless, entre otras, no dejaron pasar la oportunidad de mezclar su arte con el de los grupos anfitriones. De alguna manera El Salón de Godot, o Ion Luque como principal instigador, quisieron traer a Valladolid, y lo consiguieron, una parte de la esencia del WIM -What Is Music?- que se celebra cada julio en Frías, un encuentro musical de diez días a base de cursos, talleres y jam sessions, espacio en el que muchos de ellos ya habían compartido horas de improvisación.


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