Amparo Moral (Colectivo Indignado), María José Berceruelo (Entrepueblos) y Pepe Lobato (Stop Desahucios), integrantes vallisoletanos de la Caravana Abriendo Fronteras. Foto: Gaspar Francés
Amparo Moral (Colectivo Indignado), María José Berceruelo (Entrepueblos) y Pepe Lobato (Stop Desahucios), integrantes vallisoletanos de la Caravana Abriendo Fronteras. Foto: Gaspar Francés

De regreso a Barcelona, cerrando ya un viaje de norte a sur por Italia muy duro físicamente cuyo itinerario dejó poco tiempo para la reflexión, por fin, en un rincón solitario de la cubierta pude asomarme a la barandilla del barco y mirar el mar. Ese mar Mediterráneo inmenso que vive abrazado al cielo, horizonte imaginario dónde reside la Utopía, ya lo dice Galeano, esa fuerza que nos obliga a caminar.

Un mar de un profundo azul, pero también de un profundo negro que está sepultando tantas vidas, que ha ahogado tantos sueños. Un mar silencioso como un cementerio, impenetrable, impasible, eterno.

Pensaba en la ironía del momento.

En las caravanistas disfrutando de la alegría de saber que el deseado regreso era ya inminente e irreversible, que nada ni nadie iban a impedir la vuelta a la seguridad de una casa, de un trabajo, de una familia, de unos amigos que nos esperan.

Pensaba en ese DNI europeo que nos abre las puertas de 149 países, en esa piel blanca que no despierta desconfianza ni rechazo, en esa tarjeta visa que nos permite comer, beber, dormir, incluso exigir con esa soberbia que nos otorga el maldito parné, sin preocuparnos del mañana.

Pensaba en ese barco perteneciente a la compañía naviera Grimaldi cuyos principescos dueños acogen con los brazos abiertos en su reinado de bolsillo a capitales procedentes de la explotación sexual o laboral, del tráfico de drogas, de órganos, de armas…, ese sucio dinero negro que no tiene ni huella ni frontera. Un diminuto país, Mónaco, que acoge a jeques y tiranos, sátrapas y ladrones,… Y nosotras, ajenas a tantas contradicciones, o quizás no, felices de pertenecer al mundo en el que los barcos siempre llegan a buen puerto.

Pensaba en esas frágiles embarcaciones, pateras, barcas hinchables, cayucos, con mujeres, niñas, niños y hombres hacinados, desesperados, aterrados, a la deriva, sin agua, sin comida, sin esperanza, sin retorno posible…

Pienso en Francis, un joven camerunés que pudo salvarse. Llegó a la costa Italiana hace dos años. No recuerda nada del viaje. Su memoria se ha detenido porque su corazón y su cuerpo no toleran más dolor. Procedente de un campo de trabajo de Libia dónde le robaron, le explotaron y le torturaron, pudo escaparse. Ahora vive confinado en el CARA de Mineo. No puede volver a su país, le espera la muerte segura. Compartimos un trozo de pizza, unas uvas y una canción. Pudo contarnos su historia y su profunda desesperanza. Él sabe que no puede ver el horizonte desde su ventana, no encuentra la Utopía y no puede caminar. Sabe que le van a seguir explotando, los agricultores de la zona y la mafia necesitan mujeres y hombres sin derechos. Le despedimos sin poder contener las lágrimas, unas lágrimas de rabia, de impotencia, de horror.

Pienso en Mimo, el alcalde de Riace, en su valentía y en la pasión con la que habla, su sincera convicción de que todas las personas son iguales. Sin embargo no se pueden ignorar tampoco las terribles amenazas que ciernen sobre ese pueblo, ese maravilloso proyecto: Un mundo mejor es posible…

El racismo, el fascismo, el egoísmo, el nacionalismo, el etnocentrismo, el patriotismo de aldea y una tendencia global al trato inicuo hacia el “otro” pueden destruirlo todo si callamos.

Siguen resonando el “Bella ciao”, los gritos y las consignas que coreábamos en las manifestaciones:

¡¡¡Nessuna persona è illegale!!! ¡¡¡No borders, no nations, no deportations!!! ¡¡¡Menos Salvini, piu Salvati!!! Siguen muchas dudas, pero también varias certezas: las que integramos Caravana Abriendo Fronteras tenemos que consensuar un modo de ser MÁS, más inteligentes, más generosas, más unidas, más eficientes en la lucha, en la denuncia y en la defensa del cumplimiento de las leyes que protegen la vida y los DDHH.

Y una obligación irrenunciable: no podemos callarnos.

Seguiremos hablando de esta catástrófe humana, del fracaso de la inteligencia y la bondad, seguiremos protestando, gritando, testimoniando, denunciando, denunciando y denunciando... y dando voz a las personas sin voz, a las nadie.

No podemos permitir el silencio.

El silencio es de cobardes.

 


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