Onésimo Redondo, en el centro, con un grupo de seguidores, delante del edificio del edificio de Capitanía General en el Palacio Real.
Onésimo Redondo, en el centro, con un grupo de seguidores, delante del edificio del edificio de Capitanía General en el Palacio Real.

Desde el mismo día 14 de abril de 1931, la II República tuvo enemigos implacables que no dejaron de conspirar para derribarla. Los partidos de derecha, la iglesia católica, dispuesta a dar la batalla por sus intereses hasta el final costara lo que costara, y un gran grupo de mandos militares, en su mayor parte africanistas implicados en irregularidades cometidas durante la guerra de África, fueron los autores de la mayor catástrofe sufrida por nuestro país en la época contemporánea.

Estos tres elementos, coaligados y unidos por la defensa de sus intereses, violaron su juramento de lealtad a la República (que habían hecho por su honor), y en el caso de la Iglesia, pasaron sobre su propio deber de conciencia, dando la vuelta a su mandato mientras incitaban a la violencia en sus círculos de influencia.

Militares traidores y eclesiásticos sacrílegos, unidos a los propietarios y las derechas sociológicas, se levantaron contra el poder legal aquel 18 de julio de 1936, coronando así una espiral de violencia que había comenzado el propio 14 de abril de 1931 y cuyos efectos seguimos sufriendo a día de hoy, cuando ya han transcurrido 80 años.

Y es que la catástrofe fue de tal calibre que a fecha de hoy todavía se desconoce el verdadero calado de aquel baño de sangre, aunque las consecuencias son bien conocidas: miles de asesinados, miles de familias deshechas, el país entero arruinado material y moralmente; destrucción de todo el tejido social, sindical y político; desaparición total del esfuerzo educativo efectuado por la República; decadencia de los pueblos, desmoralización de la población; miles de exiliados, regreso a formas de producción arcaicas, desaparición de las libertades conseguidas, vuelta al pensamiento único mediante el adoctrinamiento religioso y político de la población entera, y, en fin, un atraso irreversible en el desarrollo del país.

El día 17 de julio de 1936 fue la fecha señalada por los golpistas para llevar a cabo su acción criminal. Era un viernes veraniego. La ciudad estaba tranquila. Las familias que se lo podían permitir habían salido hacia las costas norteñas, como era costumbre en Valladolid; había muchos niños en las colonias infantiles que el municipio había organizado, como la de Las Salinas, en Medina del Campo, y los jóvenes deportistas de la ciudad estaban pendientes de las Olimpiadas Populares de Barcelona, en las que Valladolid iba a estar ampliamente representada.

El Norte de Castilla reflejaba la cotidianidad de aquel viernes que iba a ser el último día normal en la vida de los españoles:

Temperaturas previstas en la ciudad: Máxima: 29,6º C . Mínima: 11,9º C Estado del cielo: Mañana: Despejado. Tarde: Nuboso

Nacimientos:

Rafael Manuel Aranda, en la calle Embajadores nº 2

Carmen Molpeceres, en la calle Cadenas nº 28

Valentín Páramo, en la calle General Almirante nº 10

Matrimonios:

Eutiquio Pérez Revilla con Florentina Fernández Esteban

Ángel Llorente González con Isabel Cuesta Fernández

Cines y Teatros:

Sala Zorrilla: sesiones a las 19.15 y a las 22.45 Actuación de Carmen Amaya y Luisita Esteso

Salón Pradera: sesiones a las 19.30 y a las 22.45 “A las doce en punto”, Richard Barthermest y Ann Dvorak

Cinema Coca: “La estropeada vida de Oliverio VIII”, Stan Laurel y Oliver Hardy

Cinema Capitol: “Nuestra Hijita”, Shirley Temple

Cinema Roxy: “Aquí viene la Armada”, James Cagney

Los paseos y la Acera de San Francisco estaban llenos de gente, lo mismo que las terrazas veraniegas como la del Bar Cantábrico, en la plaza Mayor, o la del Café Royalti, en la calle Santiago, que ofrecía sus habituales conciertos veraniegos.

A pesar de esta apariencia de normalidad, la maquinaria de la sublevación ya estaba en marcha.

La trama militar estaba lista para actuar. En la ciudad se había constituido una Junta Militar que trabajaba en Regimientos y Cuarteles, difundiendo propaganda y ganando adeptos.

Por la mañana, el Capitán General, Nicolás Molero Lobo, se había posesionado nuevamente del mando de la 7ª División Orgánica, tras recuperarse de una intervención quirúrgica que le había sido practicada unos días antes.

Por la tarde, un grupo de militares desleales se dirigía a Valladolid para encabezar la sublevación. El encargado de llevar adelante la operación era el General Andrés Saliquet Zamora, acompañado por el Teniente Coronel de Estado Mayor, Enrique Uzquiano; un Comandante de Estado Mayor, Anselmo López Maristany y un Capitán, José Artieda López.

El grupo se dirigió a Mucientes, una localidad muy cercana a la ciudad, y se instalaron en una finca que era propiedad de la familia Cuesta, colaboradores entusiastas del proyecto.

Allí, en esa residencia campestre conocida como el Caserío de los Cuesta, los militares mantuvieron reuniones con los demás implicados vallisoletanos hasta acordar los detalles: la sublevación se produciría en Valladolid en la madrugada de 18 al 19, a las cuatro y media de la madrugada; a esa hora, el General Saliquet y las tropas sublevadas asaltarían la 7ª División Orgánica, tomando posesión de la misma.

Cerrado ya el plan, los cabecillas se dedicaron a pasear y escuchar misas en la capilla de la finca hasta que el sábado 18, cayendo la noche, llegaron emisarios desde Valladolid para anunciar que el golpe se había adelantado de manera espontánea. Los conspiradores interrumpieron su cena, y previo paso por la capilla del Caserío para rogar por el éxito de su traición, salieron a toda prisa hacia Valladolid.

La trama civil del golpe se había adelantado y campaba ya por las calles de la ciudad.

En los pueblos, las milicias ciudadanas constituidas fundamentalmente por jóvenes falangistas armados y entrenados se estaban concentrando en diversas zonas de los alrededores de la ciudad con la intención de cercarla.

Reunidos por partidos judiciales, las concentraciones se produjeron en:

Geria: procedentes de Tordesillas, Medina del Campo y pueblos de su influencia.

Montes Torozos: Medina de Rioseco, Villalón y pueblos de su influencia.

Traspinedo: Peñafiel y pueblos de su influencia.

Viana: Portillo y otros pueblos pinariegos.

Mojados: Olmedo, Iscar

Según el derechista Vicente Gay (un profesor de la universidad de Valladolid que se había beneficiado abundantemente de las becas y bolsas de viaje ofrecidas por ésta), que tras el golpe se vanagloriaba de haber formado y entrenado a los falangistas desde su base en Tordehumos, los golpistas reunidos en estas concentraciones eran miles; en realidad, eran unos cientos, aunque les sobraba agresividad y determinación homicida, como enseguida se comprobó.

En la ciudad de Valladolid, los civiles se concentraron en varios pisos céntricos cuyos propietarios colaboraban de esa manera con el levantamiento. Allí, los falangistas esperaban la señal de salida para hacer su revolución. No eran muchos, ni tenían muchas armas; pero su papel fue relevante en la sublevación, pues fueron la cabeza visible en un principio, y el primer baño de sangre que sufrió la provincia fue debido casi enteramente a los camisas azules, que supervisados y dirigidos desde los puestos de la guardia civil pusieron en práctica las órdenes del Director, Emilio Mola, en todo lo que se refería a la contundencia del golpe:

“Hay que sembrar el terror… hay que dejar la sensación de dominio, eliminando sin escrúpulos ni vacilación a todos los que no piensen como nosotros”

Para esta criminal tarea se preparaban los falangistas vallisoletanos en la tarde y la noche del viernes 17 de julio de 1936.

Las noticias se abrían paso poco a poco: se hablaba de una sublevación militar en las guarniciones de Ceuta y Melilla. Estas noticias estaban ya circulando entre los elementos militares (incluida la Guardia Civil), e incluso sabían que el levantamiento contra el Gobierno de la República en la península comenzaría en la Sexta División.

Los poderes legales no eran ajenos a estos rumores. El Gobernador Civil, Luis Lavín Gautier, convocó una reunión para analizar la situación y tomar precauciones. A esta reunión asistieron el Teniente Coronel de la Guardia Civil, Rubio Saracíbar; el diputado socialista Federico Landrove López (que estaba de paso en Valladolid, para su desgracia); el alcalde de la ciudad, Antonio García de Quintana; los concejales Eusebio González Suárez y José Garrote Tebar; el dirigente ferroviario Torres Bartual y alguna personalidad más.

Ante la verosimilitud de las noticias, determinaron a lo largo de la reunión, que se prolongó hasta la madrugada del sábado 18, reforzar la vigilancia y tomar medidas extraordinarias: emplazar seis ametralladoras en la sede del Gobierno Civil, establecer rondas de vigilancia por toda la ciudad e intensificar la vigilancia sobre los acuartelamientos de la capital para detectar movimientos sospechosos.

Esa noche ya hubo gente reunida en la Casa del Pueblo; algunos grupos de derechistas rondaban por las calles y la policía efectuó varios cacheos, incautando algunas armas.

Así transcurrió la noche del viernes 17 y amaneció el sábado 18 de julio de 1936.

A primera hora de la mañana, la policía, en cumplimiento de las órdenes del Gobernador Civil Luis Lavín, detuvo en sus domicilios a los dirigentes derechistas Sebastián Criado del Rey, un abogado que había patrullado las calles con sus compañeros durante la noche anterior, a Manuel Semprún y a Jiménez Vega, que se habían distinguido por sus ataques y tenían ya amplios antecedentes. Se practicaron registros en sedes y domicilios particulares y se intentó detener a los falangistas más conocidos; pero estaban recluidos en su particular acuartelamiento y las fuerzas de orden público no dieron con ellos o no quisieron conocer su paradero.

A lo largo de la mañana del sábado 18 de julio hubo mucho movimiento en los alrededores del Gobierno Civil, a donde acudieron militares y civiles para recoger información. Todos estaban alarmados por las noticias y los rumores, que daban por hecho el levantamiento.

Mientras, las fuerzas de izquierdas se concentraban en la Casa del Pueblo de Valladolid, situada en la calle Núñez de Arce 14, en busca de directrices. Ingenuamente pensaban organizar una huelga para detener la agresión.

En los pueblos, los alcaldes contactaron con el Gobierno Civil telefónicamente, y algunos, los de los ayuntamientos más cercanos a la capital, mandaron a personas de confianza para que se informaran de primera mano acerca de lo que estaba sucediendo. Muchos de estos enviados serían interceptados por patrullas golpistas y asesinados en pleno camino. Sus cuerpos aparecerían tirados en las cunetas o desaparecerían para siempre. Eso pasó con los delegados de Renedo, de Simancas, de Cigales, de Laguna y de otras localidades.

Mientras tanto, el Gobernador Civil tranquilizaba los ánimos de los alcaldes vía telefónica. A todos aconsejó lo mismo: desarmar a los posibles golpistas del pueblo y concentrar a la mayor cantidad de vecinos afines a la República en los locales municipales o en las Casas del Pueblo. Estas directrices fueron cumplidas por la inmensa mayoría de las corporaciones y como se comprobó después no les sirvió de gran cosa a la hora de defenderse: la gran mayoría de los alcaldes, concejales y dirigentes obreros de los pueblos fueron detenidos, y muchos de ellos asesinados sin más o fusilados tras juicios sumarísimos.

Los guardias de asalto del cuartel de Tenerías estaban siendo avisados desde por la mañana para que se presentasen en su cuartel. A partir de las tres de la tarde, los guardias comenzaron a llegar y fueron formados en el gimnasio, donde el comandante les comunicó la orden de traslado a Madrid y comenzaron a salir en formación a la Plaza de Tenerías, donde estaban ya preparadas las camionetas que les llevarían a la capital. En Madrid ya conocían las tendencias golpistas de la Guardia de Asalto de Valladolid e intentaban disgregar las fuerzas.

De entre el público que contemplaba la escena salió un capitán llamado Pereletegui y empezó a arengar a los guardias, incitándoles a la desobediencia, diciéndoles que los mandaban a Madrid para disparar contra sus compañeros y gritando vivas a España y al Ejército; los concentrados, descontentos con la orden, comenzaron a secundar al capitán, produciéndose gritos que hicieron bajar al Comandante, que estaba en su despacho.

Pereletegui, rodeado por algunos guardias y secundado por el Teniente González Sanz, se enfrentó al Comandante, acusándole de enviar a sus hombres a combatir contra sus propios compañeros. Este capitán estaba entre los conjurados y sabiendo que la sublevación estaba a punto de estallar, precipitó las cosas.

Ante la situación de insubordinación creada por los guardias, que portaban sus armas, se produjeron una serie de conferencias telefónicas entre el cuartel, el Gobernador Civil y el Ministerio de Gobernación, y de todas ellas se concluyó que las Compañías de Guardia de Asalto se quedasen en la ciudad y protegiesen el orden en las calles.

Como se puede comprobar, la debilidad de los responsables militares y políticos fue el más grave de los problemas que tuvo en ese momento la República, y el que al final acabaría con ella y con cuantos intentaron defenderla.

El incidente de la plaza de Tenerías sirvió de espoleta para la sublevación. Enterado el Comandante de Estado Mayor Anselmo López Maristany, que formaba parte de la Junta sediciosa, se puso en marcha de inmediato hacia la finca de Mucientes para avisar a Saliquet de que los acontecimientos se estaban precipitando y traerlo a la ciudad para que encabezase la sublevación, tal y como estaba convenido.

Cuando los militares llegaron a Valladolid, se encontraron con que el golpe se había producido hacía dos horas, es decir, hacia las 18.00 de la tarde. La Guardia de Asalto habían salido en sus camionetas por la calle San Ildefonso hasta el Paseo de Zorrilla; y al llegar a la plaza Zorrilla, grupos de falangistas comenzaron a unírseles al grito de “¡Viva España!”. Las patrullas formadas por los guardias de asalto junto con los paisanos armados empezaron a recorrer la calle Santiago, mientras comercios, bares y cafés cerraban sus puertas y los grupos de izquierdistas que se habían formado en los alrededores se disolvían.

Mientras tanto, el aviso del inicio de la rebelión llegaba al caserío de los Cuesta, en Mucientes. Saliquet hubo de apresurarse para poder cumplir su papel y de inmediato se dirigió junto con todo su grupo hacia la ciudad, donde los grupos derechistas, cada vez más envalentonados, se planteaban entrar en el Gobierno Civil y liberar a los detenidos de la Cárcel Nueva.

El capitán Pereletegui logró disuadir a estos grupos, diciéndoles que había que esperar a que el ejército se les uniera. Quería que el protagonismo de la sublevación se mantuviera desde el primer momento en las manos de los militares. Pero hacia las siete de la tarde las calles de Valladolid ya estaban tomadas por los facciosos: guardias de asalto, falangistas, gente de Acción Popular, de Renovación Española, de las JAP y tradicionalistas habían establecido controles armados y comenzaban a escucharse tiros por diversas zonas de la ciudad, mientras el Ejército y la Guardia Civil, encerrados en sus cuarteles, esperaban cautamente acontecimientos sin intervenir.

Hacia las ocho de la tarde, un piquete armado detuvo en la carretera de Madrid, ya en la entrada de la ciudad, a un coche en el que viajaban dos diputados madrileños que venían a ayudar a las autoridades republicanas. Los diputados socialistas José Maestro San José y Juan Lozano Ruiz, que viajaban en un taxi acompañados de una persona de su confianza, José María Sánchez Izquierdo, fueron conducidos al cuartel de Farnesio, próximo al lugar de los hechos, y solo saldrían para ser juzgados, condenados a muerte y fusilados en San Isidro antes de cumplirse un mes de su detención.

La situación en la ciudad era alarmante. Pasadas las ocho de la tarde, el Gobernador Civil Luis Lavin se volvió a reunir con los dirigentes de la ciudad. Eusebio González Suarez, José Garrote Tebar y Federico Landrove López venían de la Casa del Pueblo, donde ya estaban reunidos cientos de personas, esperando un plan de defensa, una orientación, directrices, armas; algo, en definitiva, con lo que defender a la República, y aunque quizá no eran conscientes en ese momento, su propia vida y la de sus familias.

Los tres dirigentes pidieron la entrega de armas. Lavín, y García de Quintana, gobernador y alcalde respectivamente, no lo veían claro. Pensaban que el levantamiento podía quedarse en una asonada más, y que si entregaban armas a los ciudadanos se produciría un baño de sangre.

Se decidía así la suerte de la ciudad y de miles de vecinos. Un error de cálculo y una decisión basada en la desconfianza hacia los ciudadanos hicieron caer Valladolid, y horas más tarde la provincia entera en manos de los sublevados, que no tendrían piedad. Todos los reunidos en aquella sala del Gobierno Civil morirían en breve plazo: Garrote Tebar, concejal, médico de más de cincuenta años, tuvo el dudoso privilegio de ser el primer fusilado con juicio previo. Le seguirían todos los demás, engrosando así la ya amplia lista de vecinos asesinados por las calles, los campos y las cunetas de toda la provincia.

Cuando los tres socialistas, Garrote, González y Landrove regresaron a la Casa del Pueblo, se encontraron con que ya estaba cercada por las fuerzas sublevadas, por lo que no pudieron entrar. Federico Landrove y José Garrote fueron detenidos días después, juzgados, condenados a muerte y ejecutados; Eusebio González fue interceptado en pleno Pinar de Antequera cuando se disponía a salir de la ciudad, y al ser identificado, lo asesinaron sin más dilación. Torres Bartual fue detenido al anochecer de la tarde del 18 cuando se acercaba a la Casa del Pueblo, y también fue fusilado.

En las calles, y a la espera de la llegada de “la autoridad militar competente”, el Teniente Cuadra de la Guardia de Asalto junto con una patrulla de civiles armados y vestidos muchos de ellos con la camisa azul, tomaron el edificio de Correos, el de Telégrafos y finalmente el de Radio Valladolid, desde donde se emitió la primera comunicación de los sublevados a las 21.30.

En esos momentos, Saliquet cruzaba el río Pisuerga y se refugiaba en un convento de la calle de San Quirce, donde las monjitas le ayudaron a vestir su uniforme. Llegaba la autoridad militar a encabezar lo que de entonces en adelante se conocería como el “Glorioso Movimiento Nacional”.

El dicator Francisco Franco en una intervención desde el balcón del Ayuntamiento de Valladolid. Foto: Archivo Municipal
El dicator Francisco Franco en una intervención desde el balcón del Ayuntamiento de Valladolid. Foto: Archivo Municipal

Ochenta años han transcurrido desde aquella jornada que destruyó algo más que una forma de gobierno. Desaparecía la democracia, la libertad de pensamiento, la libre expresión, la libertad de culto, los avances de la mujer, los derechos ciudadanos…. Los sublevados, fracasado el levantamiento por el valor y la determinación de ciudadanos más honestos que ellos, iniciaban una guerra. Una guerra civil de tres años cuyas consecuencias todavía son perceptibles.

Hoy, ochenta años después, y a la espera de formar un nuevo gobierno, ninguno de los anteriores ha condenado el franquismo; no han trabajado para esclarecer la verdad de lo ocurrido; no han ordenado justicia para las víctimas…. Franco sigue ostentando medallas y reconocimientos (solo en Valladolid, la alcaldía honorífica y la medalla de diamante de la Diputación); los asesinos fallecieron tranquilamente, y los huesos de las víctimas se blanquean en las cunetas.

Para vergüenza y escarnio de todos, la Memoria se convierte peligrosamente en una herramienta siempre a punto para la época de elecciones, cuando los partidos la enarbolan y la toman por bandera…. para olvidarla en cuanto llegan al poder.

Pobre país… Azaña, el más digno Presidente que jamás tuvo España, lo vio con claridad cuando contemplaba a los miles de refugiados que cruzaban la frontera intentando ponerse a salvo de la locura homicida de los franquistas... “Cien años harán falta para recuperar lo que perdemos hoy…” , vino a decir.

Y sólo han transcurrido ochenta.

Solo tu puedes impedir que esto se acabe

Compártelo, apoya el proyecto

ÚltimoCero | Hazte cómplice HAZTE CÓMPLICE

No hay comentarios