Burlesque del Laurel de Kull D'Sac. FOTO: Gaspar Francés
Burlesque del Laurel de Kull D'Sac. FOTO: Gaspar Francés

La resaca del carnaval no es una resaca cualquiera, es ayuno y penitencia. La cuaresma llega pero, que nos quiten lo pecado. Kull D’Sac junto a La Torzida quemaron y enterraron la sardina en el último día de celebración pagana y pecaminosa. Convirtieron el hermoso enclave arquitectónico compuesto por la calle Cadenas de San Gregorio y la plaza de San Pablo en un perverso y provocador cabaret, su particular visión de la hostería El Laurel del Don Juan Tenorio de un José Zorrilla que esperaba impertérrito y paciente la llegada de la comitiva al tenderete instalado frente a la fachada de la iglesia.

Como si de una procesión confesa un ídolo de cartón piedra se tratara, la sardina desfiló arropada por zancos, lujuria y provocación, escoltada por un ejército de tambores y bailes. Y no lo tuvo fácil, el multitudinario público que se congregó para acompañarla dificultaba el paso de la festiva comitiva. Para la ocasión, la batucada protagonista del carnaval vallisoletano La Torzida abandonó su atuendo medieval, temática de este año, para vestir tutús, sombreros, boas y purpurina. Y no solo las percusionistas ya que el cuerpo de baile, además de contagiar aun más el ritmo, completaba el logrado espectáculo.

La Torzida durante en Entierro de la Sardina. FOTO: J. O.
La Torzida durante en Entierro de la Sardina. FOTO: J. O.

Sobre sus zancos y en su carromato, la compañía Kull D’Sac desfiló conformando una desvergonzada tropa de libidinosos personajes ante la atentísima mirada de personas de todas las edades. Al fin llegaron al escenario que se erigía ante los leones que guarnecen la fachada de la iglesia de San Pablo. “Cuán gritan esos malditos”, vociferaba una y otra vez un anacrónico José Zorrilla que no daba crédito ante la aparición del lascivo fauno en zancos que dio la bienvenida al público al Burlesque del Laurel.

El espectáculo captó la atención del público, solo turbada por los fogonazos que desde la parte trasera anunciaban la posterior quema. Acompañados de las bailarinas de Fresas con Nata, hubo canciones, tango, equilibrios en el mástil chino, pole dance y mucha lujuria. Hasta que llegó lo inevitable, la sardina ardió frente a la iglesia en un espectacular despliegue pirotécnico que culminó con el lanzamiento de fuegos artificiales desde el adyacente instituto Zorrilla.

Pasabares batuquero de despedida

Aunque las fuerzas después de casi diez actuaciones distintas desde el viernes al martes empezaran a estar al límite, las ganas de estrujar el carnaval hasta el final eran patentes entre la gente de La Torzida. El último cartucho era el concurso de disfraces que desde los bares La Española Cuando Besa, el Kafka y el Desierto Rojo habían organizado como colofón, lo que se convirtió en la perfecta excusa para desplegar su ritmo carioca por última vez en este año. La gente tiene ganas de carnaval y lo demostraron con sus trabajados disfraces o su meritoria creatividad. Desde el Kafka, decorado en pleno muro fronterizo entre Estados Unidos y México, llegaron unos conseguidísimos Donald y Melania Trump. Tras las actuaciones de la batucada en cada uno de lo locales, el político norteamericano reciéntemente elegido líder del mundo libre fue el encargado de entregar los premios que recayeron sobre un pretendido Pablo Escobar y su primo Gustavo Gaviria, una peculiar cuadrilla de masáis de color azul y la logradísima adaptación de ‘El grito’ de Edvard Munch. Simultáneamente, como ya es tradición durante el carnaval en El Largo Adiós, Os Bichos da Temporada actuaron, contando con la colaboración de la omnipresente batucada en su recta final, convirtiendo el mítico Cafetín en un desenfrenado rincón de Bahía.

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