Américo Rodrigues.

Huyó de la dictadura de Caetano y de la obligación de ir a luchar a las colonias portuguesas en África. Vino a España y luchó contra la dictadura de Franco. Era Américo Rodrigues, fallecido ayer, y que pasará a la historia no solo de Valladolid por haber mantenido su rebeldía durante casi 20 años para conseguir la instalación de un ascensor en el bloque de viviendas de Arca Real, 63.

Américo Rodrigues tenía 64 años. Vino de Portugal huyendo del 'Estado Novo' impuesto por Antonio de Oliveira Salazar y continuado por Marcelo Caetano, y aquí se topó con la dictadura de Franco, a la que combatió activamente militando en un partido que tardó en ser legalizado y en un sindicato que no era mayoritario. Era un reconocido encofrador, con gran prestigio en el sector de la construcción en los años 70.

Muerto Caetano, muerto Franco, Américo tuvo que seguir luchando por la libertad -su libertad- con la reivindicación de un ascensor en el bloque de 24 viviendas de la calle Arca Real, 63, del barrio de Delicias, que había promovido Timoteo del Olmo en 1968, y propietario del espacio a ceder en benefico de Américo y del resto de la comunidad.

Durante casi 20 años, 5,94 metros cuadrados le separaron de la libertad, ya que la distrofia miotónica de Steinert, manifestada a finales de los años 80, le acabaría impidiendo bajar -y subir- los 71 peldaños que separaban su casa -en un cuarto piso- de la calle, y que convirtieron su vivienda en una cárcel sin barrotes, que él compró con muchos sacrificios y que se negaba a dejar.

Durante años, la insolidaridad de los herederos de Del Olmo, un individuo que se negaba "por las molestías de las obras" a ceder menos de 6 metros cuadrados de su bajo de 200 para que se pudiera instalar un ascensor, tuvieron recluido a Américo en su piso. A medida que la enfermedad avanzaba e iba paralizando su cuerpo, transcurría más tiempo entre escapada y escapada a la calle.

Américo, en el centro, acompañado por sus vecinos en una protesta en 2004. Foto: Carlos Arranz
Américo, en el centro, acompañado por sus vecinos en una protesta en 2004. Foto: Carlos Arranz

La Comunidad de Vecinos -formada por 24 residentes y 3 dueños de locales- aprobó en 1997 las obras para dotar al bloque de un elevador, pero la negativa de un energúmeno egoista, avalada con posterioridad por otro energúmeno insolidario, este con toga, lo impidió.

Américo realizó dos huelgas de hambre en los años 2003 y 2006, entre otras acciones de protesta, para llamar la atención de su dramática situación, que el Ayuntamiento de entonces tampoco pudo resolver. La responsable del área de Urbanismo y Vivienda, de cuyo nombre no quiero acordárme, se escudó en trámites y ordenanzas. Bendita burocracia y legalidad, aunque finalmente la ordenanza fue modificada.

No sería hasta el 2013 cuando el TS ordenó la cesión forzosa de los 5,95 metros cuadrados que posibilitaran dotar al bloque de viviendas de un ascensor. Objetivo en el que siempre tuvo a su lado a Martina, su mujer, su compañera, y a Jorge Iván, su hijo, sus enlaces de conexión con el resto del mundo.

Todavía tendrían que pasar otros tres años hasta que Américo viera instalado y en funcionamiento el ascensor, que recibió con enorme satisfacción. Su pelea, en solitario pero en beneficio de la colectividad, había dado sus frutos. Había ganado la batalla aunque él sabía que el triunfo llegaba demasiado tarde. Américo se encontraba ya entonces en fase terminal. Ayer, por la tarde, falleció en el hospital en el que había ingresado pocos días antes con problemas de respiración y su testamento vital en el bolsillo. No quiso seguir más tiempo enganchado a una máquina. La generosidad de la que hizo gala durante toda su vida le había llevado a donar su maltrecho cuerpo a la facultad de Medicina.

En víspera de la Revolución de los Claveles del 25 de Abril de 1974 y cumplido el 86 aniversario de la proclamación de la II República española, Ámerico ya no necesita 'volar' viendo llover detrás de los cristales de su casa; la lluvia le puede calar hasta los huesos. Por no necesitar, no necesita el ascensor por el que tanto peleó y al que dedicó una parte de su vida, entregada toda ella a lograr la libertad. Para Américo llegó el día en el que al levantar la vista, vio "una tierra que pone LIBERTAD".

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