Vista general d ela wilaya de Smara. Foto: Gaspar Francés

Las sonrisas saharauis están manchadas por culpa del agua que beben. La fluoración es la responsable. En los campamentos de refugiados de Tinduff en Argelia viven alrededor de 190.000 personas. En su mayor parte mujeres, niños y ancianos. “No podemos alcanzar 20 litros de agua por persona al día. Falta calidad en el agua. Faltan camiones cisterna. La ayuda internacional ha caído a la mitad”, confesó Buhabbayni Yahya, el presidente de la Media Luna Roja Saharaui a la delegación institucional de Castilla y León que visitó los desnutridos almacenes el pasado fin de semana.

Mujer saharaui camina por las calles Farsia en la wilaya de Smara. Foto: Gaspar Francés
Mujer saharaui camina por las calles Farsia en la wilaya de Smara. Foto: Gaspar Francés

Y eso se ha traducido en una merma en la ‘canasta básica’ que perciben todas las familias por igual, en función de su número. En el reparto están implicadas 3.723 personas (83% mujeres). “¡Y sin que se produzcan muertos en los repartos como en Marruecos!”, apuntó el responsable de organizar el sistema de reparto de alimentos procedentes de la ayuda humanitaria internacional entre las 5 wilayas (provincias) y 29 dairas (distritos) en las que se dividen los campos de refugiados en el desierto argelino.

La drástica reducción de la ayuda sufrida en los últimos años ha mermado a la mitad los programas básicos mensuales que siguen prestándose: cada primer día del mes, se reparten entre 42.000 niños raciones de 40 gramos de leche en polvo (antes eran 80) y 50 gramos de galleta. Cada segundo día de mes, 22.500 raciones contra la anemia y la desnutrición (harina de soja y aceite vegetal). Cada tercer día de mes, 125.000 raciones más “para los más vulnerables”…. En total cada mes la Media Luna Saharaui mueve 2.500 toneladas entre wilayas y dairas por carreteras deficientes y caminos imposibles. 200 viajes con camiones reciclados hasta el infinito que garantizan que la operación de suministro de alimentación básica, que además incluye la atención de 116 puntos de distribución de agua, se realice en 15 días.

Desde los escasos puntos en los que se puede tomar un poco de altura en Smara, además de divisar el desierto, se descubre un caos de casetas de barro. Un intrincado laberinto de casetas, depósitos de agua y jaimas adosadas sin más ordenación que el uso que sus moradores le dan. Junto a cada una, además de la tienda, la caseta letrina.

Vista general de la wilaya de Smara. Foto: Gaspar Francés
Vista general de la wilaya de Smara. Foto: Gaspar Francés

“Hace 20 años todo eran jaimas y algunas letrinas”, recordaba uno de los amigos del pueblo saharaui que acompañó en algunos momentos a la delegación institucional enviada por las Cortes de Castilla y León. “Luego comenzaron a construir las casetas de barro y chapa y mantuvieron las jaimas por miedo al Siroco que hace 5 años inundó los campamentos y acabó con demasiadas construcciones. Ahora ya son cada vez más frecuentes las construcciones con cimientos y bloques”. En Smara, antes desierta de coches, ahora comienzan a proliferar. Principalmente Mercedes “que son los únicos que aguantan”. También pequeñas tiendas y algún que otro restaurante. El trasiego en las tiendas que se dedican a la construcción, con los materiales apilados en sus entradas, es constante. Y hacen el agosto los chamizos donde hasta poco antes del toque de queda se despachan las tarjetas prepago de los teléfonos móviles.

Salam es la dueña de una casa de la Daira de Farsia. Veterana del Polisario, ahora prepara con maestría el té a todos los que son designados por Mohamed Labat Mustafa, delegado del Frente Polisario para Castilla y León, responsable de la expedición para dormir en su casa. Él mismo, pariente lejano del histórico El Uali Mustafa Sayed y sobrino de Bachir Mustafa Sayed, actual Ministro de Asuntos de las Zonas Ocupadas y de la Diáspora, comparte alojamiento con ellos. Desde allí organiza cada día a primera hora el caos que luego se encargará de resolver. Un auténtico baile de conductores al son del móvil responsable de organizar y retribuir el trabajo de esquivar baches en la carretera y los caminos.

Una mujer prepara el té. Foto: Gaspar Francés
Una mujer prepara el té. Foto: Gaspar Francés

La casa de Salam no es como las demás. Pintada de negro, incluye en su interior un bien preciado para los occidentales: un inodoro y un plato de ducha. Para que funcione el agua corriente, que no potable, hay que enchufar a la red eléctrica de la que ya disponen las casas a coste cero. Paga el gobierno argelino.

La puerta siempre está abierta. La única cerradura necesaria es el saludo Salam Alaikum, que inmediatamente encuentra respuesta en el dialecto local iniciando una catarata de preguntas y respuestas automáticas para conocer qué tal se encuentra el interlocutor. “Depende cuánto tiempo hace que no le ves, el saludo puede durar 10 minutos, nosotros no tenemos prisa”, explica Agmed, ejerciendo a la perfección su papel de anfitrión.

Él se encarga de dar una explicación a por qué las mujeres no comen junto a los hombres sino en otra sala a parte (“eso es cosa de la religión, no del machismo”, argumenta), por qué se casan tan pronto o por qué los jóvenes se marchan de los campamentos en cuanto encuentran una oportunidad. Muchos salen para estudiar, enganchan con algún trabajo precario y acaban volviendo al desierto de forma temporal, unos cuantos meses al año. Cinco euros a la hora cogiendo fruta en Cataluña o aceitunas en Jaen es mejor empleo que el que no se puede encontrar en los campamentos de refugiados. De esa escasa soldada y de su capacidad de ahorro nacen las pequeñas grandes mejoras para la casa. “En verano, cuando el termómetro supera los 50 grados, no pasa nada, tenemos aire acondicionado”, presume orgulloso.

Sin embargo no todas las casas son como la de Salam y Agmed. La inmensa mayoría son aún más humildes y en ellas se apiñan familias numerosas para dormir, comer y protegerse del sol.

Niñas saharauis. Foto: Gaspar Francés
Niñas saharauis. Foto: Gaspar Francés

Los niños son los protagonistas de la wilaya. Al olor del turista/expedicionario acechan en grupo a la caza del caramelo. Se acercan. Sonríen. Extienden la mano. Preguntan: ¿Caramelos? … y si consiguen botín, hacen partícipes a sus compañeros, muchos de ellos descalzos, sin miedo a las piedras que pisan.

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En los campamentos existe un sistema de recogida de basura. A la vista de los resultados, poco eficaz. El siroco es el que se encarga de repartir plásticos y desechos de todo tipo por doquier. El desierto que rodea los campamentos está a su vez rodeado de basura. Las bolsas azules (en las que se vende el pienso para los camellos y la fruta) salpican el horizonte. Pero no solo ellas. También las latas y los restos de cualquier tipo de embalaje.

Basura en el desierto. Foto: Gaspar Francés
Basura en el desierto. Foto: Gaspar Francés

A los pequeños residuos, a los lados de las carreteras en los accesos a las wilayas, se unen los restos de vehículos. Una escombrera de solidaridad reciclada hasta el extremo que acaba sirviendo para un fin distinto hasta casi el infinito. Los chasis de los coches hacen las veces de marcos de puertas de los corrales para las cabras, que rebuscan entre la nada y acaban comiendo los plásticos que las rodean. A penas sí se puede ver algún pequeño pajarillo en los contados árboles de toda la wilaya. Los cuervos, de gran tamaño, campan a sus anchas.

En lo que a ojos de occidente podría ser descrito como una simple barriada marginal de una gran ciudad, sin embargo, no hay droga ni prostitución, ni siquiera mendigos. Desde hace más de 42 años vive la verdadera resistencia de un pueblo que lucha por lo que nunca España debió consentir que perdieran: su territorio. En los campamentos solo están de prestado.

“Somos el único desplazamiento de refugiados del mundo que se produce del mar al desierto. El proyecto es construir un estado y por eso somos diferentes a otros refugiados. Nuestra situación no se debe ni a la hambruna ni a un desastre natural. Solo queremos unas mínimas condiciones de vida digna”, reclama el presidente de la Media Luna Roja Saharaui, Buhabbayni Yahya.



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