Guillermo Puerta y Sara Vega durante su charla. FOTO: Jorge Ovelleiro
Guillermo Puerta y Sara Vega durante su charla. FOTO: Jorge Ovelleiro

El grupo de consumo La Cesta Verte organiza esta semana una serie de charlas para ofrecer formas alternativas de consumir en los barrios. La primera de ellas ha corrido a cargo de Sara Vega, socia y consumidora de La Cesta Verde, y Guillermo Puerta, que además de socio es productor ecológico desde su huerta La Alholva. Antes del encuentro en el Centro de Iniciativas Ciudadanas "Natividad Álvarez Chacón" de San Pedro Regalado, analizaron para últimoCero en qué consisten los grupos de consumo y la producción ecológica en Valladolid, una alternativa para consumir más rico y mejor. La segunda charla será el jueves 22 a las 18:30 en el Centro Cívico Esgueva, con la participación de Belén Verdugo, productora agroecológica de La Solana (Piñel de Abajo).

Los grupos de consumo son colectivos que, eliminando intermediarios, se autogestionan para establecer una relación directa entre productor y comprador. Un cambio paradigmático que apuesta por la cercanía y la ecología, consciente de los impactos negativos, laborales o medioambientales, que el modelo imperante de consumo conlleva. Tras el 15M hubo un boom respecto a éstos grupos a nivel estatal, lo que coincidió con la creación en Valladolid de La Cesta Verde en 2012: “Hemos tenido una caída hace un par de años y ahora parece que nos mantenemos”, explica Sara Vega, socia y consumidora de éste grupo ubicado en el Barrio España. Aunque ya había antecedentes, como la Patata Solidaria, del barrio Girón, que se constituyó en el año 2000.

En la ciudad de Valladolid, además de los anteriores, están El Ajo en RED.on en La Rondilla, Repollo Mutuo en CNT -zona Circular-, Envidia Cochina en CGT -zona centro-, Lenteja Pelleja en La Rubia o La Despensa del Tío Chaqueta en La Victoria. Aunque hubo más, como la Red de la Asociación Alba en Las Delicias, que ya no está en funcionamiento, o El Caracol de Parquesol, que aun mantiene algo de actividad. A nivel provincial hay otras iniciativas en localidades como Cigales, Portillo o Villanubla.

En lo referente a verduras y hortalizas de temporada, solo el Repollo Mutuo sigue un modelo de cesta cerrada. Es decir, en vez de elegir qué productos quieren, semanal o quincenalmente, es el productor quien prepara tantas cestas como se requieran con una selección de los alimentos que esa semana ha dado la huerta. Aparte de estos productos, su demanda principal, también se realizan otros pedidos de lácteos, huevos, pan, frutas también de temporada, productos de limpieza, cereales, legumbres o conservas, dependiendo del grupo.

En los últimos años está proliferando otro modelo, las llamadas “colmenas”, en las que una persona, quien la crea, actúa como intermediaria quedándose con un pequeño porcentaje, entorno a un 8%, además de otro tanto que va para los gastos del propio colectivo. Esta es la principal diferencia frente a los grupos de consumo, donde las responsabilidades necesarias para su funcionamiento se reparten entre sus integrantes, lo que hace que el precio final no se encarezca. La otra diferencia es que no todos los productos que consumen son ecológicos, aunque sí locales o artesanos. Por esta razón, entre otras, varios productores han rechazado servir a estos colectivos.

De los productos ecológicos, entre otras consideraciones, siempre se ha dicho que son más caros que los que se pueden obtener comunmente en las tiendas: “Siendo productos de temporada, de proximidad y sin intermediarios, los precios tampoco se incrementan mucho”, explica Sara. “Exceptuando las tiendas éstas que te venden los tomates a 50 céntimos el kilo”, puntualiza Guillermo Puerta que, además de consumir en La Cesta Verde, suministra a los grupos de Valladolid desde su huerta ecológica La Alholva, “en comparación con ir a comprar verdura a un supermercado, es hasta más barato”. “¿Por qué no hablamos de precio justo?”, sugiere Gullermo, “quizás hay que preguntarse por qué es tan barato, cómo está producido, ya no solo con contaminantes ambientales sino la calidad de los puestos de trabajo que ha generado”.

En lo referente a otros productos, como lácteos o pan, pese a ser más caros, la diferencia la marca la calidad. Para Sara “no tiene nada que ver la leche de brik con la leche de Crica”, cooperativa familiar que produce lácteos ecológicos en Megeces. El pollo ecológico es uno de los productos con mayor diferencia de precio, lo que explica Guillermo asegurando que con producción “superintensiva” es posible conseguir “un pollo de cuatro kilos en un mes, cuando por engorde natural tarda cuatro meses en hacerse; es evidente que el otro precio es cuatro veces más barato, pero estás comiendo hormonas”, además de la diferencia en el paladar.

Momento de la charla en San Pedro Regalado. FOTO: Jorge Ovelleiro
Momento de la charla en San Pedro Regalado. FOTO: Jorge Ovelleiro

Sara observa que está aumentando la concienciación asociada a problemas de salud o intolerancias alimentarias, situación que se agudiza cuando salen a la luz escándalos como el de la carne de caballo o los pollos “hiperhormonados”, habiendo una desconfianza creciente respecto al producto industrial. Sin embargo, no lo ve respecto a otros aspectos como las condiciones de trabajo del sector productivo y problemas medioambientales, “salvo en un sector muy concienciado”.

“Yo tengo mucha gente que me compra los tomates porque están buenos”, asegura Guillermo apuntando a la recuperación de los sabores auténticos como otra motivación. “La que cambió el modelo fue la generación de mis padres”, señalando a la población que ahora ronda los 60, “la gente de 30 no ha vivido la tienda de barrio”, aunque en su opinión son quienes están tratando de recuperar otras formas de consumir. Recuerda como, en la zona que se conoce como los viveros, por San Pedro Regalado, había unas huertas a las que se iba directamente a comprar cuando él era un niño. Ese trato y conocimiento cercano con quién produce los alimentos es lo que más valora como productor, ya que con su contacto directo con los grupos saben quién y cómo lo hace.

Sara valora la Estrategia Alimentaria sostenible para Valladolid que se está desarrollando, en concreto “el estudio que se hizo está muy bien, es muy completo y muy revelador en cuanto a los malos hábitos que hay de consumo y alimentación”. A la espera de cómo se plasme en medidas reales y concretas, cuando se redacte definitivamente y se apruebe en el Pleno del Ayuntamiento, para Guillermo es destacable que “se haya abierto el melón”, implicando a actores como la universidad, colectivos o Mercaolid, de gran importancia por el volumen de productos que mueve.

Entre Valladolid capital y los pueblos de alrededor, Guillermo estima que son entorno a seis u ocho productores hortícolas en ecológico, sobre todo de pequeño tamaño y poco profesionalizados. Incluyendo también granjas, asegura que muchos han heredado el negocio en convencional convirtiéndolo a ecológico. “Nos queda bastante a la hora de coordinarnos para planificar o servir a los grupos de consumo”, lamenta. Para revertir esta situación, invita a buscar maneras para “intentar favorecer el acceso a la tierra a la gente joven” o crear una escuela taller cercana a la agroecología, al estilo de la que hubo de jardinería de donde salieron muchos de los actuales trabajadores del servicio municipal.

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