Niños en el Campamento de Refugiados de Ritsona. FOTOS: SARA GARCIA Y A DIEGO MARTÍNEZ
Niños en el Campamento de Refugiados de Ritsona. FOTOS: SARA GARCIA Y A DIEGO MARTÍNEZ

Sara y Diego, dos jóvenes trabajadores de Valladolid, han regresado del Campamento de Refugiados de Ritsona (Grecia), en el que ya habían estado la primera semana de diciembre de 2016. Han ido de manera totalmente independiente con el propósito de 'echar una mano' y han regresado impactados por las condiciones de vida de los refugiados, agravadas por la burocratización que rige el campamento.

Sara García Puga es teleoperadora y Diego Martínez Martín, metalúrgico. Los dos despidieron el 2016 y recibieron el nuevo año en Grecia. Tenían pensado empezar 2017 comiendo las uvas en París pero, al final, tomaron la decisión de cambiar los planes y regresar al Campamento de Refugiados de Ritsona, a menos de 2 horas de Atenas y a unos 20 minutos de la localidad de Chalkida, que habían conocido a primeros de diciembre.

"Regresamos impresionados del primer viaje, entre el 3 y el 10 de diciembre. Comprobamos el estado lamentable en que se encuentran cientos de personas que huyen de una guerra y son metidos en un cercado. Y eso que el de Ritsona está considerado como un paraiso dentro de lo que son los campos de refugiados griegos", relata Sara.

El campamento de Ritsona, al norte de Atenas,  fue creado en medio de una explanada, rodeada de árboles, en marzo de 2016 para 600 personas, aunque ahora hay unas 800, de las que entre un 30 y 40% son familias, con una numerosa población infantil. "La población fluctúa, ya que los refugiados de este campamento tienen libertad de movimiento en Grecia", dice la activista vallisoletana a la que le cuesta conciliar de noche el sueño tras esta experiencia que ha captado con su cámara. En el reportaje fotográfico aparecen con niños y jóvenes en un escenario nevado o compartiendo momentos de ocio.

Entrada al campamento de Ritsona. Galería fotográfica: SARA GARCIA Y A DIEGO MARTÍNEZ
Entrada al campamento de Ritsona. Galería fotográfica: SARA GARCIA Y A DIEGO MARTÍNEZ

"El campamento", añade Sara, "se levantó con tiendas de campaña, que en octubre fueron sustituidas por lo que aquí conociemos como casetas de obra, que donó un jeque de Arabia Saudí. Al principio convivían sirios y afganos, pero a estos últimos los desplazaron a otro asentamiento a 4 kilómetros para evitar conflictos".

Lo que más ha impresionado a Sara y a Diego es la tremenda burocratización que rige el día a día del campamento. Entre los múltiples ejemplos que ponen está el de las lavadoras. "A primeros de diciembre vimos un contenedor con 20 lavadoras, procedentes de una donación. Preguntamos por qué no estaban en funcionamiento y nos dijeron que estaban a la espera de un permiso. Cuando hemos vuelto tres semanas después, las lavadoras continuaban sin ser instaladas y la gente lavándose la ropa con agua fría a varios grados bajo cero".

"Material", continúa Sara, "hay. Cuentan con un almacen lleno de ropa que se distribuye con cuenta gotas. Es como la comida. El ejército reparte tres comidas al día y una botella de litro y medio de agua por persona. Da lo mismo que sea verano que invierno, que sean ancianos o niños...".

Los activistas vallisoletanos son igualmente críticos con el papel que desempeña Cruz Roja. "En el Campamento está la española y la francesa. Su horario de trabajo es de 10 de la mañana a 5 de la tarde, solo los días laborables. Puede pasar cualquier cosa fuera de ese horario que no se hacen cargo de nada. Si sucede algo hay que llamar a un teléfono y esperar a que llegue una ambulancia...".

SARA GARCIA junto a una niña refugiada. FOTO: DIEGO MARTÍNEZ
SARA GARCIA junto a una niña refugiada. FOTO: DIEGO MARTÍNEZ

Sara recuerda la angustiosa situación vivida cuando de noche un refugiado necesitaba ir al hospital con un bebé de 15 meses con síntomas de asfixia. "Se llamó a una ambulancia, pero ante la demora en llegar -llevavámos más de 40 minutos esperando-, decidimos llevarlos en un coche. A mitad de camino de Chalkida nos cruzamos con la ambulancia y trasladamos al pequeño... En fin, una odisea que en este caso acabó bien".

Acompañar a los refugiados al médico ha sido una de las actividades desarrolladas por los dos activistas durante su última estancia en Ritsona. "La otra ha sido sacar a los niños y jóvenes del campamento y organizar pequeñas fiestas. De hecho, la Noche Vieja la pasamos con un grupo, comiendo uvas, en Chalkida; fue toda una experiencia para ellos y también para nosotros. En el primer viaje estaba obsesionada con trabajar, trabajar... En esta última ocasión la idea ha sido otra. En unos  días el deterioro físico, tal vez por la crudeza del invierno, ha sido evidente, de ahí la necesidad de acudir al médico", dicen.

"La gente está harta de no hacer nada, de estar mano sobre mano todo el día. Les han robado la vida hace mucho tiempo. En su país tenían un nivel de vida medio-alto. El barbero del campamento es un médico que ejercía en Siria. El cocinero era el chef y propietario del restaurante más grande de Damásco... En Siria les han robado el dinero para poder salir y en Euopa la poca dignidad que les quedaba", afirma Sara, que cuenta el sentimiento generalzado que se ha apoderado de los refugiados.

"La esperanza de regresar a su país de origen la ven muy lejana. Ahora en la mente solo tienen la idea fija de abandonar Grecia. Pero la posibilidad de salir se ha ido complicando. Antes viajaban con ilusión a Atenas para hacer las entrevistas para elegir país de destino; ahora nadie está saliendo. En Atenas se alojaban en hoteles y pisos a la espera de partir para uno de los 8 posibles destinos europeos. Pero hace tiempo que los hoteles y pisos están saturados y tras las entrevistas tienen que regresar al campamento y esperar a ser llamados; por lo general si tienen la fortuna de ser llamados, el aviso lo hacen solo con 48 horas de antelación para la partida", según la activista.

Un niño en el campamento. FOTOS: SARA GARCIA Y DIEGO MARTÍNEZ
Un niño en el campamento. FOTOS: SARA GARCIA Y DIEGO MARTÍNEZ

"Ninguno con los que hemos contactado", añade Sara, " tiene intención de viajar a España. Somos muchos los españoles allí desplazados y nos agradecen nuestra solidaridad, sin embargo, cuando les preguntas por qué no piensan en venir aquí, nos responden: ¡Si vosotros tenéis que ir a Alemania a trabajar!".

Otro elemento de discordia son las dificultades para el reagrupamiento familiar, del que se habla mucho. "Dos hermanos, con los que seguimos comunicándonos prácticamente a diario, sirven de ejemplo. El menor podía viajar a un país de Europa donde reside su tío, pero al mayor, de 21 años que era estudiante de enfermería en su país, no se le permite la salida. Los dos rechazaron la posibilidad de separarse y decidieron permanecer juntos en Ritsona", cuenta la activista vallisoletana que pone voz también a su compañero, afiliado a CGT y que se encuentra a la hora de hacer la entrevista haciendo automóviles. "Le ha sido imposible venir", dice.

Sara opina que los refugiados son mucho menos críticos con la UE que lo son muchos de los cooperantes europeos presentes en Grecia, país en el que se está creando una subeconomía con los refugiados: "La situación económica griega no es buena, y hay familias que intentan subsistir a cuenta de actividades generadas alrededor de este inmenso drama".

Son varias las ONGs presentes en Ritsona. Además de la ya citada Cruz Roja, Sara y Diego han compartido experiencias, entre otros, con miembros de 'Echo' ("dedicada a repartir ropa y la comida de los militares, que no están muy bien vistos porque están muy jerarquizados") y con 'I am You', 'Lighthouse Relief'  y 'Caferits' ("una asociación de una americana millonaria, con mucho ego pero que sin ella la poca dignidad que tienen habría desaparecido y que, gestiona, entre otras cosas, la actualización del censo del campamento y el suministro de té, que semanalmente suponen 2500 euros que paga de su bolsillo. Además es propietaria de varias casas, en una de ellas nos hemos alojado nosotros").

"Estamos decididos a volver. Es más, me he planteado dejárlo todo y marcharme allí, pero hay que tener la cabeza fría. Estoy intentando que la empresa en la que trabajo instale una antena en el campamento.  Diego llevaría ayuda de su sindicato. El próximo viaje -por razones de vacaciones y presupuestarias- no podrá ser antes de abril. Me gustaría para entonces no tener que ir a Ritsona porque deseo que se haya cerrado el campamento y sus ocupantes, viajado a Holanda o a Suecia, a donde iría a verlos.  De todas formas, me gustaría conseguir que dejen de odiar al mar".

Los dos hermanos de los que ha hablado Sara, viajaron de Siria a Grecia, pasando por Líbano y Turquía. "El mayor que fue secuestrado por ISIS, se negó a luchar con ellos, y su familia tuvo que pagar un rescate. Su llegada a Grecia fue por mar; la lancha en la que viajaban fue tiroteada por turcos, según he podido ver en un vídeo de la CNN. No me extraña que odien el mar -tumba para muchos compatriotas- y se sientan atrapados en Grecia, de donde casi la única vía de salida es la ilegal a través de mafias", concluye Sara, que acaba de recibir un mensaje de Ritsona donde, por todo lo visto y vivido, le ha quedado atrapado el corazón.

 

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