Sara y Diego en el Desierto Rojo. FOTO: J. O.
Sara y Diego en el Desierto Rojo. FOTO: J. O.

“Forma de protección internacional que se concede a las personas que huyen de sus países de origen y que no pueden regresar a ellos debido a un temor fundado de persecución”, así es como define la Comisión Europea el estatus de refugiado. No obstante, ante lo que se ha venido a calificar como el mayor desplazamiento masivo de personas desde la Segunda Guerra Mundial, del millón que aun hoy cruza el mar para solicitarlo, los países de la Unión Europea acordaron concedérselo a 160.000, aunque tan solo el 7% lo han logrado. Cifras lamentables, que adorna España con tan solo 744 personas acogidas. “¿Por qué venís aquí?” es la pregunta habitual que reciben los voluntarios de parte de los refugiados, Sara García lo tiene claro: “Yo no me siento orgullosa de lo que mi país y la Unión Europea están haciendo, pero tanto yo como otra gente estamos a favor de que vengáis”. Junto a Diego Martínez son los promotores de la jornada solidaria con esta crisis humanitaria que han organizado este sábado 18 en el Desierto Rojo, un evento en el que todo lo recaudado será destinado al campo de Ritsona en Grecia.

Tras un primer viaje corto que valió como toma de contacto y conciencia de la situación que se está viviendo en Ritsona y en otros campos, decidieron repetir expedición. Dos semanas, todo lo largo que sus respectivos trabajos en Valladolid permiten, aunque van a por la tercera este mes de abril, cuando llevarán lo recaudado en este evento. Estas experiencias les han llevado a estrechar lazos con la comunidad que poco a poco se ha creado en el campo, sobre todo formada por gente joven de como mucho poco más de veinte años. Sara destaca la convivencia con personas musulmanas, más allá de los clichés y prejuicios asentados en gran parte de la sociedad europea: “Hemos hablado con ellos de sexo, de religión, de política; yo soy atea y no quiero tener hijos, les puede parecer mejor o peor, no entienden que una mujer no quiera tener hijos, pero lo respetan”, poniendo de relieve la tolerancia y la curiosidad, por encima de la distorsionada percepción occidental. En este sentido, resaltan su nivel cultural y formativo, jóvenes que completaron o cursaron estudios superiores, con un alto nivel de inglés, incluidas las mujeres, sobresaliendo el lado humano de sus necesidades: “Lo que más demandan es cariño, atención, hablar o un paseo”, recuerda Sara.

Letrero de ACNUR intervenido por los refugiados de Ritsona. FOTO: Iñigo G. Sola
Letrero de ACNUR intervenido por los refugiados de Ritsona. FOTO: Iñigo G. Sola

Más de un año en un proceso que debería durar menos de dos meses, ese es el tiempo que muchos de ellos están pasando en Ritsona tras las entrevistas que supuestamente sirven para adjudicar a cada persona un país de refugio, plazos que se eternizan dado el incumplimiento de los países de las cuotas de asilo acordadas. Además de que, en caso de lograrlo, los países a los que les envían no tienen nada que ver con sus preferencias. Situación aun más grave para los afganos, ya que la Unión Europea no reconoce a Afganistán como país en guerra, quedando excluidos de estos cupos.

Las tiendas de campaña fueron sustituidas por casetas donadas por un jeque árabe, la comida, más allá del rancho nutricionalmente escaso que ofrece el ejército y gestiona la ONG Echo, además del té -más que una bebida, un símbolo cultural- están gestionados por una multimillonaria estadounidense que fundó Cafe Rits, que cuenta en la cocina con uno de los refugiados sirios que trabajaba en el restaurante más grande del mundo, situado en Damasco, mientras que el servicio sanitario lo coordina Cruz Roja, exclusivamente en horario de oficina hasta las cinco y solo días laborables. Es encomiable la labor de estas personas que, en la medida de sus posibilidades, están prestando servicio y apoyo a las refugiadas, que participan activamente en varias de las tareas. No lo es tanto la actitud de organizaciones como Cruz Roja, a quienes incluso se pidió en una carta remitida por parte de la población del campamento en la que pedían sobre todo dignidad y en concreto a esta entidad que “esté a la altura de la situación, ya que aquí es muy escasa y no es acorde con su nombre y su historia”. Caso aparte la actitud de los Estados, principales responsables de atender esta crisis humanitaria global, no de personas migrantes sino refugiadas, que buscan asilo después de la guerra y la devastación que les han obligado a abandonar su tierra. Estados que a su vez siguen de brazos cruzados, en el mejor de los casos, ante estos conflictos, si no son incluso responsables, instigadores o financiadores de los mismos. “El papel de los voluntario allí yo creo que es imprescindible”, reafirma Sara, “no podrían subsistir con la ayuda que el gobierno griego da”.

Campo de refugiados de Ritsona durante el invierno. FOTO: Iñigo G. Sola
Campo de refugiados de Ritsona durante el invierno. FOTO: Iñigo G. Sola

Recuerda Diego como una vez le preguntaron “¿Te gusta el mar?”, mientras miraba ensimismado el agua. Ante su respuesta afirmativa le contestó: “A mi antes me gustaba el mar, pero cuando me monté en una lancha y solo veía el chaleco de delante me dejó de gustar”. Lanchas que, como recuerdan en sus historias, en algunos casos fueron tiroteadas desde la orilla a su partida. Esta es una de las tantas preguntas y situaciones que han vivido y les siguen emocionando. Aunque, más allá de su estancia en Grecia, la carga sobre la conciencia propia pesa más en el retorno: “Cuando fui pensé que lo iba a pasar mal allí, y lo he pasado mal aquí; allí lo pasas mal en momentos puntuales, hay días jodidos, pero lo pasas mal cuando vuelves”, afirma Diego. Esta sensación la han compartido con otros voluntarios, como apunta Sara: “En la última concentración que hubo aquí hace unas semanas, salieron a hablar dos chavales y lo que repiten es lo mismo que siento yo, que a me han ayudado más ellos a mi que yo a ellos”.

Vermú solidario con los refugiados

Con motivo de este tercer viaje, han preparado esta jornada de actividades para recaudar dinero que destinarán, entre otras acciones en el campamento, a ‘Amigos de Ritsona’ y ‘Cafe Rits’, dos de las organizaciones con las que tienen contacto y trabajan allí. En los anteriores viajes han recurrido al apoyo y las donaciones de amigos o familiares, pero este evento, además de recaudar fondos, tiene otros objetivos: “Hacerlo aquí y no solo con nuestro entorno es también para hacer público lo que allí está pasando y que llegue a más gente”. Toda la gente que participará, desde los artistas a la plantilla del bar, lo harán de forma gratuita para que realmente todo lo recaudado se destine a Ritsona, además de la recaudación del día y otras aportaciones que hará además el propio Desierto Rojo. Tanto Sara como Diego destacan el trabajo de Juan Izquierdo, músico y responsable de los eventos musicales del bar, que ha movilizado y coordinado a los artistas que participarán.

Programación del extenso vermú solidario
Programación del extenso vermú solidario

La actividad comenzará a las una y media de la tarde con el vermú que estará acompañado de un guiso de garbanzos, tortilla y embutidos, todo donado por distintos colaboradores, y la música en directo de The Peret’s. Durante toda la jornada, el espacio estará decorado con las fotos que Iñigo G. Sola ha tomado en Ritsona, además de puestos donde poder adquirir camisetas, pulseras y otro merchandising en un mercadillo solidario que se sumará a lo recaudado en la barra. La compañía Pintxo Clown presentará su espectáculo ‘Clowndependencia’, su payasa visión del conflicto independentista entre el Estado español y Cataluña a eso de las tres y media. A las cinco llegará el espacio musical, con un micrófono abierto, que desembocará en jam session, al que ya han confirmado su asistencia artistas como Javi Franquelo (4fingers), Santi Iglesias, Andrea Marín, Natalia Fustes, Manu Salviejo (Stromboli), Alberto Dominguez, Bondi Blues oMarta Andrés. Como colofón a esta jornada actuará el grupo Rumb€uros a partir de las diez de la noche.

No hay comentarios