Me cuenta el cerdito que se traga las monedas que aparecen en el sofá de casa que el otro día tenía hambre y que por eso se tragó el pleno municipal en el que se debatía una nueva moción para rebajar sueldos en el Ayuntamiento. Dispuesto a abrir más la ranura de su chepa para ver qué le caía en forma de verdadero ahorro, acabó el pobre con más hambre de la que tenía.

El gocho se me queja de que estos concejales nuestros, que por ahora sólo se pelean por migajas, le han impuesto el régimen del chocolate del loro y así no hay quien engorde un jamón en condiciones. “Sisando propinas ni se arregla el hambre en el mundo, ni se abren cuentas en Suiza. Y la poca economía doméstica que se arregla el concejal, gripa la maquinaria de una sociedad que se arrastra a velocidad de sueldo mínimo por condena”, se queja.

Limitar la montanera de sueldos públicos dice mi marrano que está muy bien porque “a más tocamos”. Que no siempre se lo coman todo los mismos. Pero me cuenta que su vecino de cochinera es de los que “para cuatro bellotas” ni se agacha en la dehesa. Y se acuerda de otro compañero de futura matanza que estaría encantado de hociquear bajo las encinas, pero que vive tan lejos que no le alcanzaría la ración que le dan en casa para llegar sano y salvo al campo de todos. Resumiendo, que en la piara, como en botica, hay pelajes de todos los colores y que depende mucho de quien sea tu porquerizo. ‘Porca miseria’ de oink, mañana y siempre, acabamos por convenir.

Reconozco que hablar con mi gorrino antes de hacerle añicos su esqueleto de barro para gastarme sus tripas en las rebajas, da un poco de cosa. Pero el tío, toda la vida con un taxímetro en el solomillo, sabe más que todos los concejales juntos de juntar monedas. “Esto son bellotas contadas y tan malo es comer de menos como de más. Vamos, que ni hay que lucir famélico en la cola del veterinario,  ni presumir chulito de hechura para acabar primero de la fila al matadero”, reflexiona.

Descendiendo al detalle de la pluma, la presa, la bola y el secreto, sigue con la autopsia plenaria el cochino para explicarme que con esto de los sueldos, piensa/pienso, nunca se acaba debatiendo en profundidad ni de la sustancia ni de quién se merece saborearla. Ni me atrevo a mentarle el hueso de jamón ni mucho menos la morcilla, que ya repite como con este asunto de lo que nos cuestan sus señorías.  “En este ultramarinos de la política municipal cuesta lo mismo el jamón de recebo que el pata negra, porque todos tienen las uñas negras y están colgados del mismo gancho”, apunta. “Los clientes tendrían que vigilar que los porqueros no hagan la pedicura en la dehesa, que es de todos”, dice. Y al jeta que da gato por liebre en la tienda, añado.

Aunque cerámico, mi puerco leguleyo disfruta con el fango de la política. Y reconoce que le divierten los y tu más si son con sentido y verbo fácil y los ya te lo dije si van untados de buenas razones y no solo amores. Le hago saber que a eso ahora se le llama zasca en to la boca y le recuerdo que en este caso, su panza con los acuerdos salariales plenarios aprobados, va seguir casi igual de vacía. Me confiesa que prefiere el zasca ese que el dar en los morros de toda la vida por motivos obvios y dice: “Ni la buena política ni el buen jamón se pagan con dinero”. Cuestión de jotas en una verbena en la que cada vez son menos los que tienen el cuerpo para estos bailes. Aquí casi todos parecen danzar al son del pasodoble de una caja registradora.

Tras la conversación, mi marrano traga-cuartos ahorrador se queda mudo. Le agito a ver si responde y solo suena calderilla. Sigue como siempre muerto de hambre. No es para menos, tras comentar siete horas de pleno, lo que apetece es un bocata de chorizo. Aunque sea a otros a quien alimente.

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