En esta Semana Santa, cuando la Unión Europea actúa del modo más execrable, vil y antijurídico posible, vulnerando con los refugiados sirios todos los tratados internacionales en materia de refugio y asilo y aún las mínimas normas humanitarias, aprobando un Convenio con Turquía que tiene como resultado exclusión, muerte y miseria, no he podido por menos que recordar la contradicción de Occidente que el artista argentino León Ferrari puso en evidencia en buena parte de su producción artística.

En 1965, León Ferrari creó una obra que pronto se hizo mundialmente famosa. en ella había colocado un Cristo crucificado sobre un avión norteamericano de combate y la tituló “La Civilización Occidental y Cristiana”, criticando con ello la doble moral de Occidente, que, como se ha dicho, utiliza “la tortura, la destrucción de culturas y la invasión de territorios como instrumentos de civilización”.

En el año 2000, en la Editorial Argonauta de Buenos Aires, León Ferrari publicó un libro al que daría el título de “La bondadosa crueldad”, donde incorporaba imágenes relacionadas con la dictadura militar argentina, que asesinó e hizo desaparecer opositores, y donde hacía un alegato contra el doble rasero occidental:

Occidente siente una singular y doble pasión por la crueldad. Frente a Jesús crucificado llora dos mil años y la rechaza; frente a los padeceres de quienes el atormentado en la cruz condena al tormento, la comprende, justifica y alienta. La crueldad es injusta cuando la sufre Jesús unas horas, y justo castigo cuando anuncia que millones la sufrirán eternamente.

Sus palabras son hoy plenamente actuales, cuando se va a pasear por nuestras calles el sufrimiento de Cristos y dolorosas, mientras en el Egeo y el Mediterráneo el actual sufrimiento humano es generado de modo institucional y generalmente despreciado y con él no se sigue otra regla que la de la ignorancia, quizás porque son musulmanes y es preciso protegerse de un colectivo abstracto y demonizado. Como siguiera diciendo León Ferrari:

Este doble concepto de justicia forma parte de nuestra cultura. Sobre un fondo de vírgenes, ángeles y palomas, los artistas cristianos pintaron el dolor lamentado: corazones sangrantes, coronas de espinas, la cabeza del Bautista y crucifijos, innumerables crucifijos que nos rodean adornando cementerios, comisarías, colectivos y cuarteles.

Los mismos pinceles –Fra Angélico, Giotto, Miguel Ángel- pusieron su destreza al servicio de la intimidación religiosa pintando la crueldad justa, el merecido castigo a paganos e impíos: Diluvio, Sodoma, primogénitos egipcios, Jericó, Apocalipsis, Juicios Finales, infiernos.

Creyentes e incrédulos coinciden en no cuestionar éticamente esas obras. Los creyentes, porque la tortura forma parte de su ética. Los incrédulos, porque adictos a la estética no miran la ética: si el cuadro está bien pintado no importa que exalte un crimen.

En las redes sociales, esta misma contradicción, que fue el centro de la creación artística de León Ferrari en sus últimos años, ha tomado carta de naturaleza y hay quienes se preguntan si tiene sentido llorar porque no salgan los pasos de Semana Santa por la calle a causa de la lluvia, o conmoverse con sus lágrimas de cristal, mientras millares de personas de carne y hueso son dejadas a su suerte o deportadas como criminales y aún como ganado a Turquía por un Tratado ilegal suscrito por la Unión Europea. Es evidente que estamos en medio de una crisis de valores.

Posdata: En este contexto, los monstruosos atentados de esta mañana en Bruselas abren un inevitable interrogante, el clásico “Cui prodest?” (“¿A quién beneficia?”). La vieja cuestión planteada por Séneca en su Medea, en el acto primero, escena primera (versos 500-501): “Aquél a quien aprovecha el crimen es quien lo ha cometido” (“Cui prodest scelus, is fecit”). ¿A quién beneficia? Es indudable que no a los refugiados, no a las masas de gentes abandonadas a su suerte. Poco más se puede decir, más que condenar la barbarie que nos infligen. Pero ¿quién? No hay que obsesionarse con una interpretación conspirativa de la Historia (Elvis Presley no sigue vivo y el hombre llegó a la Luna, por citar dos clásicos de la paranoia colectiva), pero es indudable que esto va a perjudicar y mucho a miles de inocentes que no buscan otra cosa que una salida vital y que se intentará usar para legitimar lo injustificable. No digo más.

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