Así reza el lema inscrito en el escudo de la Real Academia Española (R.A.E.). Sus estatutos fundacionales, que datan de 1715, determinan que ésta -perdonen mi heterodoxia, o quizá mi desobediencia a la gramática nueva- tiene como finalidad cultivar y fijar la pureza y elegancia de la Lengua Castellana, desterrando los errores introducidos por la ignorancia, la vana afectación, el descuido y la demasiada libertad de innovar. La referencia es prácticamente textual.

Perdonen mi atrevimiento, porque alguien que no es leísta ni quiere serlo, que huye de la “transitivación” de los verbos intransitivos y, entre otras cosas, de caer en barroquismos y en el uso de vulgarismos en la expresión, que procura acariciar la lengua, es decir, tratarla con cariño y esmero, lo que equivale a respetarla, lleva mucho tiempo, años, sufriendo y rebelándose en la medida de sus posibilidades contra la devaluación del español. Como si estuviéramos en guerra y el enemigo fuera la lengua española, el bombardeo que sufre le llega desde todos los flancos: desde los medios de información, la política, la Escuela, la calle y hasta desde la propia RAE. Y habrá quienes piensen que, dejando al margen a la ciudadanía en general, los periodistas, los políticos, los profesores y los académicos de la lengua son personas cultas. Así debería ser. En todo caso, habría que definir lo que significa ser culto. Si significa que todos ellos han pasado por las aulas, incluso que poseen un título universitario, debe ser cierto que son personas instruidas y hasta sabias y doctas, lo que ni supone ni implica que su cultura los lleve a utilizar la lengua con sabiduría y esmero. En un mundo tan trivial y basto como el que vivimos, no es fácil ser cuidadoso, respetuoso y esmerado con la lengua, y casi con nada ni con nadie.

Hace poco más de un año (23/01/2015) Esther Quintana escribía en La Vanguardia: «Señores políticos, profesores de universidad, conferenciantes y resto de personas que hablan en público: ¿qué hemos hecho los ciudadanos para merecer esta tortura y este maltrato continuo de nuestra lengua? Y sobre todo: ¿qué hemos hecho los profesores para que se nos imponga otra lucha de tal calibre? ¿Por qué tenemos que oírles decir "al estao le hemos dao...", "hemos tratao de hacer...", "habían muchas personas", "yo me gusta...", "le dije de que lo hiciera", "No es pa menos", "Man dicho que..." y otras lindezas por el estilo». Todavía retumba en mis oídos el llamamiento de Gabriel García Márquez al enterramiento de la ortografía, “terror del ser humano desde la cuna”, según el Nobel de Literatura. Ya sé que este llamamiento es viejo, y me temo que acabe ganando la guerra.

Permítanme que les narre brevemente dos hechos significativos. Hace ya bastantes años, recién incorporado a un Instituto de Educación Secundaria de Valladolid, en el transcurso de la primera evaluación, el tutor de un grupo de cuarto de E.S.O. me pidió que explicara el suspenso que una alumna tenía en la asignatura de Ética porque era su único suspenso. En buena lógica, como era mi obligación, accedí a hacerlo no sin antes advertir que esto mismo deberían hacerlo todos los profesores, miembros de la Junta de Evaluación, porque advertía que esta alumna y otros alumnos tenían calificaciones muy dispares entre sí. Expliqué pormenorizadamente dicha calificación y, como era preceptivo conforme a los Reales Decretos que desarrollaban la L.O.G.S.E. y ateniéndome a la programación de la asignatura, me referí, entre otros factores, al conocimiento deficiente de la materia evaluable de la asignatura -contenidos conceptuales, procedimientos y actitudes- y al uso deficiente del español que hacía esta alumna, tanto en el uso oral como escrito del español. Su construcción era con frecuencia vulgar, utilizaba un léxico muy reducido, apenas acentuaba las palabras y cometía en los exámenes y en los trabajos escritos una cantidad significativa de faltas de ortografía. No puedo olvidar este hecho, porque fue el profesor de Lengua y Literatura quien, sin pensárselo dos veces, me espetó un “¡si exiges tanto…!” Les recordé que el cumplimiento de los Reales Decretos era obligatorio e ilustré mi respuesta explicando cómo a mis nueve años, cuando realicé el examen de ingreso al Bachillerato, que era un examen selectivo, tres faltas de ortografía que hubiera en un dictado, entre las que contaban los acentos, suponían el suspenso y la imposibilidad de cursar el Bachillerato. La mayoría de los miembros de la Junta de Evaluación, que eran “hijos de la E.G.B.” y desconocían lo previsto en la Ley de Educación de 1953, me miraban con sorpresa. Como pueden comprender, en ese momento entendí muchas cosas; hoy las tengo todavía más claras.

Desde hace aproximadamente un par de décadas, los tribunales de oposiciones de Primaria y Secundaria revisan los exámenes escritos de los candidatos a profesores -yo mismo me he visto en esa obligación- con el fin de poder valorar la corrección del uso del español, algo impensable hace treinta, cuarenta o cincuenta años. Algo está pasando en España, cuando se accede al Bachillerato y a la universidad e incluso se obtiene un título universitario con un uso deficiente de la lengua española. No es extraño, por tanto, que quienes tenemos la obligación de liderar el uso de la lengua no seamos buenos maestros, sino que, antes bien, contribuyamos a su degradación. He de confesar que me siento como Gonzalo Rojas cuando dice « “Yo no volé tan alto, tan alto y no le di a la caza alcance”, y soy un aprendiz. Ahí me paro».

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