La lengua es la herramienta de comunicación y creación mejor y más sofisticada que tenemos, y no está constreñida por la gramática sino que, antes bien, ésta posibilita la comunicación, la expresión y la creación garantizando la expresión y comprensión precisa del mensaje. Así pues, los cambios que se producen en la lengua deberían obedecer a la necesidad de vigorizarla y dotarla de una riqueza mayor que la que tiene. La lengua es un sistema vivo, pero un sistema, con lo que esto supone, y en ella no vale todo. La propia lengua es, además, una construcción histórica, que recoge, querámoslo o no, nuestra propia historia. No existirían las lenguas romances, románicas o neolatinas si no hubiera existido el Imperio Romano. El castellano, como el catalán, el gallego o el portugués son lenguas nacidas del latín.

La R.A.E. es una institución comprometida con el cuidado y la unidad de la lengua española. Su obra magna, el Diccionario (D.R.A.E.), recoge la vitalidad de la lengua. Hasta hace unas pocas décadas, los académicos se resistían a aceptar, o sea, a introducir en el D.R.A.E. vulgarismos y términos de uso pasajero. Desde hace no muchos años asistimos a la aceptación por parte de la R.A.E. de términos que ni los más optimistas -¿o quizá pesimistas?- podrían imaginar que se encumbraran hasta ese pedestal, aunque sólo fuera como vulgarismos. Valgan unos pocos ejemplos de términos aceptados desde 2010 hasta nuestros días. Hay para todos los gustos -o disgustos-: asín, norabuena, conceto, ño, apechusques, palabro, almóndiga, moniato, otubre, descambiar, toballa, papahuevos, pepero, coach, establishment, gayumbos, okupar, sociata, vagamundo, dotor y un etcétera muy largo.

La ordinariez y la fealdad que se han adueñado de nuestra sociedad se han trasladado a la lengua. Quienes se esmeran en el cuidado de la lengua con frecuencia pasan por ser ñoños y caducos, porque -muchos se lo recriminan- parece que no quieren que la lengua “evolucione”. ¡Como si todo cambio supusiera mejora y progreso! Quienes renegamos, por ejemplo, del leísmo, el queísmo, el dequeísmo, de la barroquización de la expresión o de la construcción de los participios en “-ao” en lugar de en “-ado”, quienes utilizamos los ordinales para expresar el lugar que ocupa algo en una serie o el imperativo para indicar mandato u orden y no el infinitivo somos acusados con frecuencia de remilgados o exquisitos y hasta de hablar de manera incomprensible. ¿Qué escribiría hoy don Fernando Lázaro Carreter en su Dardo en la palabra? Seguramente no abandonaría la ironía y la burla que lo caracterizaban, para medirse con los Académicos, fajándose con ellos con un discurso crítico y hasta mordaz. Dan ganas de tomar por la mano tantos palabros admitidos y escribir sirviéndose de ellos. No sé lo que les parecería si habláramos de esta guisa: Si usted me lo manda, cojo mis apechusques y me egreso asín, porque usted lo dice y porque manda uebos. Quienes duden, recurran, por favor, al D.R.A.E. y verán que no sólo me he expresado correctamente sino que seguramente no he dicho lo que algunos pudieran suponer.

Y, llegados a este extremo, por qué no pedir que la Academia admita en el D.R.A.E., por ejemplo, “encorrer”, que se usa a diario en Aragón, la patria chica de don Fernando Lázaro, todos los regionalismos, que se acepten los participios acabados en –ao, el infinitivo verbal como imperativo o un supuesto verbo como “preveer”, un término de uso tan generalizado entre tantos periodistas, personalidades, universitarios y ciudadanos en general. ¿Para qué mantener los dos puntos y el punto y coma si han caído en desuso incluso entre los escritores consagrados? Pero no lo diré muy alto, no vaya a ser que los académicos se tomen esta ironía como una petición formal. Es posible que no sea necesaria solicitud alguna, ya vimos cómo, convertidas en dígrafos, desaparecían la che y la elle del vocabulario y del Diccionario, para triunfo del mundo anglosajón y de alguna multinacional de la informática. Por el mismo camino transita la tilde.

Confieso que consulto el Diccionario varias veces cada día. La duda supone el comienzo del progreso, porque supone el inicio de una búsqueda, que suele conducir a consultar el diccionario y, en su caso, la gramática. Pero, lo dicen las estadísticas, se lee poco y apenas se consulta el diccionario y la gramática. El resultado ha dado ya su fruto en la forma de un español cada vez más pobre y peor construido.

Como un náufrago, me agarro a la tabla salvadora del poeta y me reconforta saber que: “Lo que me diste / es palabra que tiembla / en la mano del tiempo / abierta para beber […]” (Gonzalo Rojas). No quisiera caer en pesimismo alguno y afirmar con José Ángel Valente: “Esta es la hora, éste es el tiempo / -hijo soy de esta historia- /éste es el lugar que un día / fue solar prodigioso de una casa más grande.” Espero que todavía tenga razón Blas de Otero y que nos quede la palabra; pero, por favor, que sea bien tratada y bien dicha.

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