No pienses en mí, ni se te ocurra. Piensa en esos jóvenes franceses –ahora les toca a ellos - de la Nuit debout o, si vamos a eso, también en los de España un país que como todos los países está especializado en evaluarlos, compararlos, disciplinarlos y separarlos por cuadras, familias o castas desde su más temprana edad; un país, unos países estos de Europa, que desunen por instinto todas las solidaridades que no pueden controlar a fin de no dejar en pie más que una ciudadanía de saldo o lo que es igual, la pertenencia fantasmagórica a una cosa que han dado en llamar Reino de España pero que nadie sabe lo que es. Unos jóvenes, esos de la Noche en Pié o los de la Plaza del Sol, que más que cualquier otra cosa (y lo digo con muchísimo respeto) son ciertamente unos desposeídos pues aunque parecen tener, no tienen maldita cosa y aún cuando admiten la necesidad de conseguir dinero porque saben bien lo imposible que es pasar sin él, lo que no llegan a admitir exactamente es la necesidad de trabajar (o más bien la de currar) por no hablar de que tampoco se plantean las necesidades de nadie y con “nadie” me refiero a esos otros que les pillan a trasmano ya sean inmigrantes o viejos y otras jarchas que, salvo honrosas excepciones, parecen no existir para ellos.

Los psicólogos explican este fenómeno debido – dicen - a que la sociedad los ha decepcionado pero mienten: los psicólogos mienten. Y lo digo porque para estar decepcionados antes habrían tenido que esperar algo y ellos, la mayoría, pertenecen a una generación que nunca esperó nada y que – según mis fuentes – vieron siempre a sus respectivas sociedades como en realidad son y nunca ha dejado de ser a saber, como una estafa de confort variable en la que ellos han buscado siempre lo máximo. Quiero decir, el máximo confort. Esa búsqueda por supuesto no tiene nada que ver con la ideología capitalista. ¡Faltaba más! es otra cosa. Ahora bien, qué cosa pueda ser es otro cantar.

Hoy sinceramente pienso que si las manifestaciones de Plazas varias y Noches en pies o sentadas fueran de verdad y no una especie de carnaval, lo que tendríamos entre las manos sería una revolución. Pero como no es el caso, lo llamaremos acampada. Anyway se aceptan sugerencias. Lo cierto es que tanto los conservadores como los progresistas están de acuerdo en un principio moral básico: el que manda es el pater y partiendo de semejante simpleza han conseguido elaborar una estrategia muy eficaz para desactivar cualquier tipo de reivindicaciones. Y digo que es eficaz porque, en primer lugar, se han apropiado del poder de nombrar, empotrando cada denominación en un marco conceptual que implica unos valores y sentimientos determinados de los que las audiencias – en este caso los jóvenes - son generalmente inconcientes. Este lenguaje, bien armado con sus implicaciones morales y emocionales, tiene el mágico poder de definir toda clase de realidades una vez introducido y –sobre todo – reiterado en los medios de comunicación. La crisis sería un ejemplo. La guerra contra el terror, otro. Se trata eso si de un lenguaje especializado en movilizar las emociones del personal anulando de paso cualquier rastro de sentido crítico.

Resumiendo: la domesticación de la Noche en Pié no tiene por qué plantear ningún problema a monsieur Holland, un señor que a pesar de lo tonto que es no lo es tanto como algunos que yo conozco. Es por eso que estoy segura que la sangre de La Nuit Debout no llegará al río. El Holland sabe bien que con media docena más de becas, alguna promesa y una semana más de vacaciones lo tiene más que chupado.

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