¿Qué se esconde tras la 'corrupción'? No quiero referirme a sus consecuentes socio-económicos, o a sus orígenes histórico-políticos, ni siquiera a su contextualización hispana. Más bien a lo que conceptualmente significa o entendemos por el término 'corrupción' y consiguientemente qué queremos decir cuando calificamos -por asunción del adjetivo habitualmente utilizado en los medios de comunicación dominantes-  a un alguien como una persona 'corrupta'.

Personalicemos pues.  En primera persona. Si yo soy un corrupto ¿qué aspectos de mi ser, o mejor, de mi vida posibilitan o facilitan mi calificación de corrupto? En sentido estricto, ni cualquiera puede ser persona corrupta, ni todos los individuos están en condiciones iguales para  practicar la corrupción,  ni para plantearse siquiera el ejercerla.  Si hubiera algo parecido a un comunismo de la corrupción, esta sería sencillamente un carácter o nota de lo social, y por lo tanto sería un tópico o hábito ni problemático ni problematizable. ¿Qué es, pues, lo que me permite a mi y no a ti que pueda practicar la corrupción, o que de hecho se me pueda cualificar como corrupto? Eso que me posibilita a mi y no a otras personas el ser un corrupto es algo que esas otras personas no tienen,  pero que sí tengo yo y que me distingue muy especialmente: tengo poder. Tengo una cierta capacidad de tomar decisiones que afectan a individuos o colectivos humanos, que carecen precisamente de esa capacidad que yo, y otros poquísimos como yo, sí tenemos.  Rápidamente saldrá la pregunta ¿por qué tengo yo poder? Pero para proseguir en mi argumento voy momentáneamente a obviar el origen de mi poder, o lo que causa que la mayoría de las personas no lo tenga. Incluso voy a eliminar la supuesta carga de legitimidad de mi poder. Yo tengo o he conseguido un cierto poder y punto. Y tú y todos los demás como tú no tenéis el poder que yo tengo, y que además en general tú y casi todos como tú me reconocéis (el porqué de este curioso y disparatado fenómeno humano también lo elimino del debate, por comodidad analítica). En resumen: pues tengo poder, entonces puedo ser un corrupto, y de hecho yo -en este argumento- lo soy.

Cabría una objeción: no todos los que tienen un poder similar o incluso superior al mío practican la corrupción.  Yo como buen corrupto racional contesto: si tienes un poder superior al mío quizás no necesites de la corrupción, y si tienes un poder similar o más pequeño que el mío sencillamente es que desconoces el poder que tienes, o lo más seguro es que no sepas desenvolverte con eficiencia y eficacia en la trama de poderes que te rodean y de la que formas parte, o simplemente no te enteras colega. Pero concediendo que no todo ejercicio de poder conduce necesariamente a la corrupción, a renglón seguido igualmente afirmo que cualquier poder y sólo el poder la posibilita.  Esta posibilidad se da además gracias al segundo aspecto que acaba de introducir la objeción antedicha: que hay variados y diversos poderes que a veces pugnan entre sí por parcelas (sociales, política, económicas,...) que comparten, y otras veces se compinchan para repartirse nuevas parcelas. La práctica de la corrupción es una relación social interpoderes, sustentada en unas relaciones de poder máximamente desiguales: la explotación, la dominación y la coacción de unas élites sobre una mayoría social desposeída. La corrupción presupone un agente que corrompe, un corrupto tomador de decisiones que acepta corromperse y un paciente social que no se entera o no quiere enterarse, y que generalmente padece las consecuencias de tales decisiones corrompidas. Lo que se intercambia entre el agente corruptor y el corrupto son favores, privilegios o prebendas, a cambio de recompensas o expectativas de recompensas (generalmente más poder o más dinero o ambas cosas).

Soy un corrupto pues tengo poder en una concreta toma de decisiones que me permite aceptar una cierta recompensa a cambio de que mis decisiones favorezcan al corruptor que corresponda (generalmente alguien igualmente con poder, al menos con el poder de corromperme).  Pues bien, soy un corrupto por tomar decisiones no según los criterios o normas implícita o explícitamente enunciadas que acotan el radio de acción de mi poder, y por las que supuestamente se me reconoce que tenga y ejerza tal poder, si no según criterios ‘desviados’ que busca sólo mi provecho o el provecho de quienes yo quiera. Soy corrupto porque violo reglas instituidas; porque participo de un ‘intercambio clandestino” en los mercados económico, social y político; porque favorezco intencionalmente la capacidad de influencia de un agente interesado en mi toma de decisiones; porque, en fin, acepto un beneficio tangible, material y/o simbólico, como fruto de tal transacción. Si este proceso, esta práctica corrupta, no sale a la luz, puedo seguir siendo corrupto mientras se me siga reconociendo el poder que tengo. Si por desgracia, alguien igualmente poderoso como yo, destapa mis entresijos corruptos, pues compiten seguramente con los suyos, entro con todos los honores en el plantel social de los corruptos. Si yo como corrupto destapo, por venganza o como defensa, las prácticas de corrupción de otros poderosos, los medios de comunicación dominantes, que litigan y reparten sus favores entre los distintos poderes instituidos y sus poderosos correspondientes,  tendrán su agosto de casos de corrupción. Y cuando esto sucede, la corrupción se torna confusión, perplejidad e impotencia. Como algunos politólogos -del poder- dijeron ya en el 2013:

“En todos los sistemas políticos hay corrupción: es tan consustancial con la política como el monóxido de carbono con el automóvil. Por ello, en las democracias avanzadas, existen leyes que regulan la actividad interna de los partidos políticos. Esta regulación impone los mecanismos de reciclaje de toxinas que permiten que la democracia siga funcionando de manera saludable. El nivel insoportable que ha alcanzado la corrupción política en España se debe a la ausencia de reciclaje de los residuos tóxicos que generan nuestros partidos. La democracia española es como un cuerpo sin riñones o un coche sin tubo de escape.” (José Antonio Gómez Yañez, César Molinas - http://elpais.com/elpais/2013/01/21/opinion/1358771424_511576.html)

Si mi práctica corrupta es una simple toxina, eliminable supuestamente con un buen catalizador, mi estatus de poder quedaría indemne, y probablemente mi práctica corrupta seguirá su curso pero más sofisticada y clandestina, pues como los bienintencionados politólogos nos recuerdan, la corrupción “es tan consustancial con la política como el monóxido de carbono con el automóvil”.

Por un lado, la corrupción al descubierto nos enseña descarnadamente lo que es intrínsecamente una situación de poder ejercido por élites con capacidad reconocida en la toma de decisiones de carácter colectivo (empresarial, financiero, cultural, y en fin, político). Un poder siempre sustraído a quienes directa o indirectamente afecta: mayorías desposeídas y socialmente subordinadas al ejercicio del poder instituido. Por otro, la retórica dominante enfatiza la ubicuidad de la corrupción como un mal, un desvío, un residuo tóxico, no deseado por el poder ni por los poderosos. La corrupción como pecado, muy eclesial esto, salva al poder y a los poderosos de ser el objeto de las iras de las desposeídas. El poder no sólo es malo, si no que es correcto y necesario, y su ejercicio cabalmente entendido es germen de grandes bienes sociales y económicos para todas y todos. Pero a veces, sólo a veces, es deshonestamente gestionado. La corrupción, de ser un destilado intrínseco al poder y al juego de los poderes instituidos, se vuelve un mal moral, que si se encauza mediáticamente de un modo inteligente hasta los desposeídos se convierten en cómplices de una corrupción sobreentendida. De ser el espejo que refleja la cruda realidad del ejercicio del poder, pasa a ser el espejismo de un simple mal moral.

El quid de la cuestión es que yo como corrupto ahora al descubierto, doy juego al sistema de valores dominante para esconder la verdadera causa de la corrupción, que no es otra que la existencia de un poder máximamente desigual e injusto. De ahí el entusiasmo parcial de derechas e izquierdas por una supuesta regeneración de la política y de la gestión pública. Pero la corrupción no es sólo consustancial con la política, si no también con la economía capitalista que da de comer a la política, y que esta gestiona a favor siempre de aquella.  En las democracias capitalistas realmente existentes las relaciones entre poder económico y poder político son en esencia relaciones corruptas, en las que priman los objetivos de acumulación, especulación y sobreexplotación de la fuerza trabajadora y de los ecosistemas. Empresariado y banqueros saben mucho de cómo extorsionar y clientelar voluntades sin que parezca que son corruptos. Disponen del mejor arsenal jurídico y legislativo a su favor, con la aquiescencia de las mayorías desposeídas.

Si la toma de decisiones sobre lo que nos concierne individual y colectivamente no la detentaran unas élites cuyo poder legitimamos por activa o por pasiva, y estuviera democrática y directamente distribuido, alguna corrupción puede que siguiera dándose, pero sus desfalcos, sus malversaciones, sus ganancias serían pírricas y rápidamente abortadas por las exigencias de transparencia y por mecanismos de control democrático y rendición igualitaria de cuentas. Pues cuando el poder se ejerce entre todas y todos, realmente el poder no es de nadie.

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