Casi sin darse uno cuenta, hace ya casi un año que las elecciones municipales (los españolitos hemos pasado la mayor parte de nuestra historia sin poder votar, pero últimamente lo estamos haciendo casi tanto o más que los suizos entre generales, municipales, autonómicas, primarias y demás) nos depararon un nuevo consistorio muy en contraste con al anterior. Escribíamos entonces que comenzaba un período marcado por la ilusión de mucha gente ante las nuevas perspectivas derivadas de una mayoría diferente y -se esperaba- muy distinta también en sus formas y propuestas políticas. Han sido 12 meses de trabajo intenso, intentando darle un aire de renovación a una habitación cerrada durante demasiado tiempo. Cada uno podrá hacer sus valoraciones, que para eso están las opiniones. Obviamente hay campos en los cuales los cambios han sido significativos, en otros no tanto y en alguno incluso poco relevantes, que de todo hay en esta viña.

Recuerdo que por aquél entonces reflexionábamos sobre una serie de cuestiones “calientes” en el campo musical: la recurrente e inacabable cuestión de las actuaciones en locales de pequeño aforo, el acceso de nuestros músicos a las salas públcas, la oprobiosa cuestión de la escuela Municipal de Música, los conciertos y actividades en la calle. Un año después, ¿cómo andan las cosas por estos vecindarios?

Sobre la primera de las cuestiones, pocas novedades. A día de hoy la realización de conciertos en espacios reducidos (cafés, bares, librerías, salas de exposiciones) sigue siendo una patata caliente que parece quemar a quien la toca, y se mantiene en el mismo lugar donde estaba hace un año: a pesar del esfuerzo de diálogo entre el Ayuntamiento y el colectivo de músicos, las mismas normativas autonómicas que estrangulan la actividad siguen vigentes. En realidad, parece que estamos regresando a una situación parecida a la que precedió al innoble episodio de la irrupción policial en el Beluga hace unos pocos años, con toda la polvareda que se levantó a raíz de las tan cacareadas y misteriosas denuncias: manga ancha, que algo queda. Tímidamente varios locales han comenzado a programar algunos conciertos sin tampoco atreverse a levantar mucho la voz, no sea que cualquier día venga a visitarles la brigadilla, algo perfectamente posible si tenemos en cuenta las obligaciones que la policía, por activa o previa denuncia, debe afrontar. Aspectos claves en la solución de este problema, como un cambio de chip que lleve a considerar como culturalmente relevantes este tipo de actividades en salas de pequeño aforo y no como actos potencialmente molestos y peligrosos, siguen sin avanzar. Puede que exista una cierta tolerancia, pero poco más y con muchos matices. Y la puñetera exigencia de los limitadores ha tenido rápida respuesta por los técnicos de medio ambiente: compraros esos tan guays que no producen delay; total, sólo valen 4.000 euretes de nada, a sumar a las ya de por sí costosas tareas de insonorización.

Es evidente que, a pesar de todas las buenas intenciones que se quieran, el asunto no se va a solucionar desde una perspectiva estrictamente municipal: son las normativas autonómicas las que deben modificarse. El remiendo parcial del pasado año no arregló demasiado las cosas, y no parece que haya muchas perspectivas de nuevas modificaciones en la polémica Ley de Espectáculos. Como uno es positivo y trata de aportar algo, propondría una iniciativa de mayor peso político: que los grupos de gobierno municipal -PSOE, Valladolid toma la palabra/IU y Podemos- insten a sus formaciones hermanas en las Cortes a presentar una propuesta formal unitaria de modificación de la normativa actual que reconozca esa labor cultural de los espacios de pequeño aforo y adapte las exigencias de seguridad, ruidos y demás a unas pocas reglas del juego básicas, razonables y consensuadas. No sería nada irreal pensar en ampliar ese consenso a todas las fuerzas políticas del parlamento autonómico, incluidas las de gobierno, o al menos una de ellas: no olvidemos que no estamos hablando de una de esas cuestiones de gran calado político que exigen procesos de debate y consenso complejos y largos. Por intentarlo, desde luego, no se pierde nada, y hay que recordales a estos grupos políticos sus inflamados discursos de apoyo a la Cultura de base de antes de las elecciones.

En cuanto al acceso a los espacios públicos, y pese a la loable propuesta municipal de abrir ciertos espacios como la sala blanca del LAVA a una mayor participación de las formaciones locales, tampoco se han producido cambios significativos: el acceso a algunos de estos espacios -como la Sala Delibes del Calderón, por ejemplo, de excelentes condiciones y equipamiento para conciertos de pequeño formato de músicas como el jazz- sigue chocando contra un muro de exigencias económicas y burocráticas difícilmente sorteable para la inmensa mayoría. En cuento a la Cúpula de Marras, sigue ahí, impertérrita, desafiando el tiempo y los cambios políticos con una sonrisa picarona, y tan poco apta para la música en vivo como siempre.

Respecto al tema de la Escuela Municipal de Música, el asunto anda ahí a la espera de que se produzcan novedades derivadas de los compromisos contractuales entre el Ayuntamiento y los nuevos responsables. Si se despejan esos nubarrones, confiemos en que se pueda restituir la justicia para una situación lamentable en su día que afectó a padres, alumnos y un plantel de profesores a los que se trató con despecho y que a comienzos del pasado otoño escuchó buenas palabras del propio Alcalde en persona. Esperemos acontecimientos, pues.

Y nos queda la calle, ese lugar. La ocupación de espacio público -sutil eufemismo para hablar de hacer cosas en la vía pública, espacio de propiedad común para el uso y disfrute de todos los ciudadanos- sigue siendo una cuestión con claroscuros: diáfana y fluida si se plantea desde instancias públicas en festividades y eventos de todo tipo, y problemática si es el ciudadano de a pié quien la solicita. Episodios tan frustrantes como el acaecido recientemente en detrimento de la iniciativa de la Taberna Morgan de conmemorar el Día Internacional de la Danza con un taller al aire libre, así como algunos otros que han afectado a diferentes locales de la ciudad, deben servir de estímulo a los responsables municipales para echarle un poco de imaginación al asunto y buscar fórmulas que agilicen trámites y plazos y reduzcan exigencias a quienes quieran proponer algo tan inocente como es realizar activiad cultural en la calle, con respeto al vecindario y dentro de los límites de lo razonable. Nos consta que en ello están: pues pa'lante.

Pues así están las cosas. Hay todavía mucho campo para trabajar y, como escribió el poeta, se hace camino al andar.

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