La primera vez que entré a trabajar en la redacción de un periódico, en un diario de cuyo nombre no quiero acordarme, el jefe de la sección de cultura me prestó el “Libro de estilo de El País”. Aquel libro de estilo, era el que se usaba en el periódico, como lo hacían otros medios de comunicación progresistas de los 90. Siendo, todavía hoy, considerado como el manual más ético y moderno del periodismo español. La intención de mi jefe, Luis Ángel González (periodista de raza, del que aprendí la coherencia en la profesión de Larra y a respetar –en vez de utilizar como se hace ahora- a las personas que nos dan la información; un gran hombre que abandonó el periodismo hastiado de tanta mediocridad), era que me diera cuenta, lo más rápido posible, de qué era el periodismo objetivo y de calidad. De mencionado manual todavía recuerdo aquello de que no se debía utilizar el galicismo “rueda de prensa”, sino “conferencia de prensa”, porque se afirmaba “los periodistas no ruedan”. También, se tildaba de mal gusto y escasa cultura parafrasear títulos de películas u obras literarias en los titulares de las noticias, una mala práctica de la que abusan hoy los redactores de deportes, considerándola casi un cultismo ante la rebaja en conocimientos de la sociedad del siglo XXI. Del libro de estilo sólo aborrecía una de sus máximas, aquella que decía: “El periódico no publica informaciones sobre la competición boxística, salvo las que den cuenta de accidentes sufridos por los púgiles o reflejen el sórdido mundo de esta actividad”. Y es que yo amaba aquel deporte. Lo amaba porque lo disfruté de niño con mi padre y mi abuelo, porque lo vi en el cine clásico, porque lo practicaban algunos amigos de Las Delicias; pero, muy especialmente, lo amaba porque era el deporte de Mohamed Ali.

Mohamed Ali, nació como Cassius Marcellus Clay, Jr. en Louisville, una pequeña ciudad de Kentucky, un 17 de enero de 1942, y es, ha sido y será, el mejor boxeador de todos los tiempos. Se inició en el boxeo de niño, el día que le robaron su bicicleta, el policía y entrenador de Louisville Joe E. Martin se ofreció a enseñarle a boxear. Pero el carácter inteligente, atípico e inconformista, le hizo completar el entrenamiento en casa. Había que esquivar golpes, pues que su hermano le tirase piedras y él las esquivaría, aquel sería el origen de su famosa “guardia baja”, contraria -en apariencia- a la técnica del boxeo clásico.

Acostumbrados a la baja extracción económica y social de los boxeadores, especialmente los afroamericanos, Mohamed Ali supuso una excepción. Cassius procedía de una familia de clase media que si bien no era adinerada, no había sufrido privaciones. Tampoco era un «bad nigger» el afroamericano de pasado criminal, ni un conformista y bonachón «tío Tom», estereotipos de los boxeadores afroamericanos que habían existido hasta el momento. Y por supuesto se trataba de un joven culto, lo que supuso la primera piedra de su éxito mediático.

A pesar de su aparente verborrea y desvarío, Mohamed Ali era un gran controlador de los medios de comunicación. Era atractivo, era inteligente y era provocador. Ponía motes y enfurecía a sus contrincantes, no lo hacía porque no los respetase realmente, sino porque era parte de su estrategia previa al combate. Para él, la psicología era tan importante como la fuerza, y el combate comenzaba mucho antes del primer asalto.

Desde los Juegos de Roma de 1960, donde debutó como amateur ganando el oro olímpico, su vida estuvo jalonada de victorias. Durante los cuatro años que boxeó como amateur obtuvo 100 victorias con sólo cinco derrotas, fue Campeón de los Pesos Pesados entre 1964-1971, 1974-1978 y 1978-1980, peleó por el título en 25 ocasiones venciendo en 22.

Pero para mí, de todo su increíble palmarés, destacan tres grandes victorias por encima del resto:

-El 9 de mayo de 1967, Mohamed Ali (que cambió su nombre en 1965 tras convertirse al islam, religión que siempre defendería ante los medios de comunicación como ajena al terrorismo y pacífica) fue desposeído del título de campeón del mundo de los pesos pesados y su licencia, por negarse a hacer el servicio militar en plena guerra de Vietnam -un matadero para los negros según las organizaciones de derechos civiles-. Él afirmaba que como boxeador no se podía declarar pacifista, pero sí era antibelicista y que odiaba las guerras, no entendiendo porque debía matar a las personas de un país que luchaban por su independencia. Se le retiró el título, fue difamado por gran parte de la prensa y –además- condenado a cinco años de prisión. Sufriendo durante años para conseguir evitar la cárcel, recuperar de su licencia y su título. Se puede ser un genio dedicándose a cualquier cosa, pero la coherencia de perderlo todo por hacer lo correcto, sólo está en la mano de las personas con un gran corazón.

-Cuando en 1974 recuperó su licencia, el campeón mundial era George Foreman, se trataba de un hombre de gran pegada, uno de los púgiles más fuertes de la historia del boxeo, su forma física se asemejaba a la de los boxeadores actuales y superaba a la de Ali. También era considerado el mejor encajador de golpes hasta aquel momento, no había conocido jamás la derrota; por todo esto, era física y mentalmente invulnerable, ganando siempre sus peleas por K.O. en los primeros asaltos. Todo el mundo coincidía en que Ali no podría recuperar el título contra aquel gigante, hombre además de potente muy rápido. El lugar del combate fue Kinshasa (Zaire), el público gritaba «¡Ali bumaye!» (¡Ali, mátalo!), porque sabían que Ali no debía haber sido desposeído del título, ni Foreman –una gran persona, como demostró a lo largo de su vida- haberlo aceptado. Tras un primer asalto de tanteo, Ali sAlia al ring y se tumbaba contra las cuerdas dejándose pegar, ante la desesperación de su esquina del ring. De vez en cuando bajaba las manos, cogía de la nuca a Foreman y le susurraba que “pegaba como una niña”, se burlaba ante el público y le menospreciaba. El ataque sobre Ali -convertido en un saco- era brutal, los comentaristas vaticinaban su retirada, incluso un par de golpes parecieron por un momento que le tirarían a la lona; en cuanto a ganar por puntos, Ali apenas había estirado los brazos. Definitivamente, Mohamed Ali se había vuelto loco. Finalmente, en el octavo asalto Ali atacó con una combinación de golpes que noqueó a Foreman, víctima de su propio cansancio, y le despojó del título. Nunca nadie había demostrado de una forma tan fehaciente, como la inteligencia puede vencer a la fuerza.

-La tercera gran victoria fue escasamente televisada y es menos mediática, se trata de un combate de más de treinta años contra la enfermedad de Parkinson. Una enfermedad que jamás le impidió seguir siendo Mohamed Ali: juntar a su inmensa prole de sus cuatro mujeres y dos amantes y reunir a todos sus hijos e hijas –con sus madres- a la misma mesa, acallar las voces islamofóbicas en Estados Unidos y otros países, participar en actos deportivos, de homenaje o recuerdo. Y todo con el orgullo de ser un luchador y un ganador de su día a día. La muerte ganó el combate en Scottsdale, Arizona, el pasado 3 de junio de 2016. Todas las personas lo sabemos, ella siempre gana, pero elegir pelear hasta el final es lo que dignifica la vida de todos los seres humanos. Es este tercer combate el que más humaniza a Mohamed Ali y –al mismo tiempo- convierte en héroes de su talla a muchas personas que tenemos cerca.

 

 

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