Llenar de mala leche imágenes y recuerdos para enfrentarnos con el origen de muchos de nuestros defectos como país puede ser fácil, hacerlo con sentido y con un propósito certero, ya no tanto. Un edificio megalómano, propio de un régimen dictatorial y fascista como el franquista, pero no tan alejado de otros ejemplos llamados democráticos, uno es la ciudad del trabajo, a otros los llaman ciudades de las artes, de la luz, inteligentes, hay para todos los gustos. Un edificio a espaldas del pueblo y no para el pueblo, pese a llamarse Universidad Popular. Un empeño de un ministro, falangista hasta la muerte, más franquista que Franco, queriendo crear un centro educativo, vendiéndolo como una oportunidad para los hijos de los obreros, pero que no dejaba de ser un centro de reeducación, un internado para extrañar a los jóvenes de sus ambientes y de sus familias, alejarles de su espacio obrero y minero para hurtarles el conocimiento directo del sufrimiento y arrancarles, poco a poco, y conscientemente, la conciencia de clase. Conseguir que desde las entrañas de la pobreza, del mundo obrero, de la raíz del comunismo español, crezca una nueva generación capaz de olvidar sus orígenes y se muestre dócil en el futuro, acomodada a una posibilidad de vida mejor que la de sus padres para que olviden el rencor de clase y las armas del maquis. Pacificar mediante la conversión, algo que en España se ha intentado desde siempre, entablando guerras y conquistas en nombre de una bandera y de una cruz. Crear la Universidad Popular en Asturias no fue casualidad.

Documentación, realización, cámara, montaje: Guillermo G. Peydró.

Grabación talleres: Sergio Redruello.

Año: 2015. España.

Duración: 61 minutos.

Formato: HD, 16:9.Color y b/n.

Première: FID Marseille 2015

Peydró mezcla muy bien pasado y presente, las exageradas dimensiones del edificio, un edificio colosal para demostrar el poder de la autarquía, con el doble de tamaño que El Escorial, con una plaza central de las dimensiones de la plaza de San Marcos de Venecia, con una torre inspirada en la Giralda de Sevilla, su iglesia de planta elíptica más grande del mundo, una consecución de atrios corintio, dórico, barroco, un detalle de la Alhambra, escaleras helicoidales de resonancias renacentistas italianas, pero todo ello lleno de simbología fascista y religiosa, un presunto templo del saber técnico adornado con todos los elementos propios de la falta de libertad que indican el propósito evidente de sus creadores, hacer obreros católicos y apolíticos, adictos al régimen, o, por lo menos, no contrarios al mismo. Para alcanzar el objetivo visual, el director, a las imágenes las acompaña con voces del pasado, del No-Do, si, con ocasión de la inauguración de dicha universidad, pero sobre todo a través de diálogos de cine de películas españolas de los 40 y 50 preferentemente. De esta manera se demuestra cómo la masa puede ser dirigida hacia un discurso único y acrítico a fuerza de escuchar las maldades del pensamiento libre, las consecuencias de no respetar los mandamientos religiosos, o la bajeza moral de quien no está dispuesto a dar su vida por una patria, sea ésta real o simulada, pero en todo caso interesada. Al espacio se le unen los ecos del pasado, aunque estos ecos fueran recreados mediante el cine, no en vano estamos en una película, un documento, pero una película, y demostrar la importancia del cine, que tanto se niega, también es un logro de Peydró.

Cartel de la película.
Cartel de la película.

Contemplar esos pasillos vacíos y abandonados, mal cuidados, con mobiliario amontonado, esos patios en los que un millar de jóvenes estudiantes técnicos formaban como si fueran una milicia, ese templo de apariencia moderna pero lleno de todo lo que se opone a un centro educativo, alcanza mayor significado si al sonido se le une la banda sonora de «Sin novedad en el Alcázar» o «A mí la legión», si para ridiculizar la falta de fe se oyen los diálogos de «El milagro de Fátima» o «La guerra de dios», si para conseguir el miedo de los ciudadanos se presenta al contrario ideológico como un ser sin entrañas, sin humanidad, sin ideales defendibles como en «Suspenso en comunismo» o «La paz empieza nunca».....La educación se confunde, entonces, con algo tan actual como el adoctrinamiento, los símbolos del edificio se llenan entonces de yugos y flechas, vírgenes y santos, marciales hombres copiados de la estética musoliniana, símbolos que perduran por mucha ley de memoria histórica que se invoque, porque los símbolos subsisten desde los mismos cimientos de una obra encaminada a vender una idea y no a servir al progreso, como la basílica del valle de los caídos, cuya sola presencia revive un drama colectivo, una tragedia, un oprobio de unos españoles para y sobre otros, dos ejemplos permanentes del poder sin control.

Conseguir que cada año 1.000 jóvenes entren en el centro y salgan formados en las doctrinas oficiales es el objetivo inconfesado pero evidente, 1.000 elementos peligrosos menos cada año a los que no habrá que espiar, ni seguir. Convertir a la clase obrera en un sucedáneo no dispuesto a luchar por sus derechos individuales y colectivos, una academia militarizada, más pendiente de dios y de la patria que del saber y la educación. La prohibición, el miedo, el castigo, la amenaza del hambre, de la expulsión, no es necesaria la pedagogía para enseñar ni para aprender, no es necesario formar a la mujer, para quien el templo del saber está prohibido. Acongojar a los jóvenes con los males que pueden proceder de las mujeres, y también del cine, porque el cine, según los sacerdotes directores del establecimiento, forma, informa y deforma, que aunque pueden encontrarse valores en Bardem o Berlanga, hay que aprender las enseñanzas contenidas en el cine de Nieves Conde, de Rafael Gil, de Sáez de Heredia, de Juan de Orduña. Vivir en el imperio hacia dios y menos en la esperanza de saber. Diez años para construir este nuevo Escorial que no alberga tumba alguna, como no sea la de la representación del fín del humanismo, la del saber intuitivo, la de libertad dirigida a la lógica de que cada individuo sea libre para pensar por si mismo sin dogmas.

Guillermo G. Peydró.
Guillermo G. Peydró.

Ese patio y esa iglesia elíptica que, vagamente, recuerdan de manera remota, el perfil del patio de La Sapienza de Roma, se destinaron a hablar de reconquistas, de españoles sacrificados siempre vigilantes en una guerra que nunca podrá acabar mientras exista Rusia, mientras la mina se siga nutriendo de gentes que no se cansen de reivindicar y pedir más y más. Capital y religión unidos para ayudar al régimen y ofrecerle la primera promoción en 1960, 1.000 alumnos destinados a abandonar a la clase obrera, aunque ésta sean sus padres, olvidar el origen mediante la tentación de un piso, un coche, unas vacaciones. Pero dentro del control pueden infiltrarse elementos libres, aquellos que vean una película y plasmen lo que han entendido en las páginas de un periódico colegial que habrá que supervisar mejor, que vean en «El vuelo del globo rojo» un acto de libertad propio desconectado del dinero, y por ello habrá que apelar a la responsabilidad moral del cine, eliminar aquél destinado a extirpar la dignidad del hombre y del cristiano, es decir, el contrario a los intereses de la clase dirigente. Los creadores de esta mole, de la universidad laboral, acertaron, supieron que en la enseñanza pública estaba el campo de batalla de la sociedad del futuro. 50 años después no hemos conseguido liberar a la educación del dogma, y dificilmente lo veremos. Conseguida la eliminación de cualquier resquicio de conciencia de clase, sólo podemos asistir, poco a poco, y con voracidad incesante, al retorno de lo peor de aquel sistema. Fuentes de adoctrinamiento no faltan, ahora más cercanas a fomentar la parálisis cerebral que a evitar el pensamiento libre. Ya no queremos ciudadanos que piensen como el poder, queremos ciudadanos que no piensen, de la ciudad del trabajo podemos pasar en cualquier momento, a la imposición de la ciudad de dios, sea éste cualquiera de los monoteístas o de los politeistas, para eso no hay impedimento. Mientras, la educación, la cultura, el saber, se irán convirtiendo en espectáculo y en entretenimiento. Basta con ver esta maravillosa recreación de un edificio en imágenes y lo que supuso en su momento.

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