Uno de los fenómenos sociales a los que estoy asistiendo en esta campaña electoral es esa “decepción preventiva” que consiste en la proliferación de “videntes” que advierten, con incontestable firmeza, del engaño inexorable al que están condenados los que apuestan por nuevas caras y nuevas políticas.

Te hablan desde la atalaya de su enorme experiencia de “cornudos” a los que años, décadas de engaños y decepciones han conducido a un escepticismo incurable. Yo no voy a cuestionar sus motivaciones, es más, estoy convencido de que sus razones son más que fundamentadas. Lo único que me llama la atención es por un lado la falta de coherencia al seguir confiando en quién sistemáticamente les engaña y por otro la falta de consciencia en cuanto a que quién les ha venido engañando durante décadas no es una diversidad de opciones sino una sola opción. Quiero decir que podría entender que después de numerosos desengaños con diferentes opciones se desconfíe de una opción nueva, pero me cuesta comprender que el desengaño reiterado con una sola opción te lleve a tal seguridad en la desconfianza a una nueva opción.

Con esto no quiero decir que las nuevas opciones estén libres de decepcionarnos, tan solo pretendo recalcar el hecho de que son “nuevas” y que por lo tanto no podemos (de momento) cargarlas con el muerto de la decepción. Ese muerto (de momento) es patrimonio exclusivo de las “viejas” opciones.

Para mi lo importante en estos momentos es distinguir entre lo viejo y decepcionante y lo nuevo e ilusionante. Entiendo que a todos esos millones de personas a quienes lo viejo ha tratado como ilusos durante décadas la palabra ilusionante les provoque cierta condescendencia o incluso accesos de sorna. Ocurre sin embargo que una cosa es ser un iluso y otra tener ilusiones. Iluso es el que se deja engañar de manera obvia o incluso reiterada. Tener ilusiones es confiar en que las cosas pueden cambiar y mejorar. Sin ilusión no se hubiese abolido la esclavitud o no se hubiese conseguido el sufragio femenino. Los grandes avances de la humanidad los ha alimentado la ilusión por cambiar, la ilusión por crear un mundo mejor y más justo.

¡La ilusión! el mejor remedio contra la “decepción preventiva”. Yo al menos pienso ponerla en mi voto.

 

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