El dinero y los intereses son oportunistas. Se acomodan fácilmente al marco de la globalización (es su medio natural, sin controles) y se aprovechan de ella para hacer su revolución neoliberal, sin complejos (al mismo tiempo atizan los sentimientos y movimientos xenófobos: su paraíso no es para todos y tiene reservado el derecho de admisión), pero la izquierda política, que debe defender ideales y principios, está demasiado despistada en este escenario. No faltan intelectuales atentos cuyos análisis podrían servirle de orientación; pero no los escucha y sigue anclada en viejos y apolillados clichés, sin capacidad de entusiasmar.

Es en ese vacío en el que se explica el auge de Podemos; La gente que añora un mundo diferente está deseosa de engancharse a nuevas ofertas. Pero no es una tarea para aprendices de brujo. No basta con un proyecto a la contra (es muy fácil ser crítico con el statu quo); ni el manejo hábil de las nuevas herramientas de propaganda para intentar captar a todos los desengañados, cabreados y marginados; ni medidas de aluvión improvisadas sobre la marcha, rebañando la salsa de todos los platos. Todo eso puede rendir un éxito momentáneo, pero es una burbuja insustancial que termina por explotar.

No sé quiénes conseguirán fertilizar este espacio yermo y dar forma al ideal de un mundo más humano cuando es más necesario que nunca, en este nuevo tiempo en el que ya están globalizados los intereses, los conflictos y los problemas, en el que chocan conflictivamente todas las placas tectónicas y afloran todos los desequilibrios, en especial los generados por un sistema económico y productivo radicalmente inicuo, incompatible con la preservación del ecosistema global, que vomita masas de expatriados que no encuentran una Tierra Prometida. Para hacer frente a semejante leviatán no bastan los parches y las políticas compasivas. Lo que sobre todo se necesita es un programa positivo y consistente, atento, como se decía antes, a los signos de los tiempos, un nuevo modelo económico, productivo y de reparto del trabajo y de los beneficios respetuoso con el entorno y capaz de ofrecer una vida honorable y oportunidades de desarrollo personal al conjunto de los seres humanos. Y una nueva ética a la altura de los nuevos retos. Este es el verdadero campo de juego global, al que deben adaptarse también las políticas locales.

Estoy hablando, por supuesto, de utopía. La izquierda no es nada si no es utópica. No digo “ingenua”, sino utópica. La utopía está siempre lejos, en el horizonte, pero es el faro que debe guiar el rumbo. Lo diré de otro modo: ahora está de moda hablar de relato; un proyecto consistente necesita un relato. Pero los actores políticos están demasiado enfrascados en pequeñas cuitas. La izquierda política ofrece hoy mensajes fragmentados e inconexos al gusto de cada cual, de cada colectivo agraviado, pero carece de un relato.

Aterrizo: Podemos (no diré ya “Unidos Podemos”, porque los “Unidos” están ahora a punto de asfixia por el abrazo de oso de su socio) ha hecho una llamada a todos los huérfanos del sistema dispuestos a seguir a quien les ofrezca esperanza; pero le sigue faltando un auténtico relato; le sobran gestos y poses optimistas y le falta utopía, y ojalá me equivoque, pero puede terminar produciendo un nuevo desencanto (ya ha empezado a hacerlo: no busquen escusas para los votos perdidos en las últimas elecciones); temo que, al final, el experimento se les vaya de las manos y, tras demoler la vieja casona de la izquierda, los inquilinos se queden a la intemperie, más huérfanos que antes. Pero entonces uno mira alarmado alrededor y se pregunta: ¿dónde están los sabios, los auténticos brujos?

(CONTINUARÁ…)

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