Que a los políticos de nuestro país, a todos, les falta un hervor y un curso completo e intensivo de educación para la ciudadanía no parece que necesite mucha explicación porque está a la vista de todos los españolitos de a pie. El descredito de la representatividad es un hecho que debería de combatirse desde todos los frentes: reforma de las instituciones y de sus reglamentos, reforma de la actividad de los políticos, reforma del sistema electoral. ¿Representa el Parlamento a la opinión pública, esto es, a la pluralidad de opiniones propia de la democracia? ¿O la representan mejor los periódicos y las televisiones? ¿O más bien no la representa nadie? La profesionalización de la política ha hecho de las instituciones públicas cotos cerrados. El parlamento español es una casa sin ventanas. Deben cambiar el lenguaje y la disponibilidad de los políticos

La política es el arte del buen gobierno, el cual se mide, en estos momentos, tanto por la capacidad de superar la recesión económica como por la de subsanar el descrédito que padece la gestión política. Ambas crisis- la política y la económica- han puesto a nuestro país en los peores niveles de calidad democrática. La política debe acceder a descender de sus alturas, a dejar de ser un coto cerrado, a prescindir de muchas de sus liturgias y acercarse a la vida terrenal. La política debe democratizarse, ponerse al servicio de lo cotidiano, acercarla a lo que en realidad preocupa a la gente, que no es la estrategia del partido, ni el partido mismo, ni sus cabeza de lista. La gobernabilidad posee dos cualidades: la eficacia y la legitimidad. Un gobierno eficaz es un gobierno capaz de tomar decisiones que satisfagan las expectativas de los gobernados. Un gobierno legitimo es el que ha accedido al poder democráticamente y realiza su gestión sin abdicar de la democracia. ¿Son compatibles eficacia y democracia? Aparentemente, no mucho, puesto que la democracia ralentiza los procesos de decisión y obliga a buscar consensos poco operativos. Sin embargo, economistas de gran prestigio en todo el mundo no dudan en unir la democracia con el desarrollo económico y la capacidad de un gobierno que tiene como objetivo los intereses generales, pero sabe, al mismo tiempo, que nadie monopoliza el conocimiento de esos intereses. Legitimidad equivale pues a democracia: un gobierno es tanto más legítimo cuanto mayor es la calidad que imprime a su democracia.

Dar un impulso democrático a la política es, pues, un objetivo tan imprescindible e inaplazable como la recuperación económica. Uno y otro fin deben complementarse si lo que se busca es una gobernabilidad democráticamente aceptable. No habrá recuperación económica eficaz y satisfactoria sin una amplia cooperación y un trabajado consenso en el que participen todos los sectores políticos y sociales. No nos engañemos, la democracia no es agradecida. Ningún pensador lúcido que haya teorizado sobre ella ha dejado de advertirlo, desde Tocqueville a Daniel Bell. Tanto la estructura como el proceso democrático se caracterizan por su constante sumisión a la autocritica y a la autorevisión. No tendría sentido la democracia donde no hubiera pluralismo, y el pluralismo significa diversidad de puntos de vista, modelos distintos de hacer política. Algo que hace que la necesidad de pactar y consensuar no sea un camino de rosas. Una de las enfermedades de nuestra democracia es que el juego político ha estereotipado las funciones de sus actores: cada cual representa el papel que en el gran teatro de la política, le corresponde, sin flexibilidad ninguna para responder a las distintas provocaciones. La oposición sistemática, la enmienda a la totalidad de lo que el adversario dice o propone únicamente porque es el adversario o porque no se le ha ocurrido a uno mismo, no es un signo ni de inteligencia ni de capacidad de razonamiento: es, sencillamente, atenerse a una norma de funcionamiento rígida, fácil y estática. Hay ejemplos contundentes: La oposición del PP en el Ayuntamiento de Valladolid es un buen ejemplo de que la voluntad expresa de no cooperación, no significa el ejercicio del control y de la crítica.

No es peligrosa ni insana la debilidad democrática que proviene del control y la crítica constructiva. De la critica que no se limita a destruir. La critica que piensa en el bien del país y no solo en demoler a su oponente. Que esa crítica afecte a la estabilidad de los gobiernos, no significa que deslegitime el sistema. Estabilidad y legitimidad son cosas distintas: la primera puede hacer al país gobernable pero no siempre por los medios más justos o más legítimos, que es a lo que en realidad debe aspiras un régimen democrático. Pero si el equilibrio inestable no es un peligro para el buen gobierno, si lo son, en cambio, la oposición hooligan del señor Enríquez y el señor Bermejo, que no solo desestabilizan sino que amenazan con socavar la democracia, como ha ocurrido en los últimos 20 años de gobierno municipal, porque no creen en ella aunque se aprovechen de sus beneficios. Pero también es peligrosa la aceptación de las imperfecciones y desvíos del Ministro del Interior como algo inevitable. La desgana y la atonía no hacen sino privar de sentido a un sistema, que por definición, debe contar con la participación de todos.

A la política le corresponde tomar decisiones y ofrecer cauces que den cuerpo a la igualdad política, estimular la participación y movilizar al ciudadano sin manipularlo. Para ello es necesario identificar los signos más visibles de nuestra debilidad democrática. En especial de esa debilidad que acentúa la distancia y desprestigio de la política y que la amenaza con convertirla en un formalismo sin sustancia ni credibilidad, como ya hemos podido comprobar en este país. Uno de esos signos es la política arrogante que no acaba de dar ejemplo de lo que debería ser: un servicio al ciudadano. Aunque los políticos sean los encargados de gestionar y conducir los asuntos públicos, en una democracia el interés común no es patrimonio de nadie. La política, o la gobernabilidad, es necesaria para hacer frente a problemas y ocuparse de intereses que no son privativos de un sector sino de todos. Determinar esos problemas y localizar esos intereses no es función exclusiva de un gobierno o de unos políticos. La política democrática ha de contar con la ayuda del conjunto de la sociedad y solicitarla de continuo. Esa es una de las virtualidades que la legítima. Por eso, además de por la corrupción genética que corre por las venas del PP, el Gobierno de rodillo del Rajoy no tiene legitimidad democrática, y menos aun su gobierno en funciones.

Otro signo elocuente que nos caracteriza es la de tener una democracia desorganizada socialmente, debido a la ausencia, contradicción o incongruencia de sus normas, lo que la convierte en una democracia sin sentido e intereses comunes. Esto es lo que tenemos: una herencia no parca en ideas, pero ninguna doctrina que nos marque el futuro. No sabemos cuál será el futuro, pero si sabemos que la Ilustración nos ha dejado las libertades individuales, por un lado, y la igualdad y la solidaridad para que esas libertades lo sean realmente para todos y no solo para unos cuantos. Esos ideales son los que deberían dar sentido y unidad a la democracia. Deberían servir para aunar voluntades en torno a unos intereses y problemas comunes. Hay que acabar con la sacralización del estado. La megalomanía debe ceder a un Estado más modesto, mas conocedor de sus límites, que debe de contar más con la sociedad, porque esa es su única razón de ser

¿Qué significa una política más modesta, menos arrogante, y con una voluntad de servicio más explícita? Significa enmendar la plana a Maquiavelo, y reconocer que el engaño nunca es bueno, ni siquiera cuando asegura el poder del príncipe. El buen político de un Estado democrático es el que dice lo que hace y por qué lo hace, no oculta lo que no sabe y, además, está dispuesto a escuchar. No engañar y escuchar no suelen ser habilidades que la gente atribuya a los políticos en nuestro país. Más bien se les supone lo contrario. Engañar en política no es lo mismo que mentir. Se engaña cuando la información que uno espera no llega, es escasa o insuficiente, cuando no se sabe rectificar a tiempo, incluso cuando no se dan a conocer las propias dudas. Al fin y al cabo la democracia se asienta en el dialogo porque, insisto, nadie es omnisciente. Y Rajoy menos que nadie. La política es deliberación.

Sin duda la política que sepa actuar con transparencia y sin engaño y abrirse a la sociedad será una política valiente. Y este es el mejor atributo de una política modesta: la valentía. Valentía para emprender políticas cuando así lo demanda el interés común de la sociedad que siempre es el interés de los menos favorecidos. El fin de un gobierno no es complacer a todos, ni siquiera complacer a los propios electores, sino llevar a la sociedad por una vía constructiva. Y en este punto es importante subrayar que el ciudadano debe acostumbrarse, como el político, a querer no solo lo que le conviene a él individualmente, sino lo que es bueno y constructivo para toda la sociedad. Una forma de enseñarle a pensar así es no haciendo mera política electoralista, una política sin otro norte que conseguir estos o aquellos votos. Hay que democratizar la política, y eso significa que todas esas señoras y señores que hoy se sientan en el Parlamento español empiecen de una puta vez a pensar en los ciudadanos de este país.

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