Huyo de los «-ismos» pero muchas veces me alcanzan. Sobre todo cuando mirando a tu alrededor encuentras lo que muchos sólo buscan en la lejanía. La razón de ser de este artículo, en la que la calidad cierta de la película influye sobremanera, no deja de ser una reivindicación del localismo cultural, y no por apoyar sin sentido lo más próximo, sino para intentar demostrar que lo de aquí es tan bueno como lo de más allá. El panorama cinematográfico de Valladolid tiende a desolador por más que exista un festival de cine anual y a la espera de iniciativas muy arriesgadas y que celebro, como el Creative Commons, pero que, hasta ahora, no han generado la suficiente ósmosis como para que sus efectos se proyecten más allá de las fechas festivaleras, y para ello no hay más que echar un simple vistazo a la cartelera comercial, donde predomina el subproducto cultural, y preguntar a los exhibidores cuántos espectadores asisten a las películas más arriesgadas. Las razones por las que el público español da la espalda a la obra de arte arriesgada y desprecia el cine español son múltiples y muchas muy evidentes, la primera que España es un país inculto y que se jacta de ello, todas las demás son consecuencia ineludible de la primera. En este ambiente desértico no es de extrañar que a la ciudad los nombres de Daniel Villamediana y Alberto Morais les resulten desconocidos, más grave es que a los gestores culturales les haya pasado lo mismo durante años. Son dos directores nacidos en Valladolid que, obviamente, no viven en una ciudad tan hostil para el cine como ésta. Aprovechando que el festival de Montreal en la sección oficial a concurso el día 30 de agosto proyecta «La madre», no está de más recordar que en 2011 ganó el festival de Moscú, un festival de categoría A, y que, por ejemplo, desde 2007 ninguna de sus películas ni las de Daniel han venido al festival de Valladolid, y lo que es más penoso, ninguna se ha exhibido en la ciudad en salas comerciales desde «Las olas» del año 2011 en el caso de Alberto y «La vida sublime», igualmente de 2011, en el de Daniel. No se qué son conceptos como «retornos de un festival», pero si se valorar los desprecios culturales y éste es significativo en una ciudad de tamaño mediano como Valladolid.

FICHA

Duración: 89 min.

Reparto: Javier Mendo (Miguel), Laia Marull (Carmen), Ovidiu Crisan (Bogdan), Nieve de Medina (María), Alexandru Stanciu (Andrei).

Director: Alberto Morais.

Guión: Alberto Morais, Verónica García, Ignacio Gutiérrez Solana.

Fotografía: Diego Dussuel.

Director de Arte: Vicente Mateu. Música: Vincent Barriére y Xema Fuertes.

Productores: Paolo Branco, Verónica García, Alberto Morais.

Producido por: Olivo Films, Fundatia Teatru Contemporan y Alfama Films.

Premiére: Festival de Montreal 2016. 30 de agosto.

«La madre» mantiene bastante de la estética de «Los chicos del puerto», la anterior película de Alberto, incluso de manera inconsciente este espectador, al visionar la historia, establece puntos de conexión espaciales y de personajes (las calles, los descampados, las familias ausentes, los bares a la búsqueda de adultos, el camarero comprensivo) entre aquellos tres chicos que deambulaban por irreconocibles espacios de los arrabales de Valencia y este Miguel obligado a dejar la capital para refugiarse en un pueblo de los alrededores de la capital en un entorno hostil que le oprime constantemente pero frente al que reacciona como un animal herido no dispuesto a dejarse convencer ni domar. También la impronta de la primera película de Alberto, la superlativa «Un lugar en el cine», se aprecia en estos jóvenes, los desheredados de De Sica, los adolescentes de Pasolini, el neorrealismo de la nueva pobreza de la España desindustrializada y transformada en país de servicios, la España que expulsa a sus universitarios y sólo necesita mano de obra barata, a ser posible con varias carreras para vender ropa en una tienda. Porque en el cine de Alberto hay historias concretas e íntimas, pero el entorno vital de los personajes no oculta la degradación progresiva de nuestras ciudades, nuestras familias, nuestros trabajos, nuestros sueldos, nuestros derechos. Es la historia de un niño del que no se ocupa quien debe, pero es la fotografía de un país ruinoso en el que ese muchacho termina pidiendo ayuda a un inmigrante.

Alberto Morais.
Alberto Morais.

Esa madre del título es la que precisamente está ausente, interpretada por Laia Marull, sin referencia alguna sobre quien puede ser su padre, el personaje de Miguel crece con un objetivo, sobrevivir y evitar, como sea, regresar a un centro de menores por su situación de desamparo. Consciente, y asumiendo, que no puede esperar nada de un adulto egoista y que tiende a olvidarse de un hijo que sólo es una carga más que soportar, Miguel se convierte en sobreviviente, acepta los bocadillos que sus amigos no comen en el colegio, vende pañuelos en semáforos, asume una economía de subsistencia para comprar un par de cosas a diario que le permitan llenar el estómago sin saber realmente qué es lo que hace más que no morir de hambre. Miguel se autoengaña en la idea que se forma de los personajes, quiere una madre pero la que tiene no le sirve, o no le sirve mientras tenga que depender de que ella decida ejercer como tal o no, por eso cuando ella quiere tener un gesto cariñoso o de cuidado con su hijo, éste se revuelve, o incluso reacciona con violencia. No quiere gestos puntuales producto de un momento de reflexión, quiere una madre todos los días y no a ratos, una madre «de verdad» y no un mero nombre en el libro de familia. Incluso en situaciones de emergencia social como la presente, los servicios sociales saturados funcionan razonablemente. En ese momento la película toma un giro de aventura, de huida, de ocultamiento. Policía y asistentes sociales entran en acción intentando que ese menor vuelva a ser un menor y no un adulto anticipado preocupado por su supervivencia diaria.

Cartel de la película.
Cartel de la película.

En el segundo segmento de la película, Miguel encuentra una madre, pero no tanto para él, sino un hijo para esa mujer madura, sin referentes vitales, que ve en el muchacho alguien a quien ayudar en defecto del verdadero hijo que no ha tenido. Mujer y muchacho se reconocen como lo que no son pero podrían haber sido si la genética se hubiera mezclado de otra forma. Persistente e inquebrantable, consigue ser recogido por un antiguo amante de su madre, un rumano de nombre Bogdan y su hijo. Esta parte de la película quizás sea la más árida del conjunto no por lo que aporta, ya que es necesaria para la evolución del menor, sino por su prolongación y la indefinición del personaje de María, la dueña del bar, de los cuatro personajes principales de la historia el más esquemático y peor perfilado, ya que funciona como estereotipo, como un referente visual para Miguel de lo que debería haber sido su madre, esa madre a la que no localiza por teléfono, que no se preocupa por él mientras permanece con Bogdan, que nunca tiene una palabra de cariño, o la expresión de un afecto hacia él, sentimiento que termina convirtiéndose en recíproco y que en las pocas ocasiones que conversan por teléfono se traduce en «soy Miguel», y nunca en un «soy tu hijo, o soy yo». La situación de esta parte central de la historia remite, en una concepción circular, a la historia que Bogdan termina confesando al menor, un comportamiento que Miguel no dudará en repetir a las primeras de cambio con la excusa de volver con su madre. Miguel necesita liberar periódicamente su rabia para no explotar interiormente, aun cuando sea consciente de que no hay motivos, de que carece de razones comprensibles, la ausencia de madre la rellena con exceso de odio y de rencor, incluso hacia los desconocidos. Una última lectura del guión o algún corte en la fase de montaje hubiera mejorado hacia el sobresaliente todo el conjunto, que no se resiente por este pequeño exceso, pero como todo, es discutible y no deja de ser una interpretación personal tras volver a ver la película y comprobar que entra en el mismo declive en la misma zona para remontar muy bien a partir de la última escena entre el joven y Nieve de Medina (María).

Decidido a volver con esa madre ausente, el retorno a casa es la constatación de un engaño y una decepción mayor, la prueba definitiva de que ha vivido engañándose con la esperanza de que todo era consecuencia de una mala racha, de una ausencia de trabajo y de dinero en su madre. Quizás sea entonces cuando Miguel se da cuenta de sus errores, que atacar a quien te ayuda o robar a quien te protege no es un buen camino para solucionar sus vacíos, que sólo hay un culpable y un entorno que, sin obligación, ha querido ayudarle a salir del paso, sin el cariño ni el amor que se supone todo niño ha de recibir, pero sin culpas por la situación personal del muchacho. En la mirada de Miguel se concentra la desilusión por una vida muy diferente a la de sus compañeros de colegio, y el temor constante de ser sorprendido por la policía sin tiempo para reaccionar y refugiarse en casa, de donde sabe que no es tan fácil ser llevado hasta el centro de menores. Cuando se llega a esa conclusión, Miguel debe valorar el mal menor, asumir una realidad muy diferente de la que él quisiera y abandonar toda esperanza para intentar encontrar otra distinta sin su madre. El reconocimiento a sus errores se recoge en el abandono del dinero que María le ha dejado sustraer, abandonando el dinero pone un punto y seguido y establece una barrera entre el antes y el después. Miguel ha sido como esos perros abandonados que, una y otra vez, buscan a sus dueños y regresan a una casa que se les abre por obligación hasta la próxima expulsión. Apaleado, sin cuidado, despreciado, el perro, por lealtad, vuelve con ese dueño. Miguel deja de ser un perro buscando a su dueño para convertirse en un perro a la busca de algo diferente, y mientras va a dejarse cuidar aún sin afecto pero por nuevos dueños obligados por su trabajo a ello. Lo importante es asegurar lo básico comprobado que todo lo demás está perdido, cuando desaparezcan los barrotes en sus ventanas habrá recuperado una libertad limitada, pero vivir en permanente búsqueda de una madre tampoco te permite vivir libre.

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