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Bélgica, 2016.

Título original: L’economie du couple.

Director: Joachim Lafosse.

Guion: Fanny Burdino, Joachim Lafosse, Mazarine Pingeot, Thomas van Zuylen.

Productoras: Les Films du Worso / Versus Production.

Presentación oficial: Festival de Cannes.

Montaje: Yann Dedet.

Diseño de producción: Olivier Radot.

Diseño de vestuario: Pascaline Chavanne.

Fotografía: Jean-François Hensgens.

Reparto: Bérénice Bejo, Marthe Keller, Cédric Kahn.

Duración: 100 minutos

Un libro entre las manos para mantener una imagen de estar ocupada, hasta podríamos tenerle boca abajo y no nos daríamos cuenta, pasamos página pero nuestros sentidos están atentos a todo lo que ocurre alrededor y no progresamos en la lectura. Casi apostaría que durante toda la película Marie (Berenice Béjo) sostiene entre sus manos el mismo libro, una barrera física para marcar el espacio que separe su cuerpo del de Boris (Cedric Kahn), su expareja, pero que continua habitando en la misma casa pese a que la relación ha terminado. Falta la firma, certificar ante los demás el reparto, fijar negro sobre blanco horarios, días, vacaciones. No es un exceso de educación y respeto la que mantiene la convivencia en los espacios comunes de la casa, una habitación propia para cada uno de ellos y el contacto constante con las dos hijas de la pareja, es el dinero, exclusivamente, o su falta, la que obliga a ambos a permanecer juntos pero separados a la espera de una negociación mutua que no progresa, encastillado cada personaje en su verdad.

Lafosse construye su obra volviendo al espacio que mejor domina, el ámbito familiar carcomido por el tiempo, superada la decepcionante “Les chevaliers blancs”, recién estrenada en España (las razones de la exhibición y distribución de películas en este país empieza a merecer el calificativo de paranormal, lo mismo ha pasado con Terence Davies), con “L,economie du couple”, título acertadísimo en su versión original francesa y anodino y convencional en su rebautizo español, disecciona el día a día, opresivo y frustrante, de una pareja no en ruinas, sino inexistente, que se empeña en mantener la convivencia por conseguir que su visión de las cosas sea admitida por el otro. 50000 € terminarán siendo el matiz diferenciador, pero por esa diferencia estarán dispuestos a hundirse emocionalmente cada día un poco más, a convertir sus vidas en un irrespirable ambiente malsano a punto de estallar, y que sólo la presencia constante de las niñas mantiene en ese necesario punto muerto que evita la aparición de la violencia física, que no verbal, llena de humillaciones y reproches que salen por la boca de quienes poco antes se han besado con deseo.

La economía, la falta de dinero para finiquitar lo común, obliga a ambos a mantener posiciones inflexibles. Seguramente el espectador será capaz de encontrar una solución muy fácil desde el principio, pero si se cae en ese punto de vista la película se desarma y no existe. La construcción de la historia, muy concreta, muy limitada, de muy poca evolución, se sostiene hecha la abstracción de la solución más fácil, que hubiera sido dejar la solución en manos de la justicia, abandonada esa idea, el conflicto sólo puede ser superado desde el acuerdo entre ambos sin intervención externa. Queriendo ser civilizados el problema se enquista, se endurece. Las razones de ambos son comprensibles, ninguno quiere abandonar el domicilio, Marie porque lo heredó de su padre y es la propietaria, Boris porque puso su trabajo en restaurar y modernizar la casa, recuperó su valor a partir de un estado de abandono y se considera con tanto derecho como ella, capital y trabajo que da lugar a una de las escenas simbólicas mejores de la película, un alegato a favor de la mano de obra como fuente generadora de riqueza, o como origen de la riqueza de unos pocos. Burguesía frente a proletariado, mujer contra hombre, el fín de una relación de muchos años que ha transformado un amor verdadero del pasado en el desprecio más absoluto, “je l,aimé vraiment, mais maintenant, je le deteste, je m,enerve tout le temps, tout m,enerve”, sin que ello impida acercamientos íntimos que revelan el agotamiento mutuo en una relación donde todo se conoce y todo se ha visto previamente.

Fotograma de la película.
Fotograma de la película.

Para conseguir esa sensación de incomodidad, Lafosse encierra a sus personajes durante toda la película en la casa. Espacios comunes frente a habitaciones privativas. Personas que se cruzan y se encuentran constantemente pese a las reglas establecidas para evitar el contacto, un silencio real entre quienes no tienen nada que decirse y mantienen un simulacro de respeto para dar tranquilidad a las menores, un ambiente en el que ambos sienten que su intimidad ha desaparecido, que sólo aguantan y resisten hasta que uno de los dos ceda y acepte las condiciones del otro. Una guerra silenciosa mantenida con la fortaleza mental como arma, una guerra en la que es más hábil Boris que Marie, o en la que Marie siente que está siendo injustamente maltratada, cuestionada por su madre, comprometida delante de sus amistades, recriminada por las hijas, es el lado débil de la negociación porque sabe que no puede seguir adelante sin esa casa familiar. Quizás en ese cara a cara, Lafosse no sea neutral, el personaje de Marie termina siendo dibujado más amablemente que Boris, más cercano, menos interesado, más pendiente del día a día de una casa que ella paga en su totalidad con su trabajo, mientras, Boris hace “poli bueno” con las hijas, sin trabajo, con deudas pendientes y una permanente voluntad de molestar para que Marie ceda.

Tan solo dos escenas rompen las cuatro paredes y se desarrollarán fuera de la cárcel en la que ambos adultos se han encerrado voluntariamente por dinero, una con un estupendo fuera de campo que ocurre en una habitación de hospital y otra en una terraza de un bar, calmadas las aguas, a punto de cerrar una dolorosa herida ocasionada solo por el dinero inexistente o insuficiente para que cada uno rehaga su vida, un cambio radical de comportamiento, la relajación de un espacio neutro donde ambos pierden la tensión y sonríen antes de quedar inmóviles y con la mirada fija en ningún punto, mientras la notaria lee las estipulaciones que ponen fin a una relación de manera oficial, pero que ya estaba concluida mucho antes. Una película que incide sobre la crisis de pareja cuando ya no hay vuelta atrás, que probablemente añade muy poco a un tema muy visto y que, además, lo sustancia desde el punto de vista de un objetivo completamente prosaico, retrata que es precisamente el dinero lo que mantiene unidas parejas que han saltado por los aires mucho antes. Es cine de Lafosse y no sorprende, tampoco molesta, no emociona pero tampoco aburre, no es mal cine pero tampoco es gran cine. Nadie podrá decir que no le gusta la música de Chopin, pero el uso y abuso termina sobreponiendo la misma a la historia, es un poco lo que ocurre en esta película, que de mínima historia está a un paso de transformarse en grandilocuente, aunque siempre solventa las situaciones sin recurrir al sentimentalismo y el melodrama barato, cierta elegancia y estilo visual que permite ver la película desde la frialdad de una butaca sin sufrir con los personajes porque el sufrimiento de estos depende simplemente de unos miles de euros.

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