Ahora que los españoles hemos sido forzados a sustituir nuestra saludable dieta mediterránea por un empacho proteico de campañas electorales, me viene a la memoria un singular episodio que tuvo lugar allá por los años 60, cuando la protesta era algo tan común como el respirar. Estábamos en 1964, con Lyndon Johnson y Barry Goldwater disputándose el sillón presidencial en un momento particularmente convulso de la historia estadounidense: conflictos raciales, Vietnam, revueltas y cambios sociales de la mano de la irrupción de toda una generación de jóvenes contestatarios... Todo un caramelo envenenado para el futuro Mr President, al que más que cantarle japiberdis rubias contoneantes le iban a llover hostiles consignas revolucionarias e himnos pacifistas por doquier. En medio de ese panorama poco propicio para advenedizos o pusilánimes, los norteamericanos de a pié (o sea, la inmensa mayoría) se veían una vez más en la disyuntiva de elegir entre lo malo y lo peor, un dilema al que se han tenido que enfrentar más de una vez.

Es verdad que en USA cualquiera puede llegar a ser presidente: basta con tener un montón de pasta, el apoyo de importantes sectores políticos y financieros y una lustrosa primera dama, todo más o menos por este orden. Los intentos de abrir vías de agua en este estado de las cosas a través de candidaturas alternativas, terceras corrientes o iniciativas populares de todo tipo han estado siempre condenados al fracaso, porque allí o eres burro o elefante, demócrata o republicano, azul o colorao. Aunque la aparición de aspirantes presidenciales al margen de los dos grandes partidos (ejemplo ad hoc de empresas de gestión de voto electoral) haya podido despertar simpatía en un sector del electorado aburrido de tener que optar siempre entre lo mismo, al final las urnas y el rodillo de los aparatichik acaban confirmando, como en una especie de ritual masoquista colectivo, el mismo esquema bicéfalo de siempre: elefante o burro, burro o elefante.

Uno de los intentos por romper esta dinámica lo protagonizó un músico de jazz: Dizzy Gillespie. Ese mismo, el de los mofletes inflados y la trompeta modificada mirando al Naranco de Bulnes. Dizzy había participado junto a Charlie Parker en una de las grandes revueltas musicales del siglo: el bebop. Además, era un tipo con gran sentido del humor y todo un showman sobre el escenario. Su inconfundible goatee (barbita de chivo) y sus gafas de concha (a menudo sin cristal) formaban parte de la iconografía más característica del hipster del momento, aquellos 40. En 1964, cuando el jazz andaba también revuelto en sus propias contradicciones entre tradición e innovación, lo que había comenzado como una suerte de broma fue convirtiéndose poco a poco en todo un desafío al orden establecido de los grandes partidos: Dizzy For President. En realidad, la idea había surgido también como una estrategia para recaudar fondos para el CORE (Congreso por la igualdad racial) y otras organizaciones de derechos civiles muy activas en la época. Pero el asunto fue a más: ¿por qué un ciudadano del común sin glamour político o apoyo financiero no podía ser elegido máximo mandatario del país? Cuando a Gillespie le preguntaron por qué motivo alguien como él, músico y negro, se postulaba como presidente, se limitó a responder: “Porque necesitamos uno”.

La campaña Dizzy For President llegó a tener incluso plasmación discográfica en un album grabado en directo en el Festival de Monterey en el 63 y a contar con su propia canción oficial, Vote Dizzy (construida sobre la base del viejo éxito del bebop Salt Peanuts) cuya letra (modificada e interpretada por Jon Hendricks) incluía lindezas como ésta:

La política tendría que ser mucho más enrollada
¡Vota a Dizzy! ¡Vota a Dizzy!
Elige a un buen presidente con swing
¡Vota a Dizzy! ¡Vota a Dizzy!

En cuanto al programa electoral de la plataforma de apoyo a Dizzy sus principales puntos eran, en los grandes temas políticos, la extensión de los derechos civiles a toda la población que carecía de ellos, la salida de las tropas norteamericanas de Vietnam y el reconocimiento de la China comunista. A la hora de constituir un gobierno in pectore, Dizzy propuso a su colega trompetista Miles Davis como jefe de la CIA (carácter, desde luego, no le faltaba), y a otros conocidos músicos como ministros en el futuro e hipotético gobierno jazzista de América: al batería Max Roach se le asignó inicialmente la cartera de Defensa, pero “dado que no vamos a propiciar guerra alguna”, dijo el candidato, se le encomendaron otras funciones igualmente relevantes. Malcom X asumiría el cargo de Fiscal General, que por ironías del destino acabaría ocupando otro líder politico que, como él, terminó sus días sucumbiendo al terror de las balas: Robert Kennedy. Y a Louis Armstrong se le reservó la cartera de Agricultura, no sé si por la ascendencia sureña o por su conocida afición por la marihuana.

Otras propuestas relevantes incluían, como modo de combatir la discriminación racial laboral, que los candidatos a un puesto de trabajo pasaran la entrevistas con la cabeza cubierta por una caperuza (negra, claro) que no se quitarían hasta el caso de ser contratados. Y, dado que nos encontrábamos en plena era de la carrera espacial, se proponía enviar al menos un astronauta negro a la luna (evidentemente, que se apellidara Armstrong el primero en pisarla no puede considerarse un éxito, cuando menos parcial, al respecto).

Las chapas con la consigna Dizzy For President hoy son preciados elementos de colección. Dizzy aportó incluso algunas consignas como ésta:

Ni imaginarme puedo
el día en que vote a Lyndon B.
Pero preferiría arder en el infierno
antes que votar a Barry G.

La campaña tuvo incluso sus jefas: Jean Gleason, esposa del crítico de jazz y miembro fundador de la revista Rolling Stone, Ralph J. Gleason, y una fiel admiradora de Dizzy, Ramona Crowell. Algunas propuestas jocosas, como el cambio de denominación de la Casa Blanca (White House) por la de Blues House se unieron a otras tan directas como la de “un hombre, un voto” o la petición de incluir jueces y fiscales afroamericanos en los juicios de los estados del sur. Goldwater llegó incluso a lanzar pequeñas pullas a su inesperado y mofletudo rival, afirmando que “mi músico de jazz favorito es el trombonista Turk Murphy”, a lo que Dizzy respondió: “me alegro de no serlo yo”.

Y si alguien puede pensar que todo ésto no era poco más que chufla o cachondeo, el propio Dizzy en su autobiografía dejaba claro que también había detrás intenciones muy serias: “además de recolectar fondos para las organizaciones de derechos civiles, se trataba también de hacer piña con quienes intentaban presionar a los demócratas de cara a cambiar sus posiciones tibias en el tema de la igualdad racial, amenazándoles con quitarles votos”.

En 1964 se constituyó la John Birks Society (John Birks era el nombre real de Dizzy), que trató, sin éxito, de incluir al trompetista en las listas electorales del Estado de California, y que llegó a tener filiales en 25 estados más. No hace falta decir que, pese a todo, la candidatura no tuvo opción alguna en la contienda electoral. Dizzy volvería a intentarlo en 1972, pero al final acabó retirándose al descubrir que sus ambiciones presidenciales chocaban de lleno con las creencias Baha'i que había adoptado recientemente. Una lástima que Rajoy siga siendo católico romano.

Gillespie recuerda en su autobiografía varios de los principios más significativos de su postura política: aspirar a un gobierno mundial, garantizar el vestido y alimento para todos los habitantes del planeta, educación y sanidad públicas gratuitas y de calidad para todos... Ideas cuya realidad siguen siendo, en muchas partes del mundo y aún en los mismos Estados Unidos, una asignatura pendiente. E ideas que no cayeron del todo en saco roto: una representante por Texas, Barbara Jordan, portó con orgullo la chapa de Dizzy For President como señal de apoyo en su campaña propia, ya en tiempos de Carter y sus bananas.

Así fue como el mundo estuvo a punto de ser gobernado por las huestes del jazz. Ignoro si tal circunstancia nos hubiera llevado a una vida mejor o al desastre total, pero lo que es evidente es que las cosas iban a tener mucho más swing, que no es poco. Y, desde luego, yo hubiera cambiado a Franco por Tete Montoliu y su piano sabio sin pensarlo ni un solo segundo. Lo cual, de paso, hubiera dejado el desafío catalán del presente en una simple escaramuza sin mayor relevancia.

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