Dentro de unos años, si el país no sigue desintegrándose, los derechos escapándose entre nuestros dedos sin reaccionar; si el país no sigue adormecido y anestesiado, quizás alguien encuentre una relación directa entre cierta eclosión del cine negro en España y los años de plomo, reaccionarios y conservadores, que nos está tocando vivir. Siendo España un país de escasa tasa de delincuencia en comparación con las envidiadas sociedades avanzadas occidentales, resulta paradójico cómo la temática resulta atractiva a más no poder, cómo permite construir personajes, quizás muy esquemáticos en sus preguntas y respuestas pero enormemente eficientes desde el punto de vista del espectador, dispuesto a asumir como creíbles, planteamientos bastante chirriantes y dispuesto a tomar partido por personas que, sin ser asesinos, plantean muchas dudas morales acerca de su comportamiento fuera y dentro de sus profesiones, de ésas que suelen aparecer entre las mejor valoradas por la ciudadanía porque defienden nuestra «seguridad».

que_dios_nos_perdone-230971747-largeTítulo original: Que Dios nos perdone.

Año: 2016.

País: España.

Duración: 125 minutos.

Director: Rodrigo Sorogoyen.

Reparto: Antonio de la Torre, Roberto Álamo, Mónica López, Luis Zahera, Rocío Muñoz-Cobo, José Luis García Pérez.

Guión: Isabel Peña y Rodrigo Sorogoyen.

Producción: Mercedes Gamero, Gerardo Herrero y Mikel Lejarza.

Música: Olivier Arson.

Fotografía: Alejandro de Pablo.

Montaje: Alberto del Campo.

Dirección artística: Miguel Ángel Rebollo.

Vestuario: Paola Torres.

Productoras: Atresmedia Cine, Hernández y Fernández Producciones, Cinematográficas, Mistery Producciones y Tornasol Films.

Tenemos una pareja de policías pero no estamos ante una “buddy movie”; Roberto Álamo, desatado en su imposibilidad de controlar impulsos violentos, policía de vieja escuela que desarma al delincuente o sospechoso a fuerza de golpes o amenazas, que tanto le sirve para obtener resultados en su trabajo como para cercenar su carrera al no diferenciar situaciones y agredidos, frente a Antonio de la Torre, policía introvertido, de apariencia frágil y huidiza, con un trastorno de dicción que le invita a permanecer callado y solamente hablar para desarmar a quien no ha hecho bien su trabajo evidenciando sus errores y sus negligencias. Una pareja de policías incapaz de congeniar, caracteres tan opuestos que, de tan visto, sabemos que terminarán conectando de alguna manera al necesitarse como elementos complementarios, intentando sacar adelante una investigación compleja que ha sobrepasado a los primeros investigadores y mandos por no saber ver más allá de lo evidente. En un caluroso verano madrileño de 2011, Velarde y Alfaro, pareja prototípica de policías, racional e intuitivo uno, visceral y violento el otro, nos transmiten el olor del verano, el sudor reconcentrado de miles de peregrinos que acuden a una de esas ceremonias iniciáticas religiosas en las que un papa evidencia su poder terrenal a base de dogmas indemostrables, como buenos dogmas. Entre esa marabunta de gente esencialmente buena por ser religiosa, se mueve un asesino que cada vez precisa de más víctimas y cada menos tiempo. Con la consigna de no revelar la existencia de este psicópata asesino de ancianas solitarias para no perturbar la paz social, algo ya degradado sin necesidad de asesinos, el relato policial funciona notablemente hasta la mitad de la película, después todo entra en decadencia, en previsibilidad, en cine de muy baja altura.

Roberto Álamo en un fotograma de la película.
Roberto Álamo en un fotograma de la película.

Justo cuando Sorogoyen se cansa de sus dos protagonistas iniciales y empieza a dar protagonismo al tercer elemento sustancial del relato, el asesino, a quien se nos ha presentado ya de manera episódica y con la certidumbre de que ha de jugar algún papel posterior; la película comienza a naufragar. Del apuntado inicio de relación entre los agentes, del desarrollo psicológico del carácter de ambos, Sorogoyen se olvida y echa por tierra el trabajo anterior, recayendo en lugares comunes de cine vulgar. Partiendo de cero con el nuevo personaje para crear un prototipo de psicópata de libro, con todos los clichés, habidos y por haber, acerca del origen de su fijación homicida y violenta, apoyándose en giros de guión que transforman el relato policial en una serie de descubrimientos ocasionales por conveniencia, descubriendo al asesino de manera fortuita para introducir una escena de persecución con innumerables extras, trasladando lo inverosimil a un relato que venía funcionando con solvencia, los dos policías se diluyen en su construcción interna y el personaje del asesino queda dibujado con pinceladas estereotipadas. No es Sorogoyen un director que sepa acabar sus películas a tiempo, las estira y prolonga sin necesidad, provocando la ruptura del ritmo interno de una historia bien planteada pero muy mal desarrollada y peor resuelta, donde los fantasmas que empezaban a vislumbrarse en los dos policías, son aparcados en favor de un criminal que resta trascendencia a las notables taras emocionales de los agentes, sin llegar a convencer en el desarrollo psicótico del «malo» de la película.

Fotograma de la película de Rodrigo Sorogoyen.
Fotograma de la película de Rodrigo Sorogoyen.

Lo que podía haber sido un solvente policial con incisiones sociales lacerantes alrededor de las nuevas clases populares de la presente crisis económica, se transforma en un previsible relato de crimen sin, o con, castigo. Una caza al hombre alejada de referentes fílmicos y transustanciada en serial televisivo del que el director es experto. Si en su anterior “Stockholm”, la trama venía precedida de una necesaria complicidad del espectador aceptando, porque si, situaciones medio imposibles, alargando innecesariamente el relato hasta desvanecerlo en un drama generacional de jóvenes sin escrúpulos y almas cándidas, aquí se desaprovecha un material de primera que podía incidir en lo que más molesta al espectador y al poder, trucando la historia a un relato de perdedores aislados de su realidad social, alargando el clímax hasta que éste se hace innecesario y recurrente. Una buena propuesta echada a perder por el guión y su director. La sombra de Antena Tres suele alargarse tanto que impide ver la luz cinematográfica.

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