Confieso que la noche del 8 al 9 de noviembre fue larga: sospechábamos que algo inesperado e indeseado podía ocurrir en Estados Unidos, porque los pronósticos de las encuestas eran tan inciertos y lábiles que hacían temer lo peor. A las cuatro de la madrugada se hablaba mucho de Donald Trump en la radio y se podía sospechar el resultado final, un resultado que podía contradecir, como sucedió con el Brexit en Reino Unido o con el sorpasso de Unidos Podemos sobre el PSOE en las elecciones generales últimas, los sondeos de opinión. Durante esa noche me acordé de Andy Warhol y me venía a la memoria su idea de que el arte como negocio es el paso que viene después del arte, de que a él, que comenzó siendo un artista comercial, le gustaría acabar como un artista negociante, y aquella otra idea, tan significativa y tan aplicable a la política americana, que decía que comprar es más americano que pensar.

La política se ha banalizado tanto o más que la literatura o el arte; en ella ya no tiene interés el discurso ideológico, ni siquiera el programa electoral o de gobierno. Su discurso se reduce a eslóganes y frases demagógicas, que ocultan las intenciones de los candidatos y les dejan las manos libres para administrar los tiempos y las decisiones a su conveniencia. Pero cuanto pensamos y hacemos tiene sus consecuencias, y la banalización de la vida no queda al margen de ellas. La banalización ignora, si no desprecia, los valores de la democracia y socava sus cimientos. En un marco de vacuidad moral, la política se convierte en un teatro aburrido para quienes solamente se consideran espectadores de ella, aunque decidan con su voto o su abstención y se rebelen contra quienes la viven como parte sustancial de la vida humana, y en instrumento de poder para quienes son o aspiran a ser dirigentes de la sociedad y aprovechan para ello el vacío moral, ideológico y crítico de los ciudadanos y de la sociedad en general. Todos ellos, quienes se aburren y quienes quieren trepar hasta el trono de su ciudad o de la nación sin otra razón que ostentar el poder, desde la función actoral que encarnan, son verdugos de la democracia, de las personas y de los derechos humanos. Olvidada la dignidad humana, emerge como certeza invasora la idea del “[…] tienes más, puedes más. Cualquiera se enriquece y triunfa […] Cualquiera se uniforma y triunfa […]” (Fermín Herrero, El tiempo de los usureros). Aunque pueda parecer extraño, “en la civilización del espectáculo, el cómico es el rey” (M Vargas Llosa, La civilización del espectáculo).

A estas horas, tres días después de la elección de Donald Trump, puedo no entender al triunfador, pero ni entiendo ni comprendo a quienes han refrendado, con su voto, el racismo, la xenofobia y el machismo, han aceptado -o no se han percatado de- su constante y burda manipulación ideológica y han comulgado con el simplismo, la superficialidad y la demagogia de un candidato, ahora ya presidente electo, que puede hacer pasar a George W. Bush como un intelectual y hasta como una persona prudente. Esperemos que este hombre atrabiliario, impulsivo, orgulloso, soberbio, engreído, arrogante y fatuo no nos amargue la existencia hasta dejar para la historia una amargura evitable y el dolor de la humanidad como recuerdo.

En este tiempo de preocupación, en este sueño del que no acabo de despertar regresan a mi memoria aquellos versos de Dámaso Alonso que dicen: “¿Pero es que no escucháis, es que no veis / cómo el fango salpica / los últimos luceros putrefactos? / ¿No escucháis el torrente de la sangre? / ¡Y esas luces moradas, / esos lirios de muerte, que galopan / sobre los duros hilos de los vientos! / […]” (Dámaso Alonso, “Raíces del odio”, en: Hijos de la ira).

Desde el día 9 de noviembre vivimos como en un sueño del que deseamos despertar para poder volver a mirar al horizonte y sonreír o, al menos, confiar razonablemente en que amanecerá y lucirá el sol. Pero no soñamos, aunque, como en el peor de los sueños, sentimos que la realidad nos oprime hasta dejarnos sin aliento. Y no vale lamentarse ni esperar que el tiempo pase deprisa, tan rápido como para que su huella se pierda en el olvido sin habernos herido y sin sufrir el paso de sus días. ¡Vana ilusión! Por el humo se sabe dónde está el fuego y el tufo que emana de sus palabras y de sus gestos y actitudes hace presagiar que nos esperan tiempos difíciles. En tiempo de frustración, tristeza y desesperanza emergen los sueños como paracaídas salvadores; en ellos deseamos que la vasta noche que le espera a la humanidad solamente sea una fragancia y que todo haya sido un sueño que podamos olvidar antes del alba (Borges).

Cuanto hacemos expresa el modelo de sociedad que pensamos y queremos. Nunca sabré qué modelo de sociedad desean quienes han votado a cada uno de los candidatos, aunque puedo imaginarlo, pero puedo entender, a tenor del significado de su voto, que no rechazan la xenofobia ni el racismo, ni les provocan dolores de cabeza los comportamientos machistas, ni los populismos, ni la manipulación informativa e ideológica, ni las respuestas simples y, por consiguiente, estúpidas, dadas ante problemas graves, ni que al candidato, Trump en este caso, le haya dado igual dividir a la sociedad norteamericana y conducirla hasta el límite del enfrentamiento con tal de conseguir votos que lo llevaran a la Casa Blanca, que no les preocupe que no esté garantizado el derecho a la vida o que su líder defienda de la tortura. Con esto nos toca convivir, algo que me reafirma en la importancia que tiene un sistema educativo que nos ayude a crecer como personas; en la responsabilidad de los medios de comunicación, cuya existencia debería guiarse por la libertad, la pluralidad y la independencia reales, y en la de los políticos profesionales, cuyo discurso y modo de vida, lo quieran o no, se presenta ante los ciudadanos como un modelo a seguir.

Mientras que Penélope pudo tejer y destejer y, con ello, dilatar el cumplimiento de la promesa de casarse con uno de sus pretendientes, a la espera de que un milagro le devolviera a Ulises, nadie puede destejer el tiempo. La suerte está echada. Para orientarnos en la travesía del laberinto que nos espera mientras esté en la Casa Blanca el señor Donald Trump, no nos vale ningún otro hilo de Ariadna sino hacer valer nuestra condición de ciudadanos y, por consiguiente, de soberanos y resistir oponiéndonos a todo aquello que hiera o ponga en riesgo la democracia y sus valores, los derechos humanos y los logros históricos que han contribuido al bienestar humano y a la dignificación de las personas. Se trata de vencer el miedo a la libertad (E. Fromm) que suele ahogar nuestra vida y que ha asfixiado el progreso en valores y el bienestar de la humanidad. Se trata de saber que […] La estabilidad y la expansión ulterior de la democracia dependen de la capacidad de autogobierno por parte de los ciudadanos […]” (Gino Germani, Prefacio a la edición castellana de El miedo a la libertad de E. Fromm).

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