Ryota (Hiroshi Abe) vive suspendido de una nube que amenaza tormenta, todo se ha detenido en el momento previo al desastre definitivo, su trabajo, su ansia de ser escritor, su madre, el recuerdo de un padre jugador y lleno de deudas, una hermana que se mueve por interés personal, su matrimonio, su relación con su hijo. Para Ryota la vida se ha paralizado a la espera de que todo pueda retomarse justo después del momento en que empezó a disgustarle. Pasan los días con una obsesión fundamental, recuperar a su exmujer y reanudar su vida en familia junto con su hijo, por eso a Ryota le disgusta que le comparen con su padre, que digan que ha heredado su irresponsabilidad, su falta de compromiso, su ludopatía. Ryota quiere creer que es mejor que ese recuerdo, y también tiene que engañarse para no reconocer que, si es una copia del padre, su relación con su exmujer no puede renovarse, porque además, si se parece tanto a su padre, su hijo terminará perdiéndose en medio de esa tormenta.

Japón, 2016. 海よりもまだ深く; Umi yori mo Mada Fukaku.

Director: Hirokazu Koreeda.

Guión: Hirokazu Koreeda.

Productora: Aoi Promotion.

Presentación oficial: Festival de Cannes 2016 (Un Certain Regard).

Productores: Yose Akihiko, Matsuzaki Koaru, Taguchi Hijiri.

Fotografía: Yutaka Yamazaki.

Música: Hanaregumi.

Montaje: Hirokazu Koreeda.

Vestuario: Kazuko Kurosawa.

Diseño de producción: Keiko Mitsumatsu.

Decorados: Akiko Matsuba.

Sonido: Akihiko Okase.

Reparto: Hiroshi Abe, Yoko Maki, Kirin Kiki, Taiyo Yoshizawa, Soryo Ikematsu, Satomi Kobayashi, Lily Franky, Isao Hashitsume, Kanji Furutachi.

Duración: 117 minutos.

En esa parálisis del tiempo, en esos trenes que van de un barrio a otro de Tokyo, en esos breves días del final del verano en los que transcurre la acción, Ryota asume el establecimiento de unas pautas mínimas de supervivencia. Vive mes a mes con la esperanza de ver a su hijo, una espera que cada vez es más angustiosa porque para poder pasar ese día mensual con Shingo ,debe pagar la manutención. Es la única condición que exige Kyoko (Yoko Maki), pero es la condición que mueve a Ryota por las mañanas, que le obliga a buscar un trabajo, a defraudar a su jefe, a coaccionar a clientes, a vender el producto de sus vigilancias al mejor postor, y, en parte, es la justificación para apostar en las carreras, intentar multiplicar lo poco que se tiene para pagar lo que debe, aún a costa de seguir incrementando las deudas. Porque Ryota ha encontrado trabajo como investigador privado con la excusa de documentarse para un libro que nunca va a escribir, aunque realmente lo ha hecho para garantizarse un mínimo sueldo y una coartada para vigilar a su exmujer, y de paso, tener la oportunidad de chantajear a los investigados.

Ryota ha perdido el crédito familiar, el laboral, el social. Sólo una sonrisa de circunstancias ante los reveses le permite seguir hacia delante. Asumiendo en su interior el fracaso personal, se resiste a dejar paso a una tormenta que no va dejarle sobrevivir. Manteniéndose engañado con un deseo prácticamente irrealizable, permanece suspendido en un limbo extraño, sin atreverse a desconectar del pasado y sin querer mirar hacia un futuro que se le impone como un partir desde cero. Pero en esa suspensión vital cuenta con un cómplice crítico pero complaciente, su madre Yoshiko (Kirin Kiki), quien detrás de su bonhomía, su paciencia, su cariño disimulado con crítica ácida hacia el comportamiento de su hijo, tampoco vislumbra otra oportunidad para éste que facilitar un reencuentro con su ex por si queda alguna oportunidad de reconciliación. En las circunstancias presentes, esa madre que ha tenido un hijo grande, pero sólo en altura, no confía en que Ryota pueda salir adelante por sí mismo, de la misma manera que el fallecido padre nunca hubiera sobrevivido sin el aguante de Yoshiko, para quien la muerte del marido ha sido una liberación, la pérdida de una carga que ha obligado, durante décadas, a malvivir y a ir pagando deudas y más deudas generadas por el juego. En el espacio reducido de la casa materna en un barrio muy venido a menos de Tokyo, donde la mayoría de residentes son ancianos solitarios, los recuerdos de la vida han quedado suspendidos en el tiempo como las ganas de despertarse de Ryota. Todo es evocador de un pasado de niñez, de juegos, también de carencias, pero de una especia de seguridad sin obligaciones que se ha desvanecido aunque permanece en la memoria de Ryota como un deseo que se recupera, mínimamente, cuando visita a su madre.

Fotograma de la película.
Fotograma de la película.

Yoshiko teme que su hijo termine igual que el padre, comprende las razones de Kyoko para separarse, entiende la mala influencia que puede ser su hijo para su nieto, pero también sabe que, sin familia, Ryota es incapaz de dar un paso adelante. En la larga preparación de ese encuentro, que se va generando poco a poco, la película peca de morosidad, de reiteración, de contarnos cosas que no tienen mucha importancia porque el personaje de Ryota ha quedado muy bien definido, de hecho es un personaje excepcional en la filmografía de Kore eda, que acapara un protagonismo que sostiene plenamente la totalidad de la película frente a otras suyas más corales. Por eso la película desfallece en ese tramo intermedio para recuperar altura en su desenlace, ausente de sentimentalismo pero sí emotivo, porque Ryota necesita una emoción extrema que le haga reaccionar, que le permita, una vez consciente de su parecido con su padre, encontrar un recuerdo positivo en la figura paterna con el que identificarse y afrontar el futuro incierto con un mínimo de optimismo. No hay tormenta sin calma, como no hay tormenta sin daños colaterales. La tormenta elimina de la mente de Ryota ese anticiclón permanentemente instalado en su rutina vital, una noche de conversación, una noche en familia, una noche oyendo llover dentro de una atracción infantil, le acerca al padre ausente y le acerca al hijo presente, aunque para ello haya que superar una barrera que impide acercarse al espacio de su niñez. También esa noche amplía su campo de percepción respecto a Kyoko y es capaz de comprender lo que hasta entonces permanecía estable por conveniencia en su recuerdo sin atreverse a mirar más allá.

Saldrá el sol y la familia se despedirá hasta el mes siguiente, los paraguas tirados por la calle, desvencijados por el aire, son los viejos fantasmas de los que se ha deshecho Ryota. En su búsqueda de dinero aunque sea a costa de defraudar a su madre, por fín ha encontrado algo valioso en su padre, tanto material como espiritual, cuando Ryota dedica su primer y único libro al dueño de la tienda de empeños, está saldando todas las deudas con su pasado, reconoce cuál es su principal virtud y, quizás, sea capaz de reemprender la carrera literaria. O quizás no, pero en su horizonte, al menos, habrá sido capaz de recuperar su autoestima por lo que creó en su momento y cerrar definitivamente la puerta del pasado siempre presente para centrarse en el ahora sin excusas.

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