Estos tiempos no son de deberes sino de autarquía, es decir, de autosuficiencia y de dominio de uno mismo. Los profesores llevan muchos años, si no siglos, caminando en la dirección opuesta con los deberes de los alumnos, según los padres. Pero, en estos tiempos, los profesores no son los únicos equivocados; no hay grupo de profesionales que acierte. Nadie acierta. El paciente sabe del tratamiento de su enfermedad más que el mejor de los galenos, los padres y los alumnos son más diestros en pedagogía y en Lengua y Literatura, y en Filosofía, y en Matemáticas, y en Música, y en… -pongan ustedes cualesquiera de las áreas científicas y de conocimiento-, y, por supuesto, en evaluar cualquier prueba académica que cualquier profesor. En el caso de la enseñanza, todos sabemos más que cualquier profesional de la materia. ¡Cuánto nos cuesta aceptar la posibilidad del error, sin presuponer mala voluntad o incuria, y la diferencia de percepciones y valoraciones que caben sobre cualquier problema! Mientras tanto seguimos proponiendo remedios fáciles a problemas complejos.

Desde hace tiempo los profesores están en el punto de mira de todo el mundo. En realidad, la enseñanza ha estado en el punto de mira siempre y, sobre todo, lo está en España desde la transición que, además de traernos la democracia, hizo emerger un sentimiento de autarquía que ha llevado al desprecio de la labor pedagógica y educativa del profesorado, si es que ambas pueden separarse. Ahora se habla de los deberes, que muchos padres consideran excesivos, tareas repetitivas o demasiado fáciles. Se quejan de ellos con frecuencia padres que matriculan a sus hijos en colegios no públicos alejados de sus domicilios, porque el hecho de que el colegio sea concertado -y no digamos si es privado-, utilice uniforme, disponga de transporte escolar, cobre una cuota mensual por ciertas actividades o exija ciertas cantidades en forma de donación confiere estatus a sus hijos y, a través de éstos, a ellos mismos. Se trata de diferenciarse de los demás, que es una manera de marcar el territorio, como hacen los mamíferos. Da lo mismo si cada día nuestros hijos tienen una jornada de autobús de varias horas, añadidas a las de su jornada escolar. No importa que los hijos tengan una agenda vespertina y de fin de semana repleta de actividades, en la que no deben faltar, además del tiempo para la “play” e Internet, el inglés, la música, el gimnasio, el fútbol, la piscina o el kárate y, si me apuran un poco más, la visita al psicólogo, porque el niño o la niña es disléxico -aunque este trastorno ahora no se lleva- o padece el Trastorno de Déficit de Atención e Hiperactividad, que ha crecido tanto.

El problema son los deberes, pero a pocos padres se nos ocurre confesar lo que cuesta sentarse junto a los hijos para ayudarlos, se creen hábitos de trabajo, desarrollen sus capacidades -¡cómo me chirría eso de “competencias”!- y para que consoliden los aprendizajes. Cuando vemos a un intelectual cualquiera explicar con claridad, orden, precisión, brillantez y buen lenguaje algún problema, creemos con frecuencia que ha sido un privilegiado al que se la apareció un día el Espíritu Santo, que nació con ciencia infusa o que es alguien a quien no le costó esfuerzo alguno alcanzar el nivel de conocimientos que tiene. Esta persona suele provocar envidia y rechazo al mismo tiempo. Pero el conocimiento nace, crece y se mantiene con esfuerzo, algo que no queremos para nuestros hijos, porque el amor hacia ellos nos induce sobreprotegerlos y a valorar el esfuerzo como algo perjudicial para unos niños, que están aquí para disfrutar. No importa que no se sepan los ríos de España, escriban haciendo trizas la ortografía, se queden en blanco si les preguntan por los literatos españoles del Siglo de Oro, desconozcan las etimologías más sencillas, las nociones más sencillas de historia o tengan que utilizar la calculadora para realizar las operaciones aritméticas más simples porque, sentencian, si ya se trabajó en la escuela y no lo sabe, es, además de responsabilidad, culpa de los profesores. Además, ¡todo eso lo hacen las máquinas y está en Internet!

Me entran sudores fríos cuando pienso en la sociedad y en los ciudadanos que estamos creando, y todavía arrastro la frustración de no haber sido capaz de, nadando contracorriente, haber conseguido que mis otrora alumnos estudiaran todos los días un poco, que llegaran a clase con dudas derivadas del estudio, con cuestiones a plantear sobre el problema trabajado, además de con las cuatro cosas trabajadas en clase aprendidas. Confieso que algunos despertaron, pero debo decir que muchos de ellos venían los lunes perjudicados por el sin-sueño del fin de semana; despertaban un poco el martes y el miércoles ya hacían planes nuevos para el fin de semana siguiente. A final de curso -y no digamos en septiembre- siempre aparecían padres exigiendo un aprobado, a pesar de las notas, negándose a llevar adelante de una manera formal la reclamación verbal, que hacían con frecuencia de manera despectiva hacia el profesor. A ninguno les valía el recordatorio de aquel “quod natura non dat…” A algunos ni siquiera les valía la advertencia de sus propios hijos, que reconocían que ni habían estudiado ni habían hecho unos trabajos y unos ejercicios merecedores del aprobado ni conocían suficientemente la materia. “¡Cómo va a suspender usted a mi hija con un dos y medio, si es la única asignatura que le queda!” (Mentir cuesta poco, porque junto a esa asignatura, solían quedarles otras tres o cuatro más, pero…) Según quienes hablaban así, sería preciso cambiar en el DRAE el significado del término prevaricación, al menos aplicado a sus exigencias.

No crean que me olvido: la comunidad escolar y sobre todo el profesorado tiene con los deberes una tarea pendiente; un problema, como otros muchos, de los que no se suele hablar ni en los departamentos ni en las Comisiones Pedagógicas ni en los claustros de profesores. La falta de reflexión pedagógica, la descoordinación del profesorado y los trabajos no personalizados están entre las causas de la reacción de los padres frente a los deberes. La comunidad educativa tiene mucho trabajo reflexivo que realizar, a pesar de la LOMCE y de las huelgas de deberes promovidas por los padres.

Confieso que no sé cómo realizar la cuadratura del círculo, porque los problemas que ha generado el número π son tan complejos que ni siquiera hoy tienen una respuesta definitiva. Pero la cuadratura del círculo de la enseñanza es más compleja, si cabe, que la del número π. Ya me gustaría que se hubieran enfrentado a este problema Leibniz, aquel sabio enciclopédico cuyo tricentenario de su muerte hemos conmemorado el 14 de noviembre pasado, Tarki Bolyai, Gerwien y Laczkowich. ¡Como si los problemas pedagógicos fueran problemas de lógica matemática o de lógica emocional!

Solo tu puedes impedir que esto se acabe

Compártelo, apoya el proyecto

ÚltimoCero | Hazte cómplice HAZTE CÓMPLICE

No hay comentarios