Te levantas un día cualquiera y, mientras amanece, cuando la luz es todavía una insinuación en un horizonte difuso, descubres que has vivido corriendo tras algo quizá inaprensible, pero rico y elevado; que te ha sucedido como a Tales de Mileto que, por mirar tanto al cielo, te has caído unas cuantas veces en un pozo y se han reído de ti quienes eran incapaces de elevar su mirada y se creían seguros de sus pasos, deslumbrados por unos andares sin horizonte y unos pensamientos inapelables. Mientras tratas de descubrir la línea del horizonte, querrías tener la suerte de Parménides y ser conducido ante la diosa para que te comunique lo que es la verdad y hasta el valor de los valores y, de regreso a la tierra, poder salir de la caverna y trepar, con Platón, desde la oscuridad hasta la luz. De camino, palparías tu propio cuerpo para convencerte de que aquello no era un sueño y tratarías de asegurarte de que eras alguien, ese que pensaba, te equivocaras o no, como decía Agustín de Hipona, que sabías que existías. Al amanecer solamente las aves se alborozan por lo que todavía no existe, y no tardará en llegar. Pero la existencia sin más parece un valor con muchos vacíos.

La luz existe a pesar de nuestra ceguera. Nos gustaría permanecer en la montaña como Zaratustra, el eremita nietzscheano, para descubrir la realidad y conocer profundamente el espíritu humano, para no hastiarnos, como él, de nuestra sabiduría, que siempre será limitada, y descubrir que nos pasaremos la vida tratando de atrapar lo inaprensible. La madrugada -y el mañana y el futuro entero- emerge contra la nada (Jorge Guillén). Al fin y al cabo, cuando el alba quiere emerger, el alba no es el día y la mirada del despertar todavía tiene un pie en el sueño.

La radio, que no duerme, nos revela la tiranía de la realidad, alejada con frecuencia de la racionalidad, compuesta más de lo esperado -y con frecuencia indeseado- que de lo deseado y más aún de lo deseable que, como Marcos Ana, que ha fallecido el 24 de noviembre pasado, quiso llenar de estrellas el corazón del hombre que, en esa muerte en vida que padeció durante veintitrés años, veía una vida que podía contar -decía él- en dos palabras: “[…] Un patio. / Un trocito de cielo / por donde a veces pasan una nube perdida / y algún pájaro huyendo de sus alas”. Y, desde la cárcel, soñaba: “Si salgo un día a la vida / mi casa no tendrá llaves: / abierta siempre a los hombres, / al sol y al aire”. Mientras tanto, con el alborozo de los pájaros que, al amanecer, pregunta a las sombras cómo será el día, desde la cárcel preguntaba cómo es la realidad, cómo será el resplandor del ser, la positividad de lo negativo: “Decidme cómo es un árbol. / Decidme el canto del río, / cuando se cubre de pájaros. // […] Recitadme un horizonte / sin cerraduras y sin llaves / como la choza de un pobre. // […] Dadme el nombre / el amor: no lo recuerdo. // Escribo a tientas: ‘el mar’, ‘el campo’… / Digo ‘bosque’ y he perdido / la geometría de un árbol.” Marcos Ana cometió un error gravísimo, para cualquier dictador: quiso “llenar de estrellas el corazón del hombre” y soñó, siempre soñó “con banderas y besos; / la libertad y el aire / soplando en mi cabello”.

Le pasó a Marcos Ana lo que pronosticaba Federico García Lorca (Poeta en Nueva York): “Equivocar el camino / es llegar a la nieve / y llegar a la nieve / es pacer durante veinte siglos las hierbas de los cementerios”. Para quienes no aceptan la pluralidad, la libertad de pensamiento y de expresión, ni la libertad de asociación, para quienes no admiten la discrepancia, su locura los lleva a condenar a los otros, a los diferentes a ellos, “la locura no es estar loco sino / enloquecer a los demás / con razones que tienen razón” (Juan Gelman). “Brillan ojos ciegos de fracaso / entre el perseguido / y el perseguidor. / Un ruido baja de la lengua torpe, / palabras, palabras, hace falta / un mínimo de ninguna explicación que / desaloje fantasmas de la noche. ¿Quién / los llamó? ¿La búsqueda de la verdad siempre es tristeza?” (Juan Gelman). Para el recluso que fue durante veintitrés años, “la madrugada / emerge contra la nada” (Jorge Guillén). Desde la cárcel y desde el exilio seguramente vio “[…] que la luna / era una calavera de caballo / y el aire una manzana oscura” (Federico García Lorca). No hay mayor condena que la de privar a alguien de su tiempo, que es lo único que verdaderamente poseemos (Séneca) y de las libertades y derechos, que expresan y concretan la libertad que somos (J. P. Sartre) y que son los elementos constitutivos esenciales de la dignidad humana. En esas condiciones, “[…] Hay días donde el tiempo se vuelve irrevocable / y noches donde cierro los ojos y oigo piedras, / que en el pozo interior de mi alma se hunden” (Ana Ajmátova).

Con frecuencia se ha despreciado y se desprecia el valor de la utopía. A quinientos años de la publicación de la Utopía de Tomás Moro, la muerte de Marcos Ana y el recuerdo de unas vidas de honestidad, coherencia y sufrimiento puede inducir a pensar que el ser humano es una pasión inútil (Sartre) y que las ideas, cuando señalan horizontes nuevos, deseados y deseables, acercan al ser humano al desprecio, la marginación y la muerte que administran los humanos-sin-valores. Pero el poeta y el pensador, y tantos poetas y pensadores que en el mundo han sido, y la propia historia de la humanidad demuestran el valor de las ideas y la trascendencia de los valores y principios como motor de la vida hacia la verdad y lo bueno y lo bello. Ni la verdad ni los valores los revela diosa alguna sino la actividad intelectual del propio ser humano, cuando mira, como Tales de Mileto, Tomás Moro o Marcos Ana, hacia el cielo y lo contempla como el horizonte deseado y deseable por el que trabajar desde el convencimiento y la educación, con la palabra -y la poesía, como decía Gabriel Celaya-, que es un arma cargada de futuro, capaz de atrapar lo inaprensible.

Solo tu puedes impedir que esto se acabe

Compártelo, apoya el proyecto

ÚltimoCero | Hazte cómplice HAZTE CÓMPLICE

No hay comentarios