Los resultados del Informe PISA han sorprendido, en España, a propios y extraños. Nos ha cogido a todos con el ánimo bajo -es lo que tiene vivir durante tantos años bajo las consecuencias de la crisis económica- y ha servido para que, al menos de Madrid hacia el norte, los responsables políticos de educación saquen pecho y miremos a hacia las comunidades del sur con sorpresa y hasta con desdén. Estos días hemos visto al consejero de educación de Castilla y León, don Fernando Rey, siendo halagado y aplaudido por los resultados obtenidos por los alumnos castellano-leoneses. El propio consejero, situado en una perspectiva nacionalista, ha declarado que, si Castilla y León fuera un Estado, se situaría en el séptimo lugar en el ranking mundial de educación, conforme a los resultados del Informe PISA de 2015. Es una suerte estar por encima de Holanda, Estados Unidos, Reino Unido, Francia y Austria, entre otros países de nuestro entorno. En Castilla y León hemos mejorado en todo: en comprensión lectora, en la que la encuesta nos sitúa en el cuarto lugar del ranking; en ciencias, cuyos resultados colocan a nuestros jóvenes en el sexto lugar, por encima de Corea del Sur y de Nueva Zelanda, casi a la par que Canadá y Finlandia, veinticuatro puntos por encima de la media europea y veintiséis por encima de la media española; y en Matemáticas, cuyos resultados nos sitúan a la altura de Finlandia, Bélgica y Alemania, y con una diferencia de trece puntos respecto de Europa, dieciséis puntos por encima de la media de la OCDE y veinte por encima de la media española. En la competitividad entre comunidades autónomas -porque, con PISA en la mano y en la cabeza, se trata de competir, como sucede en el ámbito económico- hemos superado a Navarra y a Madrid en puntuación total. Por mejorar, han mejorado significativamente hasta los hijos de los inmigrantes de segunda generación, que han alcanzado prácticamente a los nativos y hasta los han superado en ciencias. Hasta aquí, todo resulta positivo. ¡Alguna alegría tenía que darnos la vida!

Pero perdonen que mi mente no sea capaz de superar las nieblas que nos acompañan, porque a partir de aquí se extiende un mar de sombras y de dudas. Un informe limitado a tres áreas, la llamada comprensión lectora, al área de ciencias y a la de matemáticas no permite extrapolar los resultados a la totalidad del sistema educativo: no sabemos lo que habría sucedido si la prueba evaluara también la capacidad o aptitud -el Informe PISA habla de “literacy”, o sea, de capacidad o aptitud, no de competencia- relativa a las lenguas vernáculas y a las extrajeras, y a la aptitud o capacidad relativa a las diversas áreas que abarcan las humanidades y las ciencias sociales. Esta cuestión es significativa y requiere una reflexión aparte.

Se equivoca quien piense que estos resultados avalan el valor de la LOMCE: el Informe PISA ha evaluado a alumnos de quince años, que han estudiado bajo el marco legislativo y pedagógico de la LOE. Si ese marco legislativo ya ha dado unos resultados tan positivos, ¿por qué era necesaria un reforma educativa, la que impuso con su mayoría absoluta el Partido Popular en la legislativa anterior, que supuso la derogación de una ley, la L.O.E. -Ley Orgánica de Educación-, aprobada por todo al arco parlamentario, a excepción del Partido Popular, en mayo de 2006, cuya bondad hoy aplaude el Informe PISA? El Gobierno del señor Rajoy -y el de don Juan Vicente Herrera- recoge ahora los frutos de una reforma educativa que lideró el gobierno del señor Rodríguez Zapatero, que no ha recibido un solo guiño positivo o de reconocimiento público por ello. Nadie se acuerda ahora de que estos resultados proceden de una ley promovida por la ministra doña María Jesús Sansegundo y desarrollada por la ministra Mercedes Cabrera. Muchos españoles nos hemos preguntado reiteradamente por qué el Partido Popular decidió a última hora no firmar el pacto por la educación liderado por el entonces ministro de educación Ángel Gabilondo y por qué ahora el Partido Popular, cuando está en el gobierno pero en minoría parlamentaria, insiste en querer comprometer a los demás grupos parlamentarios en un pacto educativo nacional, cuando la ley que Rajoy derogó, la LOE, que ha obtenido unos resultados tan buenos, ha sido sustituida por otra ley, la LOMCE. rechazada por tirios y troyanos.

A tenor de las dificultades por las que han pasado, es un milagro que los centros públicos hayan quedado al mismo nivel que los centros concertados. De este milagro es responsable el profesorado, los padres y los propios alumnos, porque la administración ha sometido, desde el 2011, a los centros a unas condiciones muy difíciles, que han condicionado su vida y lastrado la labor docente del profesorado así como y el desarrollo de su responsabilidad con la sociedad.

No quiero imaginar lo que habría sucedido si, en lugar de aplicar unos recortes tan duros al sistema educativo, rebajando al mínimo imaginable la dotación económica de los centros, congelando durante varios años las oposiciones, reduciendo la tasa de reposición del profesorado derivada de las jubilaciones prácticamente a cero durante estos años últimos, amortizando plazas de profesores y llenando los claustros de profesores interinos que, por definición, permanecen en los centros tan poco tiempo que, en la práctica, ni siquiera tienen tiempo de integrarse realmente en ellos; no quiero imaginar lo que habría sucedido si la administración, o sea, el gobierno de España y, en el caso de Castilla y León, el gobierno de don Juan Vicente Herrera, simplemente hubieran respetado las condiciones anteriores de los centros educativos, particularmente las de los centros públicos, que han sido los que han pagado especialmente las consecuencias de sus recortes. No quiero imaginar lo que habría sucedido si en lugar de tardar en sustituir quince días a los profesores enfermos, su sustitución hubiera sido inmediata o si se hubiera creado una carrera docente, al margen de ascensos burocráticos o de premios político-partidistas que sólo sirven para los fugitivos-de-la-tiza, si se hubiera incentivado, reconocido y premiado la formación de equipos de trabajo, la investigación pedagógica y la dedicación y el compromiso de los profesores y maestros con sus propios centros, con los entornos en los que están situados y con la mejora de la enseñanza. No quiero imaginar lo que habría sucedido si los ministros y consejeros de educación hubieran sido asesorados por los maestros y profesores mejores y por las mentes más conspicuas, y no por gente de su cuerda, por trepas y por fugitivos-de-la-tiza.

No quiero imaginar lo que habría sucedido si, en lugar de someter a los españoles a cambios educativos constantes, paralelos con la alternancia en la Moncloa, se hubiera producido un pacto educativo en los años ochenta, cuando se gestaba la LOGSE, que sólo votó en contra el Partido Popular; si el sistema educativo hubiera tenido estabilidad y no se hubiera sometido a los centros, a los alumnos y a los profesores a cambios constantes; si no se minusvalorara la labor docente del profesorado y se la sometiera a tanta burocracia como la corroe ahora mismo, como consecuencia de la aplicación de la LOMCE; si en lugar de someter la educación a una lucha partidista, hubiera sido considerada como una cuestión de Estado, como sucede con la política exterior o de defensa.

Dejo para otro artículo otras sombras, tan fuertes o quizá más que las expresadas en esta colaboración. Si alguna virtud ha tenido el Informe PISA último ha sido dejar al descubierto las consecuencias de una actitud acrítica y partidaria de nuestros dirigentes políticos. Menos mal que el enfermo, el sistema educativo, ha tenido como médicos no a ciertos chamanes de la política sino a unos facultativos, los profesores y maestros, que, con sus luces y sus sombras, han luchado contracorriente y han superado los obstáculos y zancadillas procedentes de la administración educativa. El Informe PISA ha servido a algunos para imaginar que es la respuesta de un espejo certero e infalible, a aquellos que no han aprendido nada del cuento Blancanieves de los Hermanos Grimm y de los engaños del espejito mágico. La autocomplacencia adormece las mentes, distorsiona la realidad y nos aleja de ella. Cuando la política y la vida se revisten de autocomplacencia, crece la ceguera y el inmovilismo está servido.

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