La cabecera de esta serie, al ritmo pegadizo y electrónico de la versión instrumental de Watchtower, del rapero Devlin, señala el camino bien diseñado desde su principio al que nos vamos a enfrentar a lo largo de diez capítulos. Este joven Papa, joven para los stándares vaticanos, en la frontera de los 50, atlético, seductor, conocedor de us atractivo, inmaculadamente vestido de blanco, camina, a lo largo de un travelling lateral, por una imaginaria galería artística que reúne una ínfima parte de las joyas atesoradas por la iglesia. En ese deambular, una estrella que se parece a la de Belén, acompaña el camino del religioso, hasta que en un momento determinado, la estrella de puntas se transforma en una bola incandescente, un meteorito destructor que, tras un guiño que nos lanza el personaje, se estrella, de manera contundente e inmisericorde contra una estatua que representa al papa Juan Pablo II. Ahí está la revelación de esta serie, presentarnos un nuevo papa dispuesto a arrasar con cualquiera de las adquisiones mediáticas de sus antecesores, romper con la idea de un líder de la iglesia accesible y preocupado por sus súbditos religiosos, un papa de la contrarreforma, un papa ultraconservador, inflexible en materias de moral sexual y religiosa, que rompe puentes con otras confesiones y que, íntimamente, envidia el éxito y la fidelización cuasi mística del Islam y su capacidad de proselitismo.

Título original: The Young Pope.

Año: 2016. Duración: 600 min.

País: Italia, Francia, España.

Director: Paolo Sorrentino.

Guión: Umberto Contarello, Tony Grisoni, Stefano Rulli, Paolo Sorrentino.

Música: Lele Marchitelli.

Fotografía: Luca Bigazzi.

Reparto: Jude Law, Diane Keaton, Silvio Orlando, Scott Sheperd, Cécile De France, Javier Cámara, Ludivine Sagnier, Toni Bertorelli, James Cromwell, Andre Gregory, Sebastian Roché, Marcello Romolo, Ignazio Oliva, Vladimir Bibic, Nadie Kammalaweera, Stefano Accorsi.

Productora: Coproducción Italia-Francia-Estados Unidos-España; Wildside / Sky Italia / Canal+ / HBO / Mediapro.

Presentación en Festival de Venecia 2016.

Sorrentino no edulcora el relato, pese a que también rehuye el escándalo; las miserias, perversiones, debilidades, intrigas, del conjunto de cardenales que rodean al papa no pueden ya escandalizar a nadie, son tan conocidas y tan persistentes como que no dejan de ser puramente humanas. Las ambiciones, los anhelos frustrados, las maniobras dentro del cónclave para elegir a alguien cuya imagen pública puede relanzar la economía vaticana, desconociendo quién es realmente, y basándose en su aparente juventud para controlarle y dirigirle por la senda que los muñidores han trazado, salta por los aires. Elegido Papa, el enorme personaje construido por Jude Law no tarda ni medio minuto en dejar claro lo que pretende, hacerse inaccesible, volver al punto en el que el catolicismo se originó, se hizo hermético y lleno de dogmas antes de convertirse en una religión a la carta, donde el católico escoge qué pecados son perdonables y cuáles no. Por eso la primera y única homilía del Papa a los fieles tras ser elegido y hacerse esperar, la hará desde la oscuridad, en la sombra, sin dejarse ver, una homilía tenebrosa y amenazante donde advierte al público de que no espere compasión, ni cercanía, ni perdón, se han alejado de Dios y lo han convertido en algo secundario, mientras no vuelvan a él, el Papa será un extraño para sus fieles.

Paolo Sorrentino.
Paolo Sorrentino.

Sobre esta hecatombe mediática, este inicio devastador para la curia, reafirmado por el discurso que dirige al colegio cardenalicio como inauguración de su papado, se marca el devenir de Lenny Bolardo, cardenal norteamericano que alcanza el papado «matando al padre espiritual», el candidato que se preveía iba a ser elegido, el cardenal Spencer, igualmente interpretado con sobriedad, dolor, frustración y agonía por un espléndido James Cronwell, relegado por las maniobras de un secretario de estado tifossi del Nápoles, un personaje de los de siempre, traicionero, intrigante, manipulador, un «Andreotti" que encuentra en este papa una inteligencia imposible de superar, este cardenal Voiello, interpretado por Silvio Orlando, es el contrapunto humano y débil de este papa inatacable, superior, excelente en todo, menos en su empatía con sus fieles y en su adaptación a los cambios de los tiempos. Lo prosaico se ve enfrentado con lo meramente espiritual en una lucha que remueve los cimientos de unos poderes incapaces de acabar con el nombrado u obligarle a renunciar. Estamos ante una serie donde el personaje central absorbe toda la energía y concentra el foco de atención, llenando la pantalla de manera literal mediante la iluminación «santificadora» que le otorga la imaginación de Sorrentino, pero el personaje de Law no tendría la misma intensidad, fortaleza y contradicciones si el conjunto de secundarios no consiguiera alcanzar el mismo sentido de humanidad, contradictoria, si, con el pontífice, pero complementaria, como ese arrasado cardenal Gutiérrez que encarna Javier Cámara, la hermana María, secretaria personal del papa, un papel que parece imposible para alguien como Diane Keaton, la monja que cuidó de Lenny cuando fue abandonado por sus padres y se transformó en «Ma», expresión equívoca que tanto significa un apócope de María como un equivalente de madre, porque es ese suceso de su infancia el que ha marcado la personalidad, el pensamiento, la falta de empatía del personaje. El papado se transforma así en una búsqueda imaginaria de un padre y una madre que se representan en la mente de Lenny como el momento de su mayor felicidad, de su mayor tranquilidad, seguridad, una época de ausencias de miedos que, desde los 8 años de edad, no ha cesado de crecer en su mitificación y, al mismo tiempo, ha ido incrementando el dolor de la ausencia.

Fotograma de la serie.
Fotograma de la serie.

Sorrentino, con diez horas de filmación, explota todos sus artificios visuales, su imaginería pictórica, sus juegos de luces y de proporciones. Esta «gran belleza» vaticana rezuma respeto y, al tiempo, crítica, hacia una institución que se ha hecho imprescindible para una inmensa mayoría, sobre la base de no plantearse la más mínima duda o crítica. A lo largo de los episodios desfilan todos los males reconocibles de la misma, la pederastia, el dinero, el poder,la homosexualidad oculta, la falsa continencia sexual, los abusos, las corrupciones; pero casi siempre desde un tono amable que no esconde la crítica. Una serie que, engancha en su primera mitad mediante un tono de comedia irónica donde los encuentros del papa con cardenales, políticos, consejeros, rezuman una intensa mala leche y proporcionan momentos antológicos, pero que a partir de ese momento central, deriva hacia las dudas del religioso, su convicción de no creer en Dios al situar al mismo en la imposibilidad de reencontrar a sus padres. Todos los personajes irán cambiando, evolucionando, son personajes llenos de miedo, que encuentran su seguridad entre los muros de esta ciudad estado anacrónica. El final permite recuperar la serie con más temporadas, y también permite ser fiel al espíritu inicial y respetar ese «The end» con el que Sorrentino culmina su repertorio consabido de imágenes sorprendentes, sus movimientos coreográficos, sus juegos de colores, los paseos sin rumbo definido en los que puedes encontrarte con un canguro en medio de los jardines vaticanos como Jep Gambardella se encontraba con una jirafa en medio de las termas de Caracalla. A destacar su banda sonora, el reconocible estilo del director, los castigos impuestos por Pío XIII y una impagable escena donde un sucedáneo de Renzi sufre una humillación tras otra de la manera más inteligente y paralizadora.

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