No pocas veces, en sus fotos, me recordaba a algunos amigos que habían tenido una infancia rural. Siempre me hizo gracia esa similitud. Un gesto como tosco, infantil, de niño despeinado, que no se preocupa por lo externo sino por lo que entiende como esencial. Y Berger permanentemente iba a lo esencial, era como un “dueño del secreto”, siempre descubría una nueva dimensión de la realidad. Constantemente iluminaba la vida, en lugar de enmascararla; desvelaba, en lugar de mistificar, daba una respuesta material y lucidísima a los más enrevesados misterios. Aunque él se había ido al mundo rural ya mayor, a los cincuenta años, huyendo de una Inglaterra a la que no soportaba.

Ha muerto John Berger, uno de los últimos pensadores europeos más auténticos, quien desde un marxismo convencido y heterodoxo, pero también desde la sensibilidad y la comprensión de lo humano, lejos de todo dogmatismo, construyó una de las obras más singulares y esclarecedoras, y más extrañas de los últimos tiempos, por abarcar la crítica de arte, la crítica social, la crítica literaria, el ensayo, la novela, la poesía… Como un pensador del Renacimiento, aunque en pleno siglo XX (y algo del XXI), Berger tocaba todos los palos y en todos descubría nuevos territorios.

Como crítico de arte, su libro Modos de ver se convirtió en un verdadero manual de las Facultades de Bellas Artes británicas y dio lugar a una serie televisiva en los años 70 de enorme éxito. Aquí lo publicó Gustavo Gili y estuvo muchos años agotado. Las bases de su análisis y de su crítica de arte estaban, como él mismo declaraba, en los textos críticos del filósofo Walter Benjamin, pero con una estrategia expresa de apelar a la experiencia, de ahondar en las propias vivencias para desvelar los mecanismos de funcionamiento de lo creativo. En su ensayo Mirar, por ejemplo, revelaba en uno de sus textos la diferencia de los usos ante la mesa de las clases populares y de las clases burguesas, con el distinto valor y sentido que daban cada uno de ellos a la comida, precisamente por las diferencias de relación material que cada uno de ellos mantenía con su producción. Berger rastreaba cada vez en datos concretos y materiales las huellas que le otorgaban la base de sus interpretaciones. Siempre lúcido, esclarecedor, brillante.

En el ensayo dedicado a Picasso, inicialmente traducido como “Éxito y fracaso de Picasso” (Debate, 1990) y en una edición posterior como “Fama y soledad de Picasso” (Alfaguara, 2013), Berger causó un verdadero revuelo. La obra se publicó en inglés en 1965, aún en vida de Picasso. El texto se inicia con una declaración terminante a partir de la cual desarrolla toda su reflexión, a saber, que Picasso era el artista más rico y famoso que había existido nunca. De esa afirmación va mostrando su éxito económico y creativo, pero su fracaso y soledad como artista, empujado por la “magia” y la facilidad de su posición de rey Midas que todo lo que toca se convierte en oro. Los pasajes enmarcando a Picasso como heredero de la cultura española y un verdadero “extraño” (un “invasor vertical”, una especie de paracaidista) en la cultura francesa, construyen una reflexión honda y clarificadora sobre la cultura española y nuestro carácter periférico y singular en el entorno europeo.

En novela, Berger ha sido atípico. Comenzó publicando en 1958 una novela inclasificable como “Un pintor de hoy”, en la que narraba la historia de un pintor que debió refugiarse del fascismo (duró un mes en librerías, fue retirada por la presión de una organización de abogados anticomunistas). En 1972 le dieron el Booker Price por una novela no menos particular, titulada “G”, donde contaba la historia de un Don Juan, enmarcándola en las peripecias sociales europeas. Donaría la mitad del premio a los Panteras Negras, lo que causó un nuevo revuelo.

Después de emigrar a los Alpes franceses, a un pueblo ganadero de montaña, comenzaría a publicar la trilogía De sus fatigas, con las novelas, Puerca tierra, Una vez en Europa y Lila y Flag. Una trilogía donde da cuenta del fin del campesinado programado por las instituciones económicas europeas, la paulatina destrucción de un modo de vida milenario. Es en esa singladura donde comencé a leerlo, en 1992, con motivo de la traducción al español de Una vez en Europa. Hallé una insólita noticia en prensa, que daba cuenta de la edición del libro donde se decía: “A demostrar que la muerte del campo es uno de los grandes temas de nuestro siglo destinó Berger los 15 años que le costó escribir la trilogía” (…) “Escribo de la única forma que puedo hacerlo: cada página, muchas veces, buscando una mayor precisión, no sólo de las palabras sino de los espacios en blanco. Porque todo está ahí. La complicidad se encuentra en lo que no decimos”.

Podría seguir y alargarme diciendo todo lo que he aprendido y se puede aprender de John Berger; la humildad ante la poesía y la clara idea de que “poeta” es un adjetivo, que sólo los demás pueden atribuir y que hacerlo uno mismo es un ejercicio de soberbia y de presuntuosidad; el modo de encarar la muerte en el capitalismo, expresado en sus Doce tesis sobre una economía de los muertos, que no he dejado de tener a mi lado desde hace años cuando algún familiar próximo desaparecía. Allí decía:

“¿Cómo viven los vivos con los muertos? Mientras el capitalismo no deshumanizó la sociedad, todos los vivos esperaban alcanzar la experiencia de los muertos. Era su futuro último. Por sí mismos, eran incompletos. Así, vivos y muertos eran interdependientes. Siempre. Sólo una forma tan peculiar de egoísmo como la de hoy en día podía romper esa interdependencia. Y los resultados han sido desastrosos para los vivos, que ahora creen que los muertos son aquellos que han quedado eliminados”.

Hoy es él el que se ha ido, como parece que dijo su nieta a la prensa: “Il est parti”. Que la tierra le sea leve.

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