Hace mucho tiempo, años, que no miro la programación de las cadenas de televisión. Confieso que encuentro mucho más interesante coger un libro y leer o elegir un disco y escucharlo que correr el riesgo de irritarme a causa de la cantidad de telebasura que nos impone la industria televisiva. Mientras tanto, me adentro en Cervantes, Leibniz, Spinoza, Kant, Hölderlin, Antonio Gamoneda, Juan Ramón Jiménez, Nabokov, Goethe, Faulkner, Habermas y en otras muchas plumas que destilan inteligencia, sensibilidad y creatividad. Prefiero escuchar a Mozart, Ravel, Debussy, Falla, Bach, Beethoven, Wagner o Shostakovich que a tantos triunfitos que huelen a mercado impuesto y a invasión comercial. Ya advertían los clásicos que “pensar es como vivir dos veces” (Cicerón) y que “la vida de un ser humano es lo que sus pensamientos hacen de ella” (Marco Aurelio), porque “quien vive sin pensar, / no puede decir que vive” (Calderón de la Barca).

Quizá sea mi propia miopía la que me induce a confundir la oscuridad con la luz y la claridad con las sombras, pero no puedo vivir ignorando mis propias preocupaciones y no enfrentarme a los espacios que nos manipulan y nos ciegan. Abrimos un periódico cualquiera de información general y, al margen de la publicidad explícita y oculta, y de la sección dedicada al famoseo y a sus adláteres, una parte sustancial del mismo lo ocupa la sección dedicada a deportes, una sección que prácticamente monopoliza el fútbol; lo mismo sucede con los telediarios o los noticiarios, donde es noticia hasta el peinado de cualquier futbolista famoso, que con frecuencia nos regala unas declaraciones en las que suele evidenciarse que su altura intelectual no supera la vulgaridad. Un paseo por la televisión convierte en infumable su programación, plagada de fútbol, concursos con frecuencia bobalicones y estúpidos, y de programas de telerrealidad en los que cualquier chiquilicuatre vende su intimidad por menos de lo que nos cuenta el Génesis que lo hizo Esaú. Todo ello muy barato, pero con una gran carga ideológica. Mientras tanto, los periodistas y tertulianos nos atosigan con una lectura irreflexiva de las cifras de las estadísticas cocinadas por organismos oficiales o paraoficiales. De la misma guisa aceptamos acríticamente la lectura de las estadísticas de los ministerios de trabajo, economía o educación, refrendadas casi siempre por organismos supranacionales de carácter económico, que hemos llegado casi a venerar y cuyo control se escapa a la ciudadanía que, sin embargo, soporta y sufre sus decisiones, como la OCDE, el FMI o el Banco Mundial. Y, lo que es peor, si nos percatamos de la manipulación, no sólo no apagamos la televisión o la radio ni dejamos de leer esa prensa sino que, como el que sufre del síndrome de abstinencia, volvemos a conectar día tras día con las mismas cadenas y a embebernos en los mismos programas y en los mismos periódicos.

Mientras leo a Kafka, a Walter Benjamin o a Noam Chomsky y contemplo la irrealidad tan real en la que estamos encerrados, me acuerdo de que, como dijo José Saramago, “la vida se entregó a nuestras manos tras habernos hecho inteligentes, y hasta aquí la hemos traído”. Y lo peor de todo -añadía en su Ensayo sobre la ceguera- es que “…la ceguera es esto, vivir en un mundo donde se ha acabado la esperanza”, porque el futuro que se atisba tiene como horizonte un precipicio y, como si siguiéramos ciegamente a un flautista de Hamelín manipulador y cegador, caminamos tan tranquilos hacia él.

Quizá no me quede otro consuelo que lamentarme de que no haya peor ciego que el que no quiere ver o, como decía Baltasar Gracián (El criticón), que “no hay peor sordo que el que no quiere oír” y que “no hay peor desentendido que el que no quiere entender”. La ceguera intelectual que suele acompañar a la candidez y a la estupidez, no sería tan grave si no condujera a la ceguera moral que induce al dogmatismo y a la maldad. “Los ojos ven lo que están habituados a ver” (J.L. Borges) y lo que nos ofrece la sociedad del espectáculo es una panoplia de imágenes simples que “se convierten en seres reales y en las motivaciones eficientes de un comportamiento hipnótico” y, lo que es peor, el espectáculo “es lo opuesto al diálogo” y añade Guy Debord (La sociedad del espectáculo) que “el espectáculo es el heredero de toda la debilidad del proyecto filosófico occidental […]. Es la vida concreta de todos la que se ha degradado en universo especulativo”. Ahí estamos: degradados como ciudadanos, aunque, eso sí, elevados a la condición de espectadores; degradados a la condición de contribuyentes o a un número abstracto en una estadística fría y manipulada, pero elevados a la condición de contribuyentes o consumidores. Esta elevación, aunque degrada nuestra condición de seres humanos, satisface a muchos, que se sienten por ello sujetos de derechos, como si no lo fueran por el simple hecho de ser humanos, y niegan la igualdad de derechos a quienes tienen menos, acusándolos de conformistas, pasotas y haraganes.

Lo que nos pasa es grave y ni lo resuelven los organismos internacionales, ni la tecnología, ni la sociedad del espectáculo, ni la simple indignación, ni los parches que se apliquen a una realidad carcomida por el cinismo de unos y la ceguera de otros, que nos han conducido a una “sedación moral” que “viene en el mismo paquete que la tranquilidad de conciencia y la ceguera moral” (Z. Baumann, Miedo líquido).

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