No hablo de la ceguera física y, por consiguiente, en absoluto nos sirven como ejemplos, entendidos en su literalidad, el ciego de Puiseaux o Nicholas Saunderson de quienes habla Diderot en su Carta sobre los ciegos; hablamos de la ceguera intelectual y moral; de la que impide entender y comprender lo que acontece; de aquella ceguera que impide penetrar la realidad: de la que es consecuencia de una educación insuficiente, de la que crece con la manipulación o es fruto de la pereza, el desinterés o la desidia personal, del desprecio por el conocimiento. Hablo de la ceguera de quien carece de la costumbre de reflexionar y de volver sobre sí mismo, porque de éste no cabe esperar precisión alguna (Diderot).

La ceguera humana no es innata sino creada por la dinámica de una sociedad que invita a la autocomplacencia. El problema no es no ver sino no querer ver. Quien rechaza la búsqueda de la verdad cierra los ojos y camina hacia el precipicio al que lo conducen los cantos de sirena de una sociedad que da más valor al dinero y al poder que a las propias personas.

En ningún momento de la historia de la humanidad ha predominado la coherencia, aunque siempre ha habido quienes se han esforzado en alcanzarla. Los humanos hemos vivido siempre en medio de la contradicción entre lo que pensamos y lo que hacemos, entre la defensa de los valores y su ignorancia y desprecio. Deseamos la paz, la igualdad o el respeto mientras hacemos pingües negocios con la venta de armas, nos valoramos más a nosotros mismos que a los otros, sobre todo si los consideramos diferentes, o exigimos respeto para nosotros mismos mientras rechazamos o discriminamos a quienes calificamos como distintos. Nos indignamos cuando nos sentimos engañados y nosotros mismos jugamos al engaño cuando tenemos la oportunidad de burlar los controles sociales. Es fácil caer en la tentación de pensar que la indignación basta para cambiar la realidad, pero la indignación por sí sola y en sí misma no conlleva una actitud racional ni una respuesta constructiva que supere las causas de la indignación ni los males que aquejan a la sociedad y a la vida en general. Para cambiar las lanzas por cañas y a éstas por ideas, y que sean las ideas las que contribuyan a cambiar el mundo y a hacerlo en la dirección de los valores, es preciso perder el miedo a ver, reconocer lo que sucede y comprometerse en la acción en un doble sentido: cambiarse uno mismo antes que obligar a hacerlo a los demás, como advertía Descartes en su moral provisional (Discurso del método), reconocer a los demás como necesarios e iguales a nosotros mismos y contribuir de buena fe con los demás a la construcción de una sociedad sabia y justa, con el fin de vencer la indiferencia y la ruindad de la que estamos hechos (José Saramago). “[…] Se necesita / la humanidad entera / para llegar a ser humano” (Jorge Riechmann, Ahí te quiero ver)

A diferencia de los invidentes, que desarrollan de manera extraordinaria otros sentidos, como por ejemplo el tacto y el oído, la ceguera intelectual y moral insensibiliza por completo al ser humano y lo acerca en sus comportamientos a simples animales, que actúan mediante impulsos primitivos, si vale la expresión. Nuestra sociedad corre el riesgo de sufrir un engañó copiado del flautista de Hamelín o, más bien, de ser víctima de la ceguera del egoísmo como consecuencia del desprecio a los dictámenes de la razón que exigen la sostenibilidad como requisito indispensable para la permanencia de la vida en el planeta tierra y de la permanencia de la propia especie humana. Un engaño que pasa por confundir lo meramente accidental con lo esencial, por tapar los hechos con trampantojos e imponer el decorado como la realidad última. Esta ceguera no está por venir, sino que constituye una de las características del momento histórico en el que vivimos. En la sociedad del espectáculo, en nuestra propia sociedad, el decorado se impone sobre la propia obra, y la publicidad y la propaganda sobre los hechos y las ideas: el parecer -y el tener, defendía E. Fromm- sobre el ser.

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