Habría que preguntarse, con Juan Gelman, “¿por qué tan vivo está lo que no fue?” La respuesta escuece porque señala hacia los cuatro puntos cardinales. “El peor problema del mundo es la falta de gobernanza. Tenemos el conocimiento y los medios para hacer un mundo más habitable y menos egoísta, pero no tenemos dirección”, decía el expresidente de Uruguay, José Mujica. Hemos dejado la dirección del mundo en manos de los intereses económicos, muy bien representados por el G-7, el G-20, la OCDE, el FMI, el Banco Mundial, el Banco Central Europeo y la Comisión Europea a la vez que hemos devaluado a la ONU y hemos convertido a Europa en un simple mercado y no en una nación. Ni siquiera la llamada “prensa libre” basta para garantizar el conocimiento de lo que acontece en el día a día de la sociedad, porque, en lugar de ejercer una función de vigilancia, presta servicio a quienes ostentan el poder -léase, por ejemplo, de Noam Chomsky, Ilusiones necesarias-. “Aunque los ciudadanos del mundo occidental suelen equiparar el mercado con la libertad de opinión, la mano oculta del mercado puede ser un instrumento de control casi tan potente como el puño de hierro del Estado” (Benjamin Ginsberg, The captive public) y aceptamos el mercado como si fuera el dios salvador, cuando ni equilibra los desequilibrios ni resuelve los problemas económicos y sociales, y agrava las desigualdades. Si no se equivoca Guillermo García López, en su documental Fragil Equilibrio, nominado ahora a los Premios Goya 2017 y premiado en la edición última de la SEMINCI, nuestra sociedad se rige por la búsqueda del beneficio inmediato o a corto plazo, que solamente genera desigualdad e injusticia; un sistema asesino, que amenaza la vida de todos sin excepción, y que es especialmente violento con los más vulnerables e indefensos.

Llegados a este punto, más de uno pensará que, dentro de un panorama como el que nos toca vivir, hay rincones de la realidad que se salvan y que pueden ayudar a que salgamos de la caverna en la que denunciaba Platón (La república) que vivimos prisioneros. Ese ámbito de la realidad, salvado y salvador, debería recaer en la cultura y el arte. Pero “la ceguera se parece a los ojos que no duelen y que contemplan, olvidados” (Jaime Gil de Biedma, Las personas del verbo). Si la literatura, la historia, el arte, la ciencia, la tecnología y la filosofía nos abrieran los ojos, estaríamos menos ciegos de lo que estamos y, sobre todo, si nos indujeran a la coherencia y a que la vida, nuestra vida, se rigiera por principios racionales y morales que buscaran la coherencia, no estaríamos donde estamos: no confundiríamos, por ejemplo, consumo con bienestar, con superación de la crisis o con felicidad, ni progreso con cambio, ni democracia simplemente con ejercicio del voto, ni buen gobierno con cambalache de mayorías; ni nos gobernarían tantos impresentables como hemos elegido o permitido que lo hagan; ni aplaudiríamos cuando nos lo ordenan hasta rompernos las manos; ni llenaríamos el planeta de basura; ni construiríamos ciudades inabarcables, invivibles e insostenibles, pensadas como concentración de poder y no como estructuras e instrumentos al servicio de las personas; ni daríamos tanta importancia a las diferencias, con frecuencia más aparentes que reales; ni subrayaríamos tanto lo individual sobre lo común; ni dejaríamos en manos de la economía o de la tecnología las decisiones sobre la vida de las personas y de la sociedad; ni…, ¡para qué seguir llorando por la herida!

En una sociedad, en un país y en un tiempo en los que han proliferado los clubes de lectura; en los que se consume más cultura que nunca en la historia de la humanidad; en los que los medios de comunicación e información llegan a todos los rincones de la sociedad; en los que, al menos en España y en la sociedad de nuestro entorno, ha desaparecido el analfabetismo y las universidades se han llenado de alumnos e investigadores, y existe libertad para la creación, el pensamiento y la expresión, y medios para hacerlo, la investigación, el arte, el pensamiento y la expresión se han convertido en meros productos, es decir, en objetos de consumo. Consumimos pintura, teatro o literatura como consumimos verduras, coches, prensa u horas de televisión. Hasta la universidad ha abierto, en teoría, a la sociedad algunos espacios académicos, que suelen coincidir con espacios deficitarios de alumnos oficiales, a los que pueden acceder ciudadanos sin titulación académica alguna. Son espacios que pueden llamarse de extensión cultural, más propios de la enseñanza primaria y secundaria que de la universidad, y que sirven fundamentalmente para mantener las plantillas del profesorado más que para cumplir con una finalidad académico-universitaria. No me imagino un conservatorio de música en el que los alumnos no tengan, entre otras cosas, que solfear y tocar un instrumento musical y vayan a clase a escuchar las ejecuciones del profesor, ni a los alumnos de una escuela de arte dramático que asistan como meros espectadores a la puesta en escena y a las ejecuciones de los profesores. Asistimos por doquier a presentaciones de libros, sobre todo de novelas, utilizados como plataformas publicitarias y comerciales de dichos libros más que como instrumentos de análisis de los mismos. Se han creado por doquier clubes de lectura en los que se leen novelas y en los que son objeto de comentario el argumento general y algunas curiosidades de la trama general de la novela sin que la mirada se encamine hacia el análisis de la cuestión o cuestiones que el escritor se plantea en ella y que ha motivado su escritura. Pocos clubes de lectura introducen sistemáticamente la lectura de poesía y menos aún se atreven con el ensayo. No es poco que se lea, pero también es cierto que “no se puede juzgar un libro por mirar la portada” (Willie Dixon). Cualquiera que lea, por ejemplo, a Cervantes, Shakespeare, Dante, Molière, Pio Baroja, Italo Calvino o a Manuel Longares se percatará enseguida de que las historias que crean son el vehículo del que se han servido para plantear aquellas cuestiones que les preocupaban o hasta los corroían y que les han permitido abrir brechas de luz en ellas. Cualquier lector, cinéfilo o amante del teatro atento se percata pronto de que el argumento no es sino un vehículo y no un fin en sí mismo. Pero es fácil ver que las cosas se mueven sin percatarse de lo que significa la velocidad, el espacio y el tiempo, el devenir, o la dialéctica entre el ser y el estar, por ejemplo.

Convertido todo, la vida en su totalidad, en un producto comercial, no es extraño que se haya devaluado el entorno completo de la cultura, hasta considerarlo un adorno más que un elemento sustancial de la vida humana, como el cimiento y substrato esencial que es. No sorprende que los espacios dedicados a la cultura en los medios de información escaseen y que, cuando existen, estén relegados a horas intempestivas y de escasa audiencia -¡será que la cultura, todo aquello que alimenta a la mente, es peligrosa!-. En su día, en los años de la llamada Transición, nos habría parecido impensable que, pasado el tiempo, con la democracia consolidada -eso decimos- fueran imposibles programas televisivos como La clave de José Luis Balbín o espacios como Encuentros con las Letras o Biblioteca Nacional que dirigió Fernando Sánchez Dragó. Es difícil entender el maridaje que padecemos entre democracia y degradación y devaluación cultural.

La historia nos revela que los humanos hemos vivido siempre en tiempos de ceguera, en los que la oscuridad y las sombras no sólo han estado presentes sino que han sido una fuerza siempre hostil y poderosa contra la vida y los valores. El poder, ya sea en el interior de la familia, en el trabajo o en la sociedad se ha ejercido como instrumento de dominio y no como servicio hacia los demás, y la jerarquía se ha impuesto como instrumento de dominación. Nacemos ciegos, y el descubrimiento de la claridad nos invita a conquistar la cordura y a vivir cuerdos. Me quedo con Albert Camus (El hombre rebelde), que reivindicaba la rebeldía en favor de la vida porque, aunque “[…] la injusticia y el sufrimiento subsistirán y, por mucho que se los limite, no dejarán de escandalizar”, “[…] el ser humano no puede sino proponerse la disminución aritmética del dolor del mundo”. Al fin y al cabo, concluía citando a Dostoyevski, “¡si no se salvan todos, para qué la salvación de uno solo!”. Ahora entiendo por dónde se cuela y triunfa la posverdad, o sea, la mentira descarada, y el totalitarismo social, perdón, la corrección política.

Solo tu puedes impedir que esto se acabe

Compártelo, apoya el proyecto

ÚltimoCero | Hazte cómplice HAZTE CÓMPLICE

No hay comentarios