Ojalá se consiga alguna vez en Valladolid un espacio de exhibición para el nuevo cine español con vocación de continuidad, este cine alternativo y valiente que cuenta muchas cosas y que está excluído de los circuitos comerciales. Esta es la labor pendiente de las políticas culturales, espacios públicos de exhibición existen, público también, solo hace falta paciencia, promoción y desplazar al autor con su obra para que pueda explicar sus propuestas y que el espectador se acostumbre a otros modelos narrativos. Ahora que, por fín, ha llegado una gran exposición de pintura a la ciudad, quizás sea el momento de plantearse que ese mismo espacio acogiera, con carácter estable, la exhibición de otro arte contemporáneo como es el cine, y el cine español tiene mucho que ofrecer, aunque sea en la pantalla de un museo, ejemplos existen en otras ciudades no tan lejanas y más pequeñas que Valladolid y que evidencian que se puede hacer.

Sobre la marcha.

2016. España. 72 minutos.

Director: Gonzalo García-Pelayo.

Intervienen: Javier García-Pelayo, Oscar García-Pelayo, Antonio “El Marqués”, Jose Antonio García Vizcaíno “Harry”, Jesús Ordovás, Alberto García-Alix. Leonor Camino “La señora”, Karma “La perra”, Jero García, Luigi Castro, Víctor Pérez. Músicos: Javier Colis (Guitarra), Javier Díez Ena (Bajo), Adrián Ceballos (Batería), Sergio Person (Guitarra y Clarinete).

Argumento: Gonzalo García-Pelayo.

Guión: Javier García-Pelayo, Oscar García-Pelayo, Jero García, Alberto García-Alix, Jose Antonio García Vizcaíno “Harry”, Antonio “El Marqués”, Jesús Ordovás.

Si algo caracteriza al cine de Gonzalo es su iconoclastia, su heterodoxia, sus cambios formales, pero también, la presencia de una línea invisible reconocible e identificativa, sus textos, sobre todo sus textos, y sus rupturas fílmicas dentro de una misma película. «Sobre la marcha» me la imagino comenzando donde termina «Todo es de color», su personaje inicial, el mismo Javier García Pelayo, parece recién filmado nada más abandonar ese viaje que le devuelve de Tarifa a Madrid, ya sin moto, pero agotado y adormecido por el esfuerzo de esos días de peregrinaje. Un largo plano fijo, con ligeras aproximaciones al rostro del narrador silente. Es la voz en off de quien está pensando en un relato. Sentado solo en un tren de cercanías, a toda velocidad, nos cuenta un relato de sus tiempos de manager del grupo «Smash», un viaje psicodélico al lumpen madrileño, un concierto mítico en el parque de atracciones de Madrid, Silvio en el agua, expulsados de las salas de conciertos, una furgoneta de desecho y la edad de oro de la heroína, un relato que fue publicado en la prensa de la época, «Viaje madrileño», en el que se mezcla el ritmo endiablado del texto recitado (con la marca de la casa, manteniendo los errores de dicción, las repeticiones de frases mal dichas) con la pausa y el estatismo de una persona sentada en su butaca durante el viaje; adormecido por ese sol que, en ocasiones, difumina la imagen, una somnolencia de un camino pasado, que se rememora con nostalgia, momentos duros, pero momentos que te han formado.

«Sobre la marcha» es la crónica de una sucesión de fracasos, es cierto, pero que rememorados por diversos personajes, se convierten en parábola del mito del que ha muerto y ejemplo de cómo cada uno ha llegado a ser lo que es, «me quedo con el camino» dirá alguien durante la proyección, u otra versión «más rayas para el tigre». Puede ser una película de aparente desconexión entre sus partes, pero no es así, hay elementos suficientes para enlazar cada transición y darle armonía y sentido al conjunto, de tal manera que nada chirría en una película que comienza con media hora de un primer plano que mezcla rapidez y quietud al mismo tiempo, y termina con un falso plano secuencia de 12 minutos donde Oscar García Pelayo va relatando otra historia escrita por él, mientras su cuerpo no para, se mueve con rapidez por las calles que circundan la casa de Campo madrileña, es el relato «Un lugar llamado barrio». Consigue así Gonzalo, mezclar dos velocidades de manera simultánea a sus historias, y haciéndolo, no existe descompensación del paso, ni cacofonías visuales o auditivas (germen, quizá, de lo que después experimenta con «Mujeres heridas»). Esas dos historias personales de los dos actores ocasionales, anteceden y ponen el punto final a un segmento intermedio, el momento de la anécdota, del recuerdo vivido por cada uno de ellos, es el momento de rememorar a Silvio Melgarejo, al mundo del boxeo, las motos que funcionan como representación icónica de una virilidad a punto de salir de la pantalla en cualquier momento, es la pausa de la conversación en medio de dos monólogos, es como el corto mudo de «Cléo de 5 a 7«, o los momentos musicales que Carax introduce en su cine, una manera de descomprimir y relajar al espectador sin, por ello, romper la unidad del relato porque se inserta en el mismo con naturalidad y sentido.

Gonzalo García Pelayo.
Gonzalo García Pelayo.

No recuerdo que Gonzalo haya hecho ninguna otra película sin mujeres. Mentadas o citadas como anécdotas de la historia, pero nunca presentes en esta reconstrucción fílmica de la memoria de unos tiempos idealizados de un Madrid que, puede, que no llegara a existir como se ha mitificado posteriormente; sólo hombres dialogan o monologan sobre si mismos, a veces con estereotipos de crecimiento personal basados en el cliché de la fuerza, del pundonor, del sufrimiento, de que lo que no ha acabado contigo te hace «más hombre», te ayuda a ser más fuerte. Por eso «Sobre la marcha» se construye sobre la crónica de fracasos que, pasado el tiempo, no fueron tan graves como se pensó en el momento de sufrirlos, pero que, pasados más de 30 años, se evocan como el momento en que unos jóvenes aprendieron a remontar de la nada para quedarse en algún otro sitio. Hay que hacer el camino para poder contemplar que se ha llegado y no se ha abandonado a la mitad. En ese camino, sobre todo el de Javier y el de sus contemporáneos (excelente el momento con Alberto García Alix, por ejemplo), mucha gente se quedó antes de tiempo como consecuencia de las drogas; en el atropellado discurso inicial de Javier se viven esos comienzos de indiferencia en busca de un placer momentáneo que, a muchos, ocasionó su desaparición, por eso no existe tal aparente desconexión entre las partes de la película, ni éstas son un apelmazamiento de anécdotas del pasado. En su parte central, la «parte musical» y más de recordatorio personal, sobrevuelan esos fantasmas que, vistos desde ahora, quizás nunca hubieran sido iguales de no volar ayudados por otras sustancias. Para los que quedaron, ese recuerdo se vive con el dolor de la pérdida, pero también con el alivio del sobreviviente. No es una película ligera ni atropellada, es una película de lógica implacable y coherencia interna absoluta, únicamente que el material que une las piezas no es pesado ni inamovible, sino sutil y melancólico, un pegamento ligero que soporta todo el peso sin impedir su fácil demolición si es necesario. Es el tiempo, y su paso, el que permite conectar cada una de las historias, ya sean recientes o pasadas, y ahí, esa libertad que Gonzalo concede al discurso, pero que obedece también a una planificación estudiada, proporciona a las imágenes ese tono amateur e imperfecto que tanto me gusta de su cine, una libertad formal que permite identificar su cine como muy personal, como algo con sello propio.

No hay comentarios