Todos tenemos la vivencia de la tensión y el miedo que se pasa cuando nos invade un sueño, que nos somete a riesgos imposibles de superar. En estos casos, se agradece el despertar que sobreviene cuando estamos a punto de ser aniquilados, arrollados por el propio sueño. En estas situaciones no nos salva ni el método, ni aquel principio racionalista que decía que todo lo racional es real y que todo lo real es racional, porque, en el propio sueño, ¿dónde estaba lo real y lo racional? Antes bien, lo que la propia razón nos presenta como irreal, en el sueño nos atrapa y nos acongoja, o sea, que lo sentimos como lo real. Los sueños, sobre todo los sueños malos se presentan como irracionales, pero los sentimos como reales, por eso la racionalidad no nos salva de ellos, porque “la razón sólo puede saber” (Schopenhauer) pero no sentir.

Si la vida fuera el pasaje de la racionalidad, su discurrir sería previsible y hasta seguramente deseable. Todo transcurriría como una relación lógica, como la que existe entre la causa y el efecto o como el devenir del espíritu hegeliano, de una dialéctica imparable y previsible que progresa, es decir, que crece y crece positivamente hasta convertirse en lo absoluto, en lo objetivo y real. Hasta se podría inventar un paradigma e incluso un algoritmo que desvelaran lo acontecido y olvidado o no conocido y permitieran prever cuanto fuera a suceder. Pero el discurrir de la vida lo creamos las personas, esos animales racionales según decía Aristóteles, y que nos empeñamos en defender en las tertulias y debates, pero en quienes se entremezclan de una manera imprevisible pinceladas de racionalidad con impulsos irracionales de todo tipo, y así nos va, que no nos entendemos ni nosotros mismos. No hay poeta sin locura, decía Cicerón de Demócrito y de Platón. Hasta la inspiración, que podríamos suponer como el fruto del trabajo y el esfuerzo, aparece, según Horacio, como una locura amable -amabilis insania-, en la que se entremezclan la genialidad y la locura. Ni siquiera para entender lo que sucede resulta útil la diferencia aristotélica entre razón teórica y razón práctica.

¿Cómo entender, desde aquí, a Donald Trump y a sus votantes? ¿Cómo entender a los populistas, a los salvapatrias y a sus votantes, sean norteamericanos, españoles, franceses o de cualquier otro lugar? No es la razón la que crea monstruos sino la que es incapaz de entenderlos y comprenderlos, precisamente por la irracionalidad que los caracterizan. Donald Trump nos ha sorprendido hasta el momento firmando decretos día a día con los que trata de cumplir sus promesas electorales más discutibles y rechazables, unas promesas que, como el uso de la tortura, la eliminación del sistema sanitario público, la prohibición de entrada de los musulmanes o la construcción del muro que separe a Estados Unidos de México, se oponen a los derechos humanos y, simplemente, a la racionalidad. Trump quiere salvar a los Estados Unidos y hacerlos grandes de nuevo rompiendo con su propia historia y enfrentándose al mundo y a buena parte de sus propios conciudadanos, algo que suena a irreflexión y falta de inteligencia, si no a algo peor. Las relaciones interpersonales, intergrupales, internacionales, sean económicas, culturales, religiosas o de cualquier otro tipo, son complejas y con frecuencia difíciles. La construcción de una sociedad justa, que constituye el objetivo del trabajo del político, que es alguien que debe trazar caminos y proveer de cauces y recursos para construirla, es siempre compleja y difícil. Exige, al menos, mirada profunda, horizonte amplio, abarcable y bien definido, ideas claras y bien fundamentadas, conocimiento de la realidad y de la historia, además de honestidad, respeto, diálogo, equilibrio, buen sentido, empatía y humildad. Pero cuando se vota no siempre se acierta. Ni la verdad ni lo más conveniente caen necesariamente del lado de las mayorías; ahora bien, política y éticamente es preferible el juego de las mayorías que resultan del voto de los ciudadanos que el hecho de que alguien se imponga a los propios ciudadanos por la fuerza. El posible error de las mayorías se corrige mediante el voto, mientras que la imposición se sirve del sometimiento, solamente produce sufrimiento y suele llegar a través del derramamiento de sangre. Si al menos Trump fuera un ilustrado, podríamos pensar que quería hacer bueno aquel eslogan del Rey Sol francés que decía “todo para el pueblo pero sin el pueblo”. Pero hay una distancia infinita entre un ilustrado y un iluminado, que puede acabar haciendo suyo aquel verso de Ovidio que decía: “Veo lo mejor y lo apruebo, pero sigo lo peor” -video meliora, proboque, deteriora sequor-.

Vivimos engañados y, cuando el engaño guía nuestros pasos como ciudadanos y éste se traduce en decisiones políticas, como por ejemplo mediante el ejercicio del derecho al voto o, en su caso, a través de la toma de decisiones desde un puesto de responsabilidad, aquel engaño, que induce al egoísmo, se traduce en daño y sufrimiento para los demás. Trump no ha emergido de la nada ni ha sido impuesto por alguien extraño, preside los Estados Unidos porque ha sido votado por aquellos ciudadanos norteamericanos que han creído que representa su concepción de la vida y han confiado en él. Y, por más que nos pese, Trump no es un lobo solitario, pertenece a la misma manada de la que forman parte las grandes fortunas, los fondos de inversión, las compañías eléctricas, las multinacionales de todo tipo y quienes niegan el cambio climático, y quienes utilizan la mentira, y quienes defienden la desregulación, y quienes lo fían todo al mercado, y tantos y tantos otros, que utilizan la inteligencia para servirse del poder y satisfacer sus intereses, convirtiendo la razón y los sentimientos nobles y buenos en el enemigo a combatir y destruir.

Trump es tan antiguo y, por desgracia, tan intemporal como el combinado que forman la simpleza, la ignorancia y la maldad, piedras angulares, entre otras cosas, del populismo. Los dorados con los que se adorna no son sólo una expresión de vulgaridad y de mal gusto sino la expresión de la simplicidad y superficialidad de su pensamiento, de su concepción de la vida como espectáculo, cuyos trampantojos, aunque no sean de oropel dorado sino de oro de verdad, esconden un mundo de oscuridad, alejado de, si no contrario a los derechos humanos, maloliente e injusto. Como si formara parte del darwinismo social e hiciera bueno el determinismo sociológico, parece que Trump -y Putin y Farage y Le Pen y Orbán y… tantos y tantos otros que son y, con perdón de Fray Luis de León, en el mundo han sido- da la razón a Herman Hesse, cuando en El lobo estepario, dice que “siempre ha sido así y siempre será igual, que el tiempo y el mundo, el dinero y el poder, pertenecen a los mediocres y superficiales, y a los otros, a los verdaderos hombres, no les pertenece nada. Nada más que la muerte”. Será cierto que la vida es “una cacería cruel en que nos vamos devorando los unos a los otros”, como decía Pío Baroja, siguiendo a Schopenhauer. Visto lo visto y aunque me duela decirlo, parece que la estupidez solamente parecía un sueño del pasado, pero habita entre nosotros.

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