Un ruido rompe el silencio, el abrazo amoroso nos ha pasado inadvertido, el arropamiento en una fría noche también, incluso la mirada vigilante del padre no ha notado nada extraño. A ese ruido de algo que se rompe, le sigue un grito. Cuando te despiertas ya nada sigue igual que antes, tu padre se marcha con la policía, no puedes entrar en el dormitorio de tus padres, la ausencia de la madre, oculta bajo la idea de una enfermedad explota en todo su dolor cuando se te informa de que ha muerto de repente. Un adulto oculta un ejemplar del periódico entre los libros. Estamos a finales de los 60 y el verano anterior has bailado con tu madre, has jugado y disfrutado antes de que esa mirada se haya empañado y haya perdido la alegría. Sigue siendo tu madre, pero tu madre ha cambiado, suena Domenico Modugno y suena «Resta cu,mme», juntos, abrazados, sintiendo cómo el amor de tu madre te traspasa y te protege. Solos en la noche veis películas de terror, «giallos» en los que proteges a tu madre y ella se sonríe, donde un personaje como Belfagor te fascina. La figura paterna parece ausente, inexistente, tanto para tí como para tu madre. Cuando llegue el momento de la despedida definitiva no la vas a asumir, no puedes aceptar que tu madre se haya ido sin despedirse, así que no es cierto que no vaya a volver, no se lo podrías perdonar.

 

Título original: Fai bei sogni.

Italia. 2016. 134 minutos.

Dirección: Marco Bellocchio.

Guión: Valia Santella, Edoardo Albinati y Marco Bellocchio, basado en una novela de Massimo Gramellini.

Dirección de Fotografía: Daniele Cipri.

Música: Carlo Crivelli.

Montaje: Francesca Calvelli.

Productores: Beppe Caschetto.

Productor ejecutivo: Simone Gattoni.

Diseño de producción: Marco Dentici.

Compañías productoras: IBC Movie, Kavac Film, RAI Cinema, Ad Vitam Production, Ministero per i beni e le Attività Culturale.

Intérpretes: Bérénice Bejo, Valerio Mastandrea, Fabrizio Gifuni, Guido Caprino, Barbara Ronchi, Emmanuelle Devos.

Director de largo recorrido, Bellocchio suma películas, 46 entre largos, cortos y obras para televisión, desde 1961 hasta la actualidad, manteniendo un ritmo creativo constante pese a acercarse a los 80 años de edad, con presencia intermitente en las pantallas españolas, que lo mismo estrenan dos consecutivas como dejan pasar las tres anteriores a «Felices sueños» sin ninguna razón aparente. Es posible, o a mí me lo parece, que Bellocchio haya perdido el pulso suficiente para mantener su excelencia durante dos horas, que caiga en digresiones innecesarias que, pretendiendo remarcar la evolución de un personaje, distraigan del hilo fundamental a fuerza de añadir anécdotas insustanciales, cuando en otros pasajes se opta por la elipsis brusca que reencuentra a dos personajes sin nada común que se sepa, como si se conocieran de toda la vida. «Felices sueños» es una frase de despedida, un adios no oído que se interioriza como un deseo imposible de realizar. El futuro de Massimo estará marcado de manera indefectible por el extrañamiento sorpresivo producido por esa ausencia irremplazable. En sus relaciones con mujeres, Massimo atenderá más a lo maternal que a lo amoroso, en la búsqueda de lo perdido, y por eso intentará ser abrazado por la mujer que le cuide tras la muerte, o abandonará a una novia demasiado joven y en la que aprecia más una hija que una madre o una mujer maternal. Massimo echa en falta ese abrazo nocturno, ese calor que traspasa la ropa y se introduce en tu espalda garantizándote un descanso reparador, Massimo lo busca, pero no es fácil sustituir a aquello que se ha perdido sin respuestas.

«Fai beni sogni» es una película sobre el miedo, el miedo que provoca una ausencia y que obliga a inventarte un aliado invisible al que ofrecer tu alma a cambio de protección, el miedo a preguntar la verdad (quizás éste uno de los puntos más débiles de la historia, mantener una duda durante 40 años que sería muy fácil resolver si hubiera verdadera voluntad en el personaje, y menos aún su reacción infantil al conocer lo que sucedió esa noche), el miedo a convivir con un padre al que se culpa en la distancia, identificado con un Napoleón que sojuzga Turín (ciudad donde se desarrolla gran parte de la acción, broma histórica acertada). Massimo se transforma así en un ser neutro, perdida la seguridad que le otorgaba una persona concreta, su futuro deriva hacia la introspección, la tristeza, la angustia; como el ataque de pánico que le hace llamar a un médico que, en vez de enviar una ambulancia, trata al paciente por teléfono, «me estoy muriendo» dice el personaje aunque realmente lleva muerto mucho tiempo, tanto como el que ha transcurrido desde la desaparición de la madre, episodio que permite, finalmente, que Massimo alcanza ese abrazo reparador que tantas décadas lleva echando en falta.

Fotograma de la película.
Fotograma de la película.

Contada en tres momentos diferentes, la niñez, la adolescencia y la edad adulta de Massimo, es la infancia la que crea al personaje, la adolescencia la que le enfrenta con la maternidad de sus compañeros y con la búsqueda de una fe falsificada que le proporcione respuestas y le devuelva el recuerdo de una madre ausente, y la edad adulta la que le hace deambular entre la muerte ajena con la misma ausencia de sentimientos con la que enfrenta sus relaciones personales (dos episodios, 1992 y 1993 en una mansión de un presidente futbolístico y en pleno sitio de Sarajevo, que producen un bajón de ritmo innecesario), hasta conseguir ese momento catártico en el que Berenice Béjo (surgiendo de la nada en una elipsis que el espectador ha de rellenar y recrear para que no parezca absurda) despierta en Massimo el mismo efecto que la madre ausente cuando se baila el twist en una fiesta familiar. Como en el baile de la escena inicial, Massimo comienza tímido y torpe pero culmina el baile acaparando las miradas y derrotando su introversión para transformarse en el protagonista absoluto.

Son tres momentos decisivos para entender la evolución del personaje, momentos espléndidos que recuerdan al mejor Bellocchio, pero como en sus últimas películas, demorados por una longitud excesiva de metraje que hubiera precisado de alguna poda. Referencias visuales demasiado evidentes a la última película de Nanni Moretti, «Mia madre», tanto en el tratamiento de los espacios interiores (pasillos, muebles, libros, recuerdos visuales en objetos, la ausencia remarcada por el vacío de una casa), como en la escena del baile que termina monopolizando la más que solvente interpretación de Valerio Mastandrea y que recuerda demasiado a John Turturro en la misma tesitura. Si «Mia madre» y la película del propio Bellocchio «L,ora de religione» hablan del recuerdo de una madre muerta en la vejez, «Felices sueños» se reivindica desde el recuerdo de una figura mitificada que extiende su influencia hacia el futuro sin estar presente. Si en «L,ora de religione» el personaje que interpretaba Sergio Castellito ajustaba cuentas con la intimidad familiar de su madre pese a su proyección pública, en ésta su, hasta ahora, última obra, Bellocchio reivindica la idealización de unos años y cómo esa ausencia también provoca un efecto castrador en el hijo. En el lenguaje cinematográfico de Bellocchio se aprecian tics de su época de los 70-80 a los que no está dispuesto a renunciar, algunos siguen siendo efectivos, otros, por su redundancia terminan quitando importancia al conjunto, como esas idas y vueltas sobre la muerte y el momento exacto de la misma, los regresos y progresos en el tiempo que terminan siendo molestos, más que evocadores, cuando el personaje infantil ya ha quedado superado por la narración, o la manipuladora y hasta vergonzante escena de la confesión pública de su vacío en el artículo del periódico, o ese retrato autoritario sin sentido de la figura paterna que, en ningún momento, ofrece a Massimo un mínimo respiro. La película es recomendable, sin duda, pero tiene altibajos notables que lastran el resultado final.

No hay comentarios