Una de las imágenes más icónicas del comunismo en el siglo XX fue la de la toma del denominado Palacio de Invierno, residencia de los zares desde los tiempos de Pedro El Grande. El cineasta soviético Sergei Einsenstein contribuyó, con su afamado montaje de atracciones, a trasmitir la idea de que se trató de un acontencimiento capital en el desarrollo del devenir de la historia de la humanidad. La toma del palacio representaba el fin de un orden caduco, el del capitalismo burgués, y su sustitución por la utopía del socialismo real, donde la autocracia de los zares era remplazada por un supuesto gobierno popular. La toma del palacio de invierno representaba una especie de metonimia política. Es decir se tomaba una parte (un palacio) por un todo (el orden político opresor de los zares rusos). Ahí precisamente residía el valor simbólico de este conato de coup de etat, que fue más simbólico que real, pues la verdadera revolución se produjo simultáneamente, mientras se celebraba el segundo congreso panruso de los soviets donde la minoría revolucionaria bolchevique forzó la salida de los posibilistas partidarios del gobierno de Kerensky.

El fracaso del llamado “socialismo real”, víctima de la misma autocracia que buscaba remplazar, llevó a que la izquierda revolucionaria tuviera que buscar otro mito fundante del fin de la alienación capitalista. Lo encontró en la protesta estudiantil parisina de Mayo de 1968. Con este nuevo “asalto” del orden burgués no se buscaba tomar tanto lo que los marxistas clásicos llaman “superestructura”( palacios y centros de poder) como apoderarse del orden símbolico del lenguaje. Gramsci teorízó sobre la importancia de apropiarse de sentido común de la gente para llevar a cabo la revolución socialista. Precisamente es en el lenguaje donde reside ese repositorio que conocemos como sentido común y que aglutina nuestras creencias y convicciones más profundas sobre lo social, lo político o lo económico. Los instigadores intelectuales del 68 francés (Foucault, Deleuze, Derrida....) se caracterizaron por destronar al sujeto de su posición privilegiada para entender lo socio-cultural y convertirlo en un producto del propio lenguaje

Aunque en principio el Mayo Francés fue catalogado como un gran fracaso ( los 70's y los 80's supusieron el triunfo global del neoliberalismo), en realidad dio a la izquierda un gran éxito a medio plazo, en lo que Deleuze cataloga como micropolítica molecular. Las estructuras de lo que entedemos como el ámbito de lo cultural pasaron a ser interpretadas según los esquemas del llamado marxismo cultural, popularizado por la escuela crítica de Frankfurt.

Este triunfo cultural no se ha visto traducido en una hegemonía institucional de las ideas de izquierda salvo en el ámbito latinoamericano (que merecería un análisis diferente). ¿Cómo es posible que siendo las ideas de izquierdas hegemónicas en el ámbito de la cultura, esto no se traduzca en cambios económicos e institucionales a nivel global?.

La razón fundamental es que el marxismo cultural, del que el 68 es hijo indiscutible, es fundamentalmente una revolución semiótica, que desestabiliza, descentra y multiplica los significados de lo real, se apropia de ellos y los da un sentido enteramente diverso. La izquierda semiótica es fundamentalmente antiesencialista y por ello fundamentalmente suceptible de poder compatibilizarse con el capitalismo. Éste se caracteriza por su capacidad de desesencializar la realidad, abstrayendola de sus referentes y conviertiéndola en un puro flujo y devenir al servicio de la reproducción del capital.Nada más útil al capitalismo que privar a las cosas de su significado, de su valor de uso y convertirlas en puras equivalencias abstractas de un valor de cambio, fijado arbitrariamente ( la famosa mano invisible ) según los intereses de una clase dominante.

Que el neoliberalismo haya absobido a las izquierdas semióticas en su seno es consecuencia de lo anteriormente descrito. La izquierda semiótica no sólo es inofensiva para el capitalismo, es que además presenta enormes oportunidades de expansión para el mismo. Sólo hay que ver como el ecologísmo, el feminismo, o el movimiento LGTBi se han convertido en nuevos nichos de mercado, “nobles causas” que permitrían al capitalismo ocultar su dominación y ennoblecer sus actividades empresariales. Starbucks abraza el “welcome refugees” y decide emplear refugiados (¿En qué condiciones?, ¿con qué finalidad?). El establishment de Hollywood se presenta más diverso, más “racial “y menos “patriarcal” que nunca, denuncia los excesos de Trump, mientras que su activismo oculta un mensaje que trasmite valores de apropiación capitalista.

Lo dicho no quiere decir que no existan multitud de subalternidades derivadas del modo de producción capitalista. Todas son consecuencia de una explotación principal del capital sobre el trabajo asalariado. Afirmar esto no implica tampoco caer en el esencialismo que denuncian muchos postmarxistas, en la medida en que sus planteamientos populistas lo que vienen a defender es un universal pragmático. Un particular que al poder articular una lógica de la equivalencia ejerce como una especie de universal camuflado. Ya sea este la indefinida categoría de “pueblo” o la mujer, como defiende Silvia Federici, de cuya opresión histórica nacería el capitalismo. Incluso los no esencialistas reconocen que sin una categoría amplia de opresión o dominación no puede haber subversión del orden capitalista. Lo paradójico es que no han sido los asalariados hollywodienses de Dolce y Gabbana los que han “liquidado” el TTIP. Ha sido el populismo nacionalista de Trump. La clase obrera clásica, ese “particular” no representado por los nuevos universales semióticos de la izquierda posmoderna, se ha dejado seducir por quien ha asumido su retórica y su problemática. Hasta Bernie Sanders ha tenido que reconocer que el establishment demócrata está tan obsesionado con seducir a los diferentes que se ha olvidado de que la opresión del sistema es igual para tod@s.

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