Una amiga, avezada en el arte de comer, dormir y viajar por el mínimo precio posible, se presentó en una ocasión con una caja vacía de pizza congelada a fin de repetir una estrategia que hasta entonces le había valido tres cenas con diferente compañía. El plan era sencillo: dentro del cartón había escrito un código que se añadía a un formulario online en la página web. La recompensa de completar todos los datos que este solicitaba era un bono  con el que se podía acudir al supermercado más cercano y elegir el refrigerio favorito ‒pollo, champiñón o piña, todo depende de lo nefasto que sea el gusto de quien consume‒ empaquetado en su envoltorio con su respectivo  número impreso para la próxima petición de comida gratuita.

No es necesario ser especialmente suspicaz con las intenciones de las compañías privadas para reconocer que toda estrategia de marketing cuenta con unos objetivos positivos para la marca y siempre más beneficiosos que el gasto que se produce a cambio, en este caso pizzas gratis. O de una forma más simple, y apelando al refranero popular, nadie vende duros a cuatro pesetas. Y si en este caso el aperitivo italiano cuesta el equivalente a 0,024 céntimos de euro, los 0,0301  corresponden al valor de los datos personales.

La susodicha amiga, que al encender el ordenador ya salivaba pensando en el sabor a carbonara, comenzó a recitar la información solicitada: dirección postal ‒lógico, a algún lugar han que enviar el boleto‒, nombre, apellidos, correo electrónico, e incluso DNI.  Al impreso solo le faltaba exigir el número de la seguridad social y tal vez el grupo sanguíneo para obtener una más que completa base de datos sobre el consumo demográfico de pizza, un hecho que a ella,  por la manera en la que rogaba que le dejara mi carnet de identidad, parecía no importarle demasiado:

— ¡Pero que es gratis!— recordaba.
— No te preocupes, te doy el euro que cuesta y te invito a una— en ocasiones parece positivo intentarlo por la vía diplomática.
— Cuestan tres euros…

En 2003, Andrew Shapiro se preguntaba si poner la privacidad en venta supondría una resistencia en pro de la intimidad personal o la venta de esta información. Catorce años después, la historia de una pizza gratuita arroja luz sobre el debate, y es que los datos personales se venden (al módico precio de tres euros). Un hecho que confirmaría las peores sospechas del autor de El mundo en un clic: cuando la privacidad pertenece al dominio empresarial y el peso de su negociación recae en sujetos individuales, la defensa de esta resulta fútil. Y la razón principal de esta ineficacia es que cada circunstancia individual supone una negociación diferente entre la empresa y la persona que solicita la comida en este caso.

El profesor de The Berkman Center for Internet & Society en Harvard advierte que esta situación puede además suponer la creación de desigualdades entre diferentes ciudadanos y ciudadanas. Así, serán aquellos estamentos económicamente más desfavorecidos quienes se posicionan en una situación más perjudicial, pues a ellos les resulta más complejo negarse a aceptar una pizza gratuita o llegar a pagar por mantener su información secreta, en el peor de los casos.

La hipótesis de Shapiro recuerda a la propuesta cinematográfica In Time, película sobre una sociedad en la que el tiempo se ha convertido en la nueva moneda de intercambio. En esta distopía futura los  estamentos más pobres corren en busca de minutos que los permitan subsistir un día más, mientras que las clases adineradas cruzan fronteras a cambio de los años  de vida que les sobran. Y si el tiempo es oro, el dicho parece también aplicable a la venta de datos en Internet. FDVT: Personal Data Valuation Tool For Facebook Users (http://fdvt.org/) es una herramienta diseñada por tres ingenieros de la universidad Carlos III de Madrid, que permite conocer de forma individual el dinero que genera la navegación en esta red social, cada vez más alto según se aumenta la duración de la actividad en ella.

Tal vez algún día Justin Timberlake y Amanda Seyfried se conviertan en una especie de Robin Hood del ciberespacio cuya misión consista en robar bases de datos de grandes corporaciones (incluidas las alimentarias) para distribuir su información entre los y las internautas hasta equilibrar el conocimiento que cada entidad acumule sobre el resto de la ciudadanía digital. Mientras tanto, parece que no queda más remedio que gastar tres euros si se desea cenar pizza.

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