“Madre, qué lejos estoy de todo”. Gaspar Hauser.

Se dice que la fe del converso suele ser la más militante, la más proactiva, la más excluyente, la más proselitista. Queriendo demostrar que se es tan creyente como el que lo ha sido toda su vida, se corre el riesgo de extremar las manifestaciones públicas de adhesión, y al tiempo, de mostrar una animadversión basada en cierta superioridad espiritual respecto de aquellos que no comparten esos idearios, que terminan siendo absolutos y absolutistas. Pero “converso” también es la forma verbal del presente del verbo “conversar”, y la conversación es fundamental en esta película. Arratibel se propone explorar esos caminos de conversión-conversación que, por un lado le han terminado separando de su familia y por otro le intrigan, realizando un camino que procura conseguir el entendimiento entre diferentes, una aceptación neutral que permita retomar la naturalidad en el conjunto de una familia que ha sufrido un proceso de distanciamiento comprensible desde el momento en que las dos hermanas y la madre del director reencuentran la fe. Porque no es tanto una conversión lo que se nos cuenta, sino una recuperación de una fe que nunca se ha dejado de tener, la verdadera conversión es la del director, descubriendo y tendiendo a aceptar aquello que tanto rechazo le produjo, sin, por ello, cambiar su visión de la religión y su irracionalidad, al menos de momento, hablar sobre lo que no aceptaba, al menos para acercarse a su familia.

Converso

Producción: Zazpi T'erdi y Filmotive.

Producción ejecutiva: David Arratibel, David Aguilar y Pello Gutiérrez.

Productor Filmotive: Iñaki Sagastume.

Dirección: David Arratibel.

Guión: David Arratibel.

Fotografía: David Aguilar.

Montaje: Zazpi T'erdi.

Sonido directo: Pello Gutiérrez.

Mezclas de sonido: Xabier Erkizia.

Música: Raúl del Toro.

Intervienen: Raúl del Toro, María Arratibel, Pilar Aranburo, Paula Tellechea

“Converso” es la única participación española en la sección oficial de largometrajes de un festival admirable, Punto de Vista, en Pamplona. Uno de esos pequeños festivales especializados que consiguen su prestigio por la calidad de las películas seleccionadas, alejado de alfombras rojas, de nombres conocidos por el gran público, que se mantiene apartado de las grandes distribuidoras y de las salas comerciales. En definitiva un festival que gana prestigio año tras año gracias a lo importante, el cine, y no gracias a lo que se vende o se publicita, consiguiendo reunir en sus proyecciones a un conjunto de distribuidores, festivales, prensa y público que conforman un núcleo de resistencia, cada vez más activo y más beligerante, que desea, también, una conversión de los modelos dominantes. Huir del modelo de festival caduco, esos contenedores de centenares de películas sin criterio de selección definido y que sobreviven como mastodontes a mayor gloria del político que piensa en términos de rentabilidad más que de calidad cinematográfica, rentabilidad que suele ser solo local y que ahuyenta a todo profesional alternativo. “Punto de Vista”, “Alcances”, “Documenta” o “Márgenes” son el tipo de festivales que nos mueven a los conversos del cine español, y películas como “Converso” facilitan mucho este proceso personal en la búsqueda de otros diálogos dentro de una obra de arte.

Arratibel comienza su película hablando de una cosa para trasladar el diálogo a lo que verdaderamente le interesa, escarbar dentro de su familia las razones por las que, siendo creyentes o no, sus hermanas, cuñado y madre progresan de tal manera en sus creencias, pasando de seres pasivos o semiagnósticos, a militantes fervorosos de la única fe verdadera. No hay engaño en el planteamiento, sí hay sorpresa en el cuñado cuando, de repente, mientras se habla de música, de órganos, de vivir esa música desde el ateísmo o la creencia absoluta, se pega el giro absoluto y se le pregunta sobre la conversión de su hermana, “esto no me lo esperaba”, un zas absoluto que no incomoda, no molesta, no desencaja al interlocutor del director, porque, en el fondo, ese mundo tan personal, tan absorbente como el de vivir todos los actos de tu vida directamente encaminados hacia un sentido espiritual y religioso ya estaba quedando plasmado en la entrevista; así que, preguntar directamente, no es sino permitir a la persona expresar libremente los inicios y la progresión, que se explique y nos explique, sin imposiciones ni intentos de hacernos partícipes de su situación personal.

Fotograma de la película.
Fotograma de la película.

La película fluye poco a poco, no se juzga, ni existen intentos, a la familia por su pensamiento y su evolución, es todo lo objetiva que un relato personal permite y lo suficientemente imparcial como para no tomar partido. El director va entrando en escena poco a poco, primero no llegamos a verle en las imágenes, después aparece por las esquinas, como un busto que escucha y apenas habla, pero la inevitable confianza que le une a su familia termina por convertirle en un personaje más, y tiene que ser así porque es quien más necesita esa conversación pendiente. Entendemos mejor la desesperanza del director que el comportamiento del resto de la familia. Desde la figura ausente y que se antoja dolorosa, de un padre que murió y se divorció de la madre, y que para Arratibel sigue muy presente, la figura de la madre se convierte en el contrapunto necesario para que el documental, como ella muy bien dice, no termine transformándose en un exorcismo a lo Panero que saque los fantasmas ocultos de esa familia. El director huye conscientemente de ese paralelismo y lo evita con solvencia, apreciamos ese intento de ofrecer respeto por opciones diferentes, limitándose a conversar, diálogos o monólogos (con su hermana mayor y su cuñado son casi monólogos, verdaderos dogmas religiosos transformados en gestualidad de convencimiento absoluto sobre las bondades de la fe) en los que, sin embargo, también se advierte esa sensación de menosprecio intelectual hacia el no creyente, como si superada la duda, alcanzado el misticismo máximo de la fe, llegado el momento de convencerse que Dios existe, todo aquél que lo niega tiene un problema y hay que ayudarle a solucionarlo. “El ateísmo es insostenible desde la razón”, una frase que juega como un sofisma porque desde la razón es posible sostener que lo insostenible es la fe, que justo es lo menos razonable de un creyente porque no admite explicación científica, diatribas intelectuales ajenas al propósito del documental, en cuyo seno lo que se trata de justificar es un acercamiento, una explicación para quien se ha mantenido inamovible en sus creencias o en su falta de ellas, de los porqués que han llevado a esa cambio brutal de relaciones en el seno de un grupo pequeño que a él le ha terminado por excluir, por hacerle sentir un vacío incómodo e injusto donde antes se encontraba su hogar.

Lo que la película inicia presentando como un mundo que separa, que distancia a las personas por planteamientos vitales tan divergentes, consciente o inconscientemente, se transforma en un conjunto armónico donde lo importante es el núcleo más allá de las opiniones personales de cada uno. Por eso ese acto último, el noveno capítulo de la película, “Armonía”, consigue ese momento único en el que los cinco personajes son capaces de unir esfuerzos, cada uno desde su posición ideológica, de su modo de vivir la religiosidad o la falta de ella, para crear algo muy hermoso (aunque tenga su parte de ficción disculpable), porque más importante que la conversión ha resultado ser la conversación para conseguir entender, o aceptar, al que piensa distinto. En ese cruce de opiniones se demuestra que, quizás, todos ellos han sido irracionales en un momento dado, uno por no querer saber ni querer entender, otros porque “nos sobró soberbia” como dice la madre. Los lugares comunes, las ideas predeterminadas, los prejuicios, jugaron en contra de esta familia que, gracias al cine, consigue encontrar un punto de conexión para reanudar un camino suspendido. Con las primeras imágenes, tras retratar admirablemente cómo vive la familia de su hermana mayor con planos certeros sobre papeles pegados en el frigorífico de la cocina, oímos a una de las sobrinas (elogiable que en ningún momento veamos a los menores) preguntar “¿por qué quiere David grabar todo lo nuestro?”. Al final de la película la respuesta resulta evidente, el espectador aceptará o no lo que ve y lo que oye, pero todo rezuma credibilidad e intimidad por los cuatro costados (hay muchos momentos, pero la grabación en el interior del coche del director y una conversación con la madre en una mesa con una luz muy cálida y muy tenue, son excepcionales); con fecha de caducidad o no, esta familia ha conseguido con una cámara lo que la no conversación les negó durante unos cuantos años.

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