En 1975, año en el que se celebró el Año Internacional de la Mujer, la ONU acordó celebrar cada 8 de marzo el Día Internacional de la Mujer. Desde ese año, conforme se acerca dicha fecha, los medios de información nos recuerdan esta conmemoración, para a renglón seguido volver a olvidarla. En una sociedad, en la que la información forma parte del lote de consumo diario obligatorio, el 8 de marzo, como el 9 de marzo, Día de la Enfermedad Renal, el 11 de marzo, Día de las Víctimas del Terrorismo o el 12 de marzo, Día Mundial del Glaucoma, para no continuar con un listado abrumador de Días Internacionales y de Días Mundiales, a pesar de ser una fecha tan significativa e importante, parece que se ha convertido en un día en el que las televisiones y el resto de los medios de información luchan por acrecentar sus cuotas de audiencia y la venta de prensa escrita. Además, vemos cómo decenas de famosos, que durante el año viven de vender su imagen, aprovechan la relevancia y significatividad de la fecha para dejarse ver y oír, y juegan con frecuencia con un feminismo impostado. Mientras tanto, las cifras y los hechos, que demuestran la discriminación y la violencia que sufren las mujeres en el seno de la sociedad española, europea y mundial, son demoledores. Ahora bien, a pesar de las críticas que cabe hacerles, los medios de información cumplen la función de sensibilizar a la sociedad, aunque esto no sea suficiente.

Ninguna actitud o conducta machista es aceptable o justificable, pero la vida diaria está plagada de actitudes machistas leves, que no matan pero perpetúan la discriminación, y graves, que atentan contra la vida de las mujeres y hasta las matan. Hay conductas machistas, que todavía aceptamos como “normales” y que deberían ser erradicadas, como por ejemplo la existencia de azafatas en los espectáculos públicos, como el deporte o los congresos, que imponen un modelo de mujer joven, de cuerpo bien proporcionado, simpática, delgada, elegante, callada y sumisa, cuya función consiste en adornar los actos, portar bandejas con los premios o realizar trabajos simples y secundarios, si no irrelevantes. Pensemos en las presentadoras y azafatas de programas televisión, que cambian cada pocos años, al menor síntoma del paso del tiempo, que nunca envejecen y que visten con frecuencia no sólo a la moda sino como mujeres objeto, colocando las formas de su cuerpo por encima de su mérito y capacidad. Todo esto es un signo más de la degradación moral en la que hemos vivido y vivimos, y contra la que ni siquiera protestamos.

Se nos impone la idea de que el paso del tiempo, el crecimiento económico y el acceso a la tecnología significan en sí mismos progreso, como si éste se identificara con el mero devenir y el crecimiento de elementos materiales, y quedaran excluidos los principios y los valores. Se nos vende esta idea y, sin embargo, deambulamos por un camino que no es ni recto ni curvo y llevamos con nosotros mismos el infortunio (Ana Ajmátova), porque esta idea constituye una trampa que conduce a perpetuar el inmovilismo y, hablando de la mujer, la permanencia de su discriminación y el freno de su empoderamiento.

Al cabo del año, si miramos la programación de los días internacionales y mundiales de algo, no hay fecha en el calendario que quede vacía. Hay días mundiales, por ejemplo, de la nieve, de la protección de datos, de la no violencia, del galgo, del orgullo Zombie, de la mutilación genital, de la radio, del pensamiento scout o del pistacho; hay días internacionales del libro, de la información sobre el peligro de las minas, del pueblo gitano, de los vuelos espaciales, de la Madre Tierra o del diseño gráfico, y así los trescientos sesenta y cinco días del año. El Día Internacional de la Mujer ocupa un día más, en el que los medios de información, los partidos políticos y las asociaciones de todo tipo se pronuncian públicamente a favor de la igualdad de las personas y contra la discriminación de la mujer. Nos sentimos bien con estas declaraciones solemnes, necesarias, por otra parte, y hasta tranquilizamos nuestras conciencias, pero poco hacen los empresarios, los responsables políticos y las instituciones para revertir la situación de discriminación de la mujer, despedida por quedar embarazada, ser madre y querer conciliar su vida familiar y laboral, por estar de baja o por contraer una enfermedad. El día 9 de marzo, la publicidad seguirá imponiéndonos un modelo de mujer-objeto; los partidos políticos, salvo excepciones, se resistirán a la presencia de las mujeres en sus listas electorales y en sus estructuras de poder; en las empresas seguirá habiendo un techo de granito que impida el acceso a puestos de dirección de las mujeres conforme a su mérito y capacidad; en las iglesias -tanto monta, monta tanto una religión como otra en este aspecto- la mujer seguirá condenada a ocupar papeles secundarios, siempre subsidiarios de los que ocupan los hombres; en la familia, los hombres harán méritos y se colgarán medallas cuando digan que “ayudan” en las tareas domésticas, en lugar de conjugar en su seno el verbo “compartir”; seguiremos viendo cómo la mujer cobra un 23% menos que los hombres o que sus pensiones de jubilación son un 31% más bajas -¡y es que el trabajo dedicado a la familia no es trabajo, porque no cotiza!-; que son ellas las que abandonan el trabajo para cuidar a los hijos (82%) o a los familiares en situación de dependencia (95%); o que renuncian a su carrera profesional para ser madres (60%) y, lo que es más grave, que son ellas las que padecen un mayor índice de pobreza. Y mientras tanto oiremos cómo quienes tienen que legislar se ponen medallas hablando de la conciliación de la vida personal, profesional y familiar, pero ellas seguirán donde siempre, abrumadas por el pasado, por un presente hostil y discriminador y un futuro oscuro. “Tan contentas estamos – que una extraña consideraría / Que era apenadas – como estábamos - / Porque donde – debería estar – la Fiesta / Ahí se anuncia – una Lágrima –“, se lamentaba Emily Dickinson (Ed. Sabina II, 43).

¿Cuántas mujeres tendrá que haber todavía como Mary Wollstonecraft, Olympe de Gouges, Emmeline Pankhurst, Susan B. Anthony, Clara Campoamor, Emilia Pardo Bazán, Virginia Wolf o Simone de Beauvoir para que la discriminación de la mujer se estudie como un hecho del pasado? ¿Cuántas tendrán que reivindicar una habitación propia? ¿Cuántas se verán obligadas a reflexionar sobre la discriminación como una cuestión palpitante y denunciar que la mujer es “una reclusa moral, encerrada en un corazón que no se le permite expresar”? Todos viajamos en el mismo barco, y vivimos encerrados y hasta esclavizados por los mismos prejuicios.

En un todo cualquiera, aquello que afecta a una parte del todo afecta al todo; así pues, la discriminación de la mujer, es decir, de más de la mitad del género humano, supone y conlleva la discriminación de todos los humanos y su liberación supone y conlleva la liberación también de los hombres. Luego el problema es de todos, de los hombres y de las mujeres, y su superación es responsabilidad de todos y cada uno de nosotros.

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