No es preciso tener vista de águila, ni una mirada profunda para entender que masculino y femenino -y hombre y mujer- no son sino géneros de una misma realidad -especie la llamaban los clásicos-, el ser humano. Para percatarse de esto no hay más que preguntarse por lo que significa ser un ser humano. Sin embargo, hemos heredado una concepción de la vida, que se ha sustentado sobre el establecimiento de diferencias de género, que con frecuencia creemos que se derivan de ciertas diferencias biológicas. Pero, cuando nos preguntamos por lo que significa ser un ser humano, inmediatamente desaparecen las diferencias culturales, las de género por ejemplo, y las puramente accidentales, como las relativas a las dimensiones corporales, al color de la piel, al del iris de los ojos o al del cabello. Así pues, las diferencias corporales -y las de género- no implican desigualdad respecto del ser, porque no son diferencias que atañen a la naturaleza de los seres; son, antes bien, diferencias culturales, heredadas de un pasado complejo y con frecuencia oscuro. Frente a una tradición discriminadora, ¿quién puede dudar que el hombre y la mujer son personas? ¿Quién puede negar que la mujer y el hombre son igualmente seres humanos?

La herencia cultural, más que liberadora, es con frecuencia una carga que oprime y un obstáculo muy difícil de superar. En el caso de la concepción del hombre y de la mujer y del lugar que ocupan en la sociedad, respecto de las oportunidades que tienen para su realización personal y para el ejercicio de la libertad, es decir, para determinar el lugar que ocupan en el mundo, la herencia cultural, tan mediatizada y condicionada por las creencias religiosas y prejuicios de todo tipo, ha sido hasta el presente una carga pesada que ha condenado a la mujer a su discriminación al menos desde el Neolítico.

A quienes creen que la desigualdad entre hombres y mujeres es algo natural, hay que pedirles que reflexionen sobre lo que ha significado el ejercicio de la fuerza y la violencia sobre ellas, el peso de la maternidad, que las ha condenado a reducir su horizonte al cuidado de la prole y de la casa y la negación del acceso a la cultura, a reflexionar si la casa y la familia no han significado una cárcel para ellas más que un instrumento de realización personal. No es posible la felicidad sin autonomía.

La discriminación de la mujer no ha supuesto un valor añadido al concepto de hombre sino la degradación del propio ser humano, porque ambos, hombre y mujer, se han concebido y, por consiguiente, definido a través de la discriminación como realidades puramente biológicas. ¡Como si el cuerpo, y la corporalidad como categoría, fuera el elemento o el carácter distintivo del ser humano! Desde la filosofía griega hasta nuestros días, ha existido un debate sobre lo que es el ser humano y lo que significa serlo. Hemos defendido que nos define la racionalidad, la palabra, la cultura y tantas otras cosas que, querámoslo o no, son comunes a todos los humanos, es decir, a mujeres y hombres. ¡Otra cosa es lo que hemos hecho! Al poder le ha resultado cómoda la diferencia de roles establecidos conforme al género, porque con ellos se configuraba una sociedad más simple, cerrada y, por consiguiente, más fácil de gobernar que una sociedad compleja y abierta.

Sin embargo, nos hemos solazado y seguramente justificado idealizando a la mujer. Su idealización no ha contribuido a devolverla al lugar del que nunca debió salir: a su consideración como ser humano sin más y a su reconocimiento como ciudadana de pleno derecho. La idealización de la mujer, prefigurada, por ejemplo, en el mito de Adán y Eva, en la Beatriz de Dante, en la Dulcinea de Don Quijote o en la Virgen María no sólo no han contribuido a la liberación de la mujer de su condena secular sino, antes bien, han sido piezas clave de la cimentación emocional -y no racional y menos aún científica- de su desigualdad y, a través de ella, de su discriminación. Los amores idealizados no son sino “accesos de calentura poética”, dice Emilia Pardo Bazán en su prólogo a la obra de John Stuart Mill, La esclavitud femenina (1869). Pero estos “accesos de calentura poética”, añade, “son formas de una idealidad que busca en la abstracción y el símbolo lo que {el poeta o quien idealiza}no quiso encontrar en la realidad y en la vida”.

El hombre que ve en la mujer a alguien simplemente sexuado e inferior a él mismo piensa y se comporta como un sátiro, un ser lascivo, degradado, él mismo, a la condición de cosa sexuada, a simple objeto que reduce su vida, y su ser, a caracteres puramente biológicos. De aquí al comercio con su propio cuerpo no hay más que un paso; de aquí al dominio del otro a través de la fuerza y del uso de la violencia como instrumento de dominio no hay más que un paso; de aquí a entender que la discrepancia de criterios, la búsqueda o deseo de autonomía o los deseos de libertad, que tiene la mujer y que significan una rebeldía que debe reprimirse con la fuerza, no hay más que un paso. Hemos tardado en darnos cuenta de que la discriminación de la mujer no sólo la degrada a ella sino que degrada asimismo al propio hombre, a quien discrimina, porque cosifica a ambos. “¿Habrá quien niegue que este criterio {que el hombre es superior a la mujer} corrompe al hombre, a la vez como individuo y como miembro de la sociedad?”, se pregunta John Stuart Mill (La esclavitud femenina, XXVIII). El derecho a la consideración pública se fundamenta en lo que hacemos y no en el nacimiento, y solamente aceptamos el mérito y no el nacimiento como fundamento del ejercicio del poder y de la autoridad en una sociedad moderna, dice John Stuart Mill (ibídem), democrática, diríamos nosotros. Pero ¡cuán lejos estamos todavía de esta visión del filósofo inglés!

El trabajo para contribuir a la construcción de la igualdad de las personas, el camino hacia la igualdad con independencia del color de la piel, el sexo, el género o cualquier otra diferencia, siempre puramente accidental y espuria, significa progreso moral para las personas y la humanidad. La discriminación de la mujer no se alcanzará mientras los hombres y la sociedad en su conjunto no se liberen de los mitos y prejuicios que nos tienen prisioneros. Nadie sale solo de la ceguera y la opresión. Como sucede en la naturaleza en el caso de la homeostasis biológica, la liberación de la mujer exige mucho a la propia mujer, al mismo tiempo obliga al hombre a salir de sí mismo y a liberarse del lastre cultural plagado de prejuicios que arrastra así como de la herencia que lo ha alienado y que ha enajenado a todos los humanos, tantos a los hombres y como a las mujeres.

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