Como ciudad, Valladolid no se caracteriza por la gratitud, en especial con quienes no representan posiciones de autoridad o poder, y en ocasiones, aun así. Hace no tanto tiempo recordé a Luis Pasquau, las conversaciones con él, todo su dinamismo durante años, la intensa actividad que regaló a esta ciudad, lo que algunos recibimos y el riesgo de que todo eso quedara en el olvido. Pensé que era necesario organizarle un homenaje, un recordatorio que permitiera dejar constancia del sentido de una presencia, una actividad, un tiempo y una obra que hoy no figuran en los libros de literatura, en las monografías ni en las tesis doctorales, más allá de algunas compilaciones y obras de coyuntura de la época, demasiado coetáneas para ver y analizar con profundidad. Las próximas Jornadas de Poesía en Valladolid (tradición y modernidad), programadas por el Ayuntamiento de Valladolid para marzo de 2017, con motivo del día de la poesía, me parecieron un contexto adecuado para que tuviera la necesaria proyección, para evitar que se convirtiese en un acto de alcance sólo para los próximos. La poesía en Valladolid no ha surgido hace cuatro días. Valladolid tiene una memoria, una memoria poética y plural, de la que Pasquau es parte. Y quienes no estaban en ese momento en Valladolid difícilmente la conocerán si no la hacemos expresa. Y la memoria tiene una enorme importancia porque establece nuestra identidad. Como siempre sucede, la Historia suele contarse por los vencedores, pero a veces cabe adoptar una decisión de voluntad e invertir la práctica usual y, como decía Walter Benjamin, contar la historia desde la perspectiva de los perdedores (“pasarle a la historia el cepillo a contrapelo”), de forma que la Historia será otra.

Conocí a Luis Pasquau en la primera reunión a la que asistí de poetas y artistas, allá por el año 1983 u 84, para hacer una revista literaria. Fue, para mí, casi como la primera reunión de célula de la que hablaba en un famoso poema Roque Dalton (pero sin llover ni leer ningún folleto de Lenin, aunque hubiera fundadores --y miembros-- de confederaciones y sobre todo de revistas). Yo no tenía ni veinte años. Luis lanzó una arenga político-literaria. Él era el mayor. Consiguió conectar con los asistentes. No recuerdo exactamente lo que dijo, pero sin duda hablaba de literatura, de la revista y del “sistema”. Tenía poder de convicción, lanzaba argumentos, era insistente. Creo que aún no usaba su sombrero característico, que a mí me haría pensar con el tiempo en Joseph Beuys, el artista alemán. La revista no llegó a nada, no salió, como tantas otras planificadas y muertas antes de empezar, pero nos puso en contacto a mucha gente dispar que más que escribir o crear, queríamos poder escribir o crear. Mario Pérez Antolín, Luis del Álamo, Clara Calvo, Luciano Abejón, Mauricio Herrero, Julio Toquero; seguramente también (no lo recuerdo pero es plausible) Mar Samos, Luis Santana, Eduardo Fraile o Carmen “La Marquesa”, etc. estábamos allí expectantes para encontrar un sitio donde poder decir o mostrar lo que hacíamos y lo que queríamos hacer. Aquella reunión fue para mí como un bautismo. Ambicionábamos hacer cosas, expresar lo que llevábamos dentro. El poder más fuerte que teníamos era la convicción. No hubo revista, aunque a algunos nos hizo amigos y “compañeros de viaje” en esto de pasarnos borradores, poemas de los que dudábamos, ideas dispares, cafés, cervezas y noches de la ciudad. Pero también manifestaciones, sindicatos, organizaciones, campañas anti-OTAN y otras actividades de ideas muy materiales y de ensueño. Coincidí con Pasquau muchas veces, tenía siempre una conversación agridulce, algo ácida; hipercrítica con el poder y tierna con el común. Fue siempre un gran dinamizador cultural y terminó por crear diversas revistas tan deseadas que a veces no tenían más que un solo número (como El suelo te hará tropezar), pero también fancines, hojas volanderas, lo que fuera con tal de poder expresar algo diferente a las manifestaciones convencionales. Algunos de los de aquella reunión ya no participamos en esas publicaciones, pero seguimos puntualmente su recorrido. Era un momento en el que la vida cultural de Valladolid estaba en ebullición, con un enorme ímpetu de proyectos, de actividades, de gente que venía de fuera. Con la Muestra Internacional de Teatro, por ejemplo, a la que llegaba lo más granado y adelantado del momento, aunque a veces también del momento inmediatamente anterior (no puedo dejar de recordar la visión desde mis diecisiete años de la Antígona del Living Theater, en 1981, en la Sala Borja, como recordatorio de su representación mítica en el Teatro Carrión en pleno franquismo en 1967).

El homenaje a Luis Pasquau es la expresión de un momento. Estuvo allí y nos dejó su huella. Reivindicar su presencia y su obra es de justicia. Si no lo hacemos quienes lo conocimos, no lo hará nadie. Todo se borrará. El sábado 25 de marzo, a la 19,30, en la Casa Revilla estarán Francisco Aliseda, Carmen Carracedo (“la Marquesa”), Karlotti Valle, Manolo Sierra, Luis Miguel Marigómez, Antonio Karter, Mar Samos, y Luis Santana. Luego por la noche, a las 22 horas, se leerán en la Casa de Zorrilla poemas suyos y nos tomaremos unos vinos. En la organización del homenaje han aparecido varios inéditos. Vamos a intentar publicar uno de ellos, y que esté para el homenaje. Lo que queda es el legado de la gente. O lo tomamos o no, pero la memoria no es lo mismo si lo dejamos pasar. Por eso no he querido olvidarlo. Por todo lo que nos enseñó.

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