Retrato de un cretino integral, «Selfie» es motivo de alegría por varias razones. La primera por el reencuentro con un cineasta que hacía más de una década había desaparecido como director de nuestras pantallas, tras sus acertadísimas «Más pena que gloria», crónica sentimental de una adolescencia en tránsito hacia la madurez, y su «Vete de mí», radiografía de una sociedad española incapaz de desprenderse de sus hijos incluso cuando parece que, por fín, se han ido de casa, regresa con otra radiografía exagerada y que parece inverosímil, pero que por su aspecto desarreglado, por su esperpento continuo, termina pareciendo más real que cualquier noticiero televisivo. El segundo motivo de alegría es la demostración de que la economía de medios no está reñida ni con el talento ni con la posibilidad de hacer grandes películas sin presupuesto; cansados de oir las quejas por la falta de financiación, García León demuestra que, basta una idea genial para, no sólo divertir, sino convencer, sin necesidad de decorados fastuosos, grandes recreaciones históricas o diseños de producción megalómanos. La España de hoy, como la que provocó la realización en 2004 de «Hay motivo» (¿se acuerdan de aquella película protesta contra los coletazos residuales de las políticas de Aznar?, qué poca memoria tenemos y qué cortos nos quedamos pensando que la amenaza neoliberal y postfranquista se había agotado en este país) es cutre, muy cutre, desde las élites hasta el más modesto trabajador de cualquier factoría, España es un país que desborda cutrerío por sus cuatro costados, y el director se ha propuesto retratarlo de manera simple, sencilla, cercana y, además, muy dolorosa; de frente, con los reflejos residuales de lo que vemos día a día. El tercer motivo de alegría procede de la caracterización del trío protagonista, una revisión del «Jules et Jim» truffauniano que compone tres personajes tan representativos de esta España llena de caspa y ruindad que no queda sino felicitar a sus tres actores, Santiago Alverú, Macarena Sanz y Javier Caramiñana.

Título original: Selfie. España. 2017.

Dirección: Víctor García León.

Duración: 85'.

Guión: Víctor García León.

Reparto: Santiago Alverú, Macarena Sanz, Javier Caramiñana, Alicia Rubio, Pepe Ocio.

Fotografía: Eva Díaz.

Montaje: Buster Franco.

Productor: Jaime Gona.

Productoras: II Acto, Gonita, Apache Films.

«Selfie» comienza como una crítica acidísima de un tipo de España encerrado en sus urbanizaciones de lujo, aislada del paro, de la corrupción, de los recortes, de la eliminación de derechos, ajena a los problemas de la inmensa mayoría de los que sufren sus políticas, pero que, de repente, ve cómo se desmoronan sus torres de marfil cuando la verdad sale a la luz. Bosco es hijo de un ministro del PP que, como si fuera un vulgar Rato o Bárcenas o cualquiera de esas decenas de hombres y mujeres «muy honorables y mucho honorables» que se disputan el podium del saqueo de lo público, es detenido y encarcelado en plena fiesta de cumpleaños para escarnio y vergüenza de nuestro protagonista, por hacer lo que a nadie le ha parecido excesivamente mal. La detención de ese padre honorable no abre los ojos a Bosco, pero si le enfrenta a una realidad muy diferente; sin recursos, sin estudios, sin dinero, Bosco se transforma, de la noche a la mañana, en el ejemplo de «ni-ni» perfecto, pijo pero sin futuro, en uno más de tantos cientos de miles de jóvenes de este país que viven como supervivientes. Como las ratas que abandonan el barco, Bosco se ve expulsado de la universidad privada por razones de imagen, abandonado por una novia que parece sólo pretendía posición, sin amigos que ahora le tratan como un apestado, sin madre que le abandona porque los posos del cafe y una alcaldía en Talavera de la Reina le aconsejan separarse de su hijo. En definitiva, Bosco termina en la calle, desahuciado de su propia casa, desacostumbrado a la vida del común de los mortales que, termina, como el Gurb de Mendoza, como un extraterrestre en pleno barrio de Lavapiés, acogido por una joven ciega incapaz de ver lo que tiene delante.

Fotograma de la película.

Pero la película sería menos interesante y terminaría convirtiéndose en mera astracanada crítica contra un sector del país si no existiera la antítesis. Bosco es el prototipo de gilipollas de derechas que proviene de generaciones y generaciones de millonarios, mucho estereotipo genialmente construido por Alverú, pero enfrente también hay mucho idiota aunque tenga buenas intenciones. Bosco es egoista, aprovechado, individualista, racista, clasista. Como el «Zelig» de Allen intenta camuflarse y pasar desapercibido, como uno más, en medio de un mitin de Podemos o en una protesta contra su propio padre, aunque al final, termina saliendo esa vena ultraliberal que demuestra la catadura moral del personaje, pero otro tanto puede decirse de las buenas intenciones y propósitos de esa nueva izquierda quejosa que, realmente, no mueve un dedo por cambiar las cosas y pasa las horas en discusiones estériles entre cerveza y tabaco. Una juventud que se dice muy preparada y poco reconocida que, a la hora de la verdad, presume de encerrarse horas estudiando cuando está en la trastienda en plena batalla de juego de rol. Bosco tiene el alter ego en Javier, y ambos sólo pueden ser aceptados y queridos desde la ceguera. Porque genial es la idea de representar a la chica por la que ambos luchan, es un decir, como una ciega ingenua, bien intencionada, altruista, entregada a las buenas causas, una Macarena que es España, de buen corazón y ciega ante todo lo que pasa ante sus ojos, que no es capaz de ver porque no quiere y que cuando se topa con la realidad se justifica diciendo que fue ciega porque no podía ver durante años lo que pasaba a su alrededor, España está ciega y va a seguir aceptando durante décadas a imbéciles que la guíen desde la izquierda y desde la derecha, incluso cuando suelten su mano y terminen abandonándola en la oscuridad, seguirá volviendo al refugio del cretino conocido.

En el falso documental, García León obtiene enormes resultados mezclando la ficción de sus personajes con la realidad del momento, en plena campaña electoral del 26J, el personaje de Bosco deambula entre mítines y arengas como si todo aquello no fuera realmente importante, y es posible que en ese sentido, sea el más realista de todos los que asisten a los actos de PP y Podemos, aprovecha el lugar para intentar preocuparse de lo suyo o para ir de fiesta, pero no con la creencia de estar presente donde se pueden arreglar ninguno de los grandes temas, y mucho menos sus problemas puntuales. Entre las bambalinas del desparpajo cualquiera puede acercarse a un político y conseguir un par de besos, ahí no hay mejor selfie que el de Esperanza Aguirre, porque en campaña todo se promete y nadie pone mala cara para que ningún fotógrafo capte un mal gesto o un comportamiento inadecuado. Bosco busca amparo de los suyos y tiene que conformarse con un tripartito de circunstancias compartiendo cama, mesa y mantel. Si Justine Triet tituló «Solferino» a un momento reciente de la historia francesa donde los vientos de cambio duraron lo que el socialismo perdió el color rojo por el camino, este «Selfie» podría haberse titulado «Génova» o «Vista Alegre 2«, aquella lucha despiadada de un matrimonio por negarse las visitas de las hijas se traslada a un retrato de una generación de jóvenes desacostumbrada a luchar, a responsabilizarse, a buscar nuevas salidas; incapaz de enfrentarse a los problemas, empeñada en echar la culpa de todo a los demás y curar su mala conciencia con ayudas a discapacitados que terminan comportándose de manera más responsable que el adulto que les acompaña. «Selfie», con su desaseado estilo de cámara en mano, su estética de reportaje televisivo a la carrera, sus diálogos y frases entrecortadas, sus falsas situaciones reales en medio de realidades mucho más esperpénticas, nos coloca ante el peor de los retratos de nuestro presente. Maquillado con humor y desparpajo, nuestro futuro está en manos de mucha gente como Bosco, o como Javier, que tanto monta, monta tanto, porque los palos de la película son multidireccionales, aunque haya un protagonista principal vigilado por la mirada un tanto ausente y paternal de un poster gigante de Rajoy. García León vuelve a demostrar que está perfectamente dotado para captar la realidad de nuestro país en un momento concreto, ninguna de sus películas anteriores ha perdido vigencia ni frescura, con ésta se aventura un camino similar, aunque sea a costa de seguir siendo gobernados desde la ceguera y la idiocia.

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