Esta no es una historia cualquiera, sino la historia de una gimnasta que dio todo por su país y ese cariño no fue recompensado. En una época difícil para el panorama político europeo, con Estados Unidos y Rusia en permanentes tiranteces por sus ideales, Nadia pudo salvar su orgullo luchando por su país natal, Rumanía, entonces bajo el Pacto de Varsovia firmado bajo el abrigo de la URSS. Con Nicolae Ceausescu como Presidente de Rumanía desde 1967, sus cambios en el país, su opresión y su autoridad hizo que personalidades como Nadia, heroína para la sociedad, abandonase el país rumano.

Nadia Comaneci solo era una niña de 6 años cuando comenzó su carrera en la gimnasia. La URSS dominaba la materia y parecían imbatibles pero con entrenadores como Bela Károlyi, Rumanía pudo acercarse pasito a pasito al nivel de las soviéticas. Lo artístico lo llevaba su mujer, él era más partidario de la formación física de las gimnastas y pronto vio un increíble potencial en Nadia, cuyo gusto por las barras y las piruetas aumentaba con cada hora de entrenamiento. Si había que hacer 10 fondos, ella hacía 20, si tenía un error mínimo, no abandonaría el gimnasio de Onesti hasta que ese error esté erradicado. Nadia era una luchadora, era la más luchadora.

El primer revés lo sufre con 9 años, cuando en los campeonatos nacionales queda en el puesto decimotercero, una frustración para quién dedica ya no 8 horas diarias, sino que adopta la gimnasia como forma de vida a tan temprana edad. Sería su única mancha, pues después comenzaría a vencer torneos amistosos contra rivales mucho más mayores que ella. Sería la antesala de lo que sucedería en Montreal 1976. Con el foco mediático sobre las rusas Olga Korbut y Ludmilla Tourischeva, amplias favoritas para llevarse el oro, ocurrió un ejercicio de barras asimétricas para la historia. Su famoso cambio de barras a la velocidad de la luz produjo más de un sonoro estruendo en el pabellón, era imposible hacerlo mejor, y por ello, Nadia consiguió el primer 10 de las historia en unos Juegos Olímpicos. No era un error en la puntuación, no se había estropeado el marcador electrónico marcando ese 1.00 como por un instante ese pensamiento sobrevoló la cabeza de Bela; simplemente, había sido perfecto.

Con solo catorce años conseguía el oro olímpico; con solo catorce años conseguía que el pueblo rumano pudiese festejar algo, en tiempos que no eran ni mucho menos festivos. Logró conseguir la puntuación perfecta seis veces más, su nivel no tenía techo. Al pisar suelo rumano, Nadia fue protegida por la dirigencia política de Rumanía como un tesoro, Ceaucescu no podía perder a la perla de Onesti que le había dado fama a su país. Pero aquello se convirtió en una presión, obligada a vencerlo todo, a ser perfecta cada día y cada competición. La gimnasia se había convertido en un instrumento político para que Rumanía tuviese peso internacional, gracias a Ceaucescu. Tanto fue la presión, que en un encontronazo de Bela con el hijo del presidente rumano hizo que los caminos de entrenador y Nadia se separasen. Comaneci fue enviada a Bucarest para seguir con la gimnasia y con su poder político, sin que ella, aun adolescente, se diese cuenta.

Incapaz de cuajar una organización decente, el problema de la adolescencia y su cambio hormonal y las continuas presiones por parte del Gobierno, hizo que Nadia empeorase su nivel competitivo, su moral estaba por los suelos y ya no era la niña de mejillas sonrosadas y lazo rojo que ganó en Montreal; Nadia se estaba haciendo mayor sin ni siquiera superar los 18 años. Obligada por Ceaucescu a participar en los Campeonatos del Mundo Estrasburgo 1978, Nadia no rechazaba un reto, pero no estaba preparada ni moral ni físicamente. El desastre estaba escrito, y tras una pésima actuación, el final de Nadia en la élite era un hecho.

Pero cual ave fénix se recupero de sus propias cenizas. Con ello y con la vuelta de Bela, sus entrenamientos la catapultaron de nuevo al estrellato. Cuanto más alto era el nivel competitivo de la nueva Nadia, más difícil se hacía la vida en Rumanía en los años 80. Ceaucescu había creado un régimen muy autoritario y represivo, y las deudas que asolaban en el país empezaron a afectar duramente a la sociedad. En Moscú 1980 pudo llevarse la medalla en el ejercicio de suelo, pero no pudo aupar a su país a lo más alto en el resto de modalidades. La esperanza rumana no era tan perfecta como decía los dirigentes políticos y Bela, presionado y derrocado por su propio país, emigró a Estados Unidos.

El miedo en Ceaucescu se acrecentó desde ese momento, no podía perder a su gimnasta en un movimiento parecido al de su entrenador. Con 24 años dejaba la competición y se retiraba definitivamente del deporte. Paso a ser una más en Rumanía pero a su vez era un símbolo que el presidente cuidaba de cara a la galería. Poco a poco, Nadia fue desapareciendo de los medios, de las calles, centradas únicamente en el culto a la familia Ceaucescu; Nadia, que ya no era tan perfecta, ahora era prescindible. Una buena noche, Comaneci pasó clandestinamente por la frontera hasta Hungría, y después a Austria. Solicitó asilo en Estados Unidos y dejó atrás un país en el cual no era libre, en un momento de cambios en Europa. La (im)perfecta Nadia, símbolo de Rumania, por fin era libre. La (im)perfecta Nadia, ahora sí, ya podía ser feliz.

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