En 1941 Woody Guthrie estampó en su guitarra el lema «This machine kills fascists» («Esta máquina mata fascistas»). Quien entonara la conocida «This land is your land» enviaba un mensaje muy claro, así que quién sabe qué disgusto se hubiera llevado en 1992 cuando las discotecas italianas vibraron con «Skin 1938», una adaptación de la canción de los años treinta «Faccetta nera, belle Abyssine» obra de los raperos Roberto Aniceto y Giuseppe Arbia. Parece que para matar nazis  ‒aunque sea de forma figurada‒ se precisa mucho más que seis cuerdas, y la misma reflexión podría aplicarse al ámbito de las TIC. Desde la interpretación crítica más esencial, para que el ciberespacio pueda generar relaciones más igualitarias, quienes sufren discriminación han de tener acceso a Internet. Sin embargo, según datos de 2016 del Instituto Nacional de la Mujer en España aún existen un 21,4% de mujeres que no se conectan a la Red, un 3,9% por encima de los hombres. En Castilla y León la brecha es del 24,4%, 2,9 puntos porcentuales más que en el caso de ellos.
Anterior a estos datos es la obra es «A sociology of hackers», publicación en la que Tim Jordan y Paul Taylor recogieron casos de machismo incluso este tipo de comunidades. Mediante entrevistas, los investigadores concluían que la carencia de referentes femeninos en este campo resultaba incluso más pronunciada que en otros que relacionan la mujer con el ámbito tecnológico. Pero no se trata solamente de una cuestión de brecha de género, sino que además advertían que ellas habían denunciado un ambiente hostil en estos espacios, facilitado en parte por una de las características básicas de este colectivo, el anonimato. Una de ellas respondía que sus compañeros parecían haber abandonado toda apariencia de civilización con la ocultación de su nombre real y que además el acoso sexual por correo electrónico no resultaba un comportamiento aislado.

De la misma forma, descubrieron que los hackers describían con estereotipos a sus compañeras, diferenciadas de ellos tanto en objetivos a perseguir como en la actitud ante la programación: «las mujeres que programan prefieren gastar su tiempo construyendo un buen sistema, que irrumpir en el sistema de otra persona». Esta imagen de ellas como personas ingenuas y responsables, si no directamente incapaces, se ha repetido posteriormente, también en la cultura popular. Mattel publicó un libro en 2014 al que llamó «Barbie: puedo ser ingeniera informática», cuya protagonista ‒que nunca ha sido referente del feminismo contemporáneo‒, no solo no sabe de informática, sino que además se dedica a comportarse como un caballo de Atila de la tecnología y romper todo lo que es susceptible de ser programado.

Ella inutiliza el ordenador a su hermana con un pen drive que contenía virus, y solo obtiene su perdón con la promesa de recuperar la música y los deberes que encontraban dentro ‒con la ayuda de sus amigos Steven y Brian, por supuesto‒ y tras una pelea de almohadas entre ellas ‒una actividad, resulta, muy representativa de las mujeres que desean ser ingenieras informáticas‒. Entre las reacciones que el libro, finalmente retirado, recibió, se encuentra la creación de la página web Feminist hacker Barbie (https://computer-engineer-barbie.herokuapp.com), activa al día de hoy, que permite editar el contenido del este con nuevos diálogos más favorables y optimistas con las habilidades informáticas de la protagonista. Un ejemplo:

•    «—Será más rápido si Brian y yo ayudamos —ofrece Steven.
•    —¡Genial! —exclama Barbie—. ¿Puedes traerme algo de café?
•    —¡Claro! —contesta Steven—. El de la cafetería suele ser bastante bueno».

Esta reapropiación del discurso machista muestra cómo, en ocasiones, las acciones políticas en el ciberespacio han alcanzado objetivos positivos para el feminismo. Monserrat Boix realizó una recapitulación de estas acciones en «Hackeando el patriarcado: La lucha contra la violencia hacia las mujeres como nexo. Filosofía y práctica de Mujeres en Red desde el ciberfeminismo social». Entre las prácticas que la periodista menciona se encuentra primera acción de hacktivismo feminista en 1993. Durante la campaña de Navidad, trescientos muñecos parlantes de GI Joe y Barbie fueron infiltrados en tiendas de juguetes estadounidenses con las grabaciones cambiadas, de forma que mientras ella amenazaba con frases como «Cómete el plomo», el soldado proponía planear la boda de sus sueños.

La acción, fue realizada por la Organización para la Liberación de Barbie, financiada por RTMark, un colectivo anti-consumista de apoyo a la alteración informativa de productos de grupos corporativos. La BLO parece reconocer que ni un ordenador, ni una guitarra se convierten automáticamente en máquinas contra el patriarcado o el fascismo por mucho que lleven escritas consignas como esas en alguna de sus partes. Quien maneje el teclado o rasgue las cuerdas se trata de una cuestión esencial para comprender las melodías sociales que se tocan o el ciberespacio que se configura ¿Cambiamos la historia de Barbie, transformamos su voz y la convertimos en fan de Woody Guthrie? A ver qué pasa.

Adaptación de la charla «(H)ADA TRICÉFALA: desarrolladoras, hacktivistas y creadoras digitales» con Marta Álvarez y Ana B. Medina en la jornada WomanTechMakers del evento Picnicode (16, 17 y 18 de marzo, Campus Miguel Delibes, Universidad de Valladolid).

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