Soñar, creer en leyendas imaginarias, en románticas citas alejadas de cualquier viso de verosimilitud para oponerte a la corriente que trata de arrastrarte hacia el discurso único. Si tu rey dice que Kentz no existe, que la bella durmiente es una entelequia y que tu locura te incapacita para asumir el trono, solo te queda soñar; soñar y liberarte manteniéndote despierto, percutir los tambores y los timbales, platillos resonantes que proporcionan una banda sonora a tu vida. La libertad del sueño frente al corsé del poder. La bella durmiente sueña en el sentido literal de la palabra por culpa del hechizo, Egon, nuestro príncipe, sueña porque de esa manera su futuro como príncipe heredero del reino de Litonia puede ser aceptado como algo que se puede cambiar. Vivir en un sueño no es vivir en la irrealidad, sino mantener la libertad como guia absoluta de comportamiento, romper las cadenas del absolutismo dirigido a anularte y reivindicar tu anarquía personal como modo de vida. En Litonia nadie sueña, en Kentz nadie despierta, ambos reinos se mantienen impasibles, distanciados por anclarse en una sola realidad, en Litonia no vemos personas, solo cortesanos, en Kentz nadie se mueve desde hace un siglo. Tan sólo una rebeldía individual puede dar lugar a un cambio, y el 20 de junio de 2000 se va a producir ese cambio porque una persona se ha negado a dejar de soñar y decide seguir el camino prohibido, sólo los que se oponen al poder son capaces de cambiar la realidad.

BELLE DORMANT.

Francia. Año: 2016.

Dirección: Adolfo Arrieta.

Intérpretes: Niels Schneider, Agathe Bonitzer, Mathieu Amalric, Tatiana Verstraeten, Serge Bozon, Ingrid Caven, Nathalie Trafford, Andy Gillet.

Argumento: Charles Perrault (cuento).

Guión: Adolfo Arrieta.

Música: Benjamin Esdraffo, Ronan Martin.

Fotografía: Thomas Favel

El cuento de Perrault se moderniza y se hace aún más onírico. Desplazada la faceta del cuento infantil que, sin embargo esconde la mayor parte de vicios y perversiones de los adultos, Arrieta, español de origen, francés de creación; transforma una historia archiconocida en una fábula nueva, un desarrollo en el que todos conocemos de antemano lo que va a terminar sucediendo, un cuento en el que se condena a la bella princesa a dormir hasta que aparezca el príncipe que rompa el encantamiento, un cuento nuevo donde lo moral pasa a segundo plano para reivindicar lo mundano, lo carnal, lo sensual, lo libre. Un cuento en el que los sueños se hacen realidad por simple ejercicio de voluntad, por empecinamiento en reivindicar la individualidad frente al comportamiento grupal. Egon (Niels Schneider) es el único humano vivo en su país, frente al Kentz embrujado y silente, Litonia no muestra más vida que la mortecina corte de un rey anclado en lo material y dispuesto a vender su patrimonio cultural para convertirlo en un casino (Serge Bozon). Materialismo nada dialéctico frente a creación artística, todo aquello que más irrite al rey será lo que haga el príncipe, empeñado en ser el elegido para romper el hechizo cuando transcurran esos 100 años predichos. Para sumergirnos en el cuento nada mejor que crear imágenes de potente belleza dotadas de surreal magnetismo por su composición, su puesta en escena y su iluminación.

Arrieta rueda, así, una de sus mejores películas adoptando la belleza como elemento de reivindicación artística. Etiquetado como creador «underground», fuera del sistema, contemporáneo de los grandes del cine francés de los 60-70, aunque su camino tomara una deriva completamente opuesta a los cánones nouvellevaguianos, y fruto de ello quizá su recuerdo fílmico no alcance más que a los entendidos en el mundo del cine y a aquellos espectadores capaces de abstraerse de la mercadotecnia oficial. Arrieta ahora abandona el encuadre rupturista, el lenguaje dificil de identificar, la metáfora limitada por la temporalidad de una circunstancia histórica concreta y se lanza al cuento, pero con el cuento se sumerge también en la realidad de una contemporaneidad donde se multiplican los reinos durmientes, las masas silenciosas, los espacios públicos abandonados al imperio del dinero, reyes o presidentes que, más que dormir, vegetan o se comportan como zombies. La selva de Kentz sobrevive por la ausencia de hombres, de la misma manera que los problemas en Litonia sólo se arreglan militarmente. Arrieta utiliza el efecto especial de baja intensidad, apenas un par de maquetas, unas sobreimpresiones de animales que son anuncio de amenaza advertida, cielos y horizontes de ordenador iluminadosde manera sobrenatural para crear un ambiente de irrealidad rodeado de ángeles bastante sexuados. La luz marca el camino al cuento hasta que toque despertar, una luz que sale de los personajes e ilumina sus rostros en medio de la oscuridad, o de la frondosidad del bosque, una luz única y personal para quienes saben vivir la noche en la que se revela la realidad y se confirma la elección.

Fotograma de la película.
Fotograma de la película.

En todo cuento debe haber un elemento mágico y de misterio, regresan los ángeles de Arrieta que pierden sus alas en su caracterización terrenal, y las hadas se transforman en mujeres jóvenes y hermosas, pese a sus siglos de edad, para facilitar que el amor triunfe sobre la ruindad, lo material y la envidia (Matthieu Amalric y Agathe Bonitzer componen dos pequeños, pero sutiles personajes, indispensables para que nos sumemos a la aventura de atravesar un bosque lleno de peligros). El arte salva a Egon, música y literatura frente al absurdo camino de formación de un príncipe que no reinará porque, en el fondo, da lo mismo que el rey permanezca sonámbulo o en vigilia, nadie notará la diferencia, por eso es mejor demostrar cómo somos realmente durmiéndose en medio de una conferencia a tener que aplaudir hipócritamente por lo que no nos interesa. La música libera a Egon y le transporta al mundo de la felicidad, del mismo modo queArrieta usa armas reconocibles en otros para engrandecer su propia película y que le emparentan con el estilo verbal y gestual de Vecchiali, con el humor inteligente y chocante de Green, con la referencia visual inevitable de Oliveira y su Angélica, muerta pero juguetona, como nuestra bella durmiente, rescatada de un sueño catatónico para despertar como una joven princesa de 115 años, evitando así, cualquier duda sobre abusos sexuales a menores de edad con el juego de un tiempo transcurrido que no se ha vivido. Porque Arrieta elimina de la memoria de los somnolientos e inmóviles habitantes de Kentz (personas o animales, agua o nubes, cualquier cosa con movimiento quedó paralizado aquel 20 de junio de 1900) todo un siglo, el XX, les evita guerras y triunfos vergonzantes de la sinrazón humana para descubrirles un nuevo mundo lleno de tecnología y comunicaciones desconocidas, reservando para el final una de las mejores escenas del cine reciente, un baile de enamorados, un swing sensual, atrevido, pícaro, donde los cuerpos apenas vestidos se mueven descompasadamente a su ritmo, dejándose llevar, desde una cercanía alejada hasta el momento previo al contacto, yemas de dedos que apenas si se rozan y consiguen acariciarse unas con otras, luces que dan intimidad e invitan a desprenderse de temores y vergüenzas. Justo en ese momento hay que acabar el cuento y respetar la noche de bodas de dos príncipes que, una vez han cumplido el sueño, tienen derecho a vivir. Una obra extraordinaria que ojalá llegue a todas las ciudades de España, porque como dicen en casi al final de la obra «acostumbrados a la magia os acostumbrareis a la tecnología» y yo digo a l@s lector@s que, acostumbrados como están, en exceso, a la tecnología, déjense llevar por esta mágica película.

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