“Esfinge.- Es inútil, es inútil. El abismo hacia el que me arrojas está en ti”.

Pier Paolo Pasolini, Edipo Rey

 

No puedo dejar pasar la presentación que hoy 5 de abril se hará por la tarde, a las ocho de la tarde en el Café del Teatro de Zorrilla del libro inédito de Luis G. Pasquau Desde la noche a la Luna. Un libro plenamente integrado en el tiempo del Valladolid con ansias postvanguardistas e internacionales de los años 80 al que me referí al hablar del homenaje a Pasquau. Con poemas que fueron escritos en el contexto del final de los años setenta e inicios de los ochenta, Desde la noche a la Luna se publica ahora como expresión de un homenaje, de una recuperación necesaria, de poemas que aparecieron en revistas y sonaron en lecturas públicas y privadas, una recuperación de textos que tuvieron una presencia en un momento y un lugar y que aparecen aquí como un corpus plenamente coherente.

Decía Pasquau en el comentario externo al libro que le acompañaba en el manuscrito --un comentario situado antes de la portada--, que se trata de poemas viejos y nuevos, “que tienen en común su pertenencia razonablemente delirante a sueños y hechos de mi vida. Autobiografía ligeramente enmascarada”. Resulta difícil en un poemario de estas características, como advertirá el lector, seguir traza autobiográfica ninguna, de forma que sólo cabe tomarlo en consideración. El carácter “delirante”, que el propio autor anticipa a la lectura del manuscrito, encubre cualquier elemento autobiográfico, quizás salvo para algún lector avisado. Como podrá verse, Desde la noche a la Luna se trata de un libro audaz, visceral, hecho de vida y de los recursos que surgían en Luis G. Pascuau como expresión de la conciencia de sí mismo en un momento efervescente cual fue el de la salida de la dictadura. Hay sin duda varios elementos temáticos; por un lado, la necesidad de romper fronteras, los límites represivos del franquismo, que se traduce también en una quiebra formal y en un discurso político, muy avanzado y autocrítico con el formalismo izquierdista; por otro, los signos de su tiempo, la psicodelia, la vanguardia, el peso del mayo francés, el rock, las drogas, la liberación sexual. Desde el punto de vista estilístico es indudable la presencia de Dadá, el surrealismo y las vanguardias, traducido todo ya en postvanguardia. Es un leguaje nuevo en el que incluso se integra al final la descomposición lingüística de Artaud, rompiendo la ortografía e incluso el léxico.

El texto se enmarca con citas de Stevenson (“al fin de los fines/veréis asomar la ciudad dorada”), Virgilio (“también el sol -…- te dará señales”) y una cita en eusquera atribuida a un tal (sic) Juan Villagránnnnnnnnnnnnnalcohol (“Ver/como soy/me castigo/y todavía yo no sé”). Cada una de las tres partes del poemario tiene como antesala una cita de Michaux. La primera parte, formada por diez poemas, se inicia fustigando los clichés políticos frente a la realidad cruda de la existencia; y sigue con expresiones de ternura y crueldad, imágenes oníricas que van cayendo como una erosión (“los caracoles se enroscan en sus espirales”, “cultiva una perla en su ombligo/el vicario general”), violencia, evocaciones, filosofía y mercado (Sartre y el precio del oro), la conciencia y la muerte, más imágenes oníricas, la denuncia alucinada de la explotación laboral, vida y muerte, sensaciones. Es una poesía en la que el surrealismo y el delirio se expresan y discurren a través de imágenes insospechadas, paradójicas, donde lo inesperado aparece para construir una realidad excepcional, un mundo distorsionado.

La segunda parte cuenta con doce poemas. Su temática se centra desde sus inicios en el amor y el deseo. Paradojas eróticas, poemas de amor o desamor con el orden interno desarticulado, añoranzas, juegos verbales populares incorporados al poema, adulaciones y deseo, mucho deseo, ciudades y evocaciones con imágenes poderosas (“espadas llueven, espadas en el Pisuerga”), amor y muerte, mención de drogas varias, una realidad polícroma y una huida del tiempo, presuntamente amorosa. Una poesía en general menos onírica, mucho más carnal y terrenal, que pierde en gran medida, a mi juicio, la conciencia atormentada.

La tercera parte la integran trece poemas. Almas en pena femeninas, niñas aladas fruto de amores imposibles, niñas y vacas, niñas que danzan, adolescentes que crían rosas entre sus piernas, noches dislocadas en el parque, noches que descienden en el poema a través de la soledad (extrañas afinidades electivas), dioses y tigres, Valladolid surrealista para la llegada en tren y Valladolid de lugares afectivos por la huella del amor, bacanales alucinógenas, valses de sábado, monjas asaltando el cementerio civil y abuelos que fuman y deliran. Retorno a un espacio alucinado, imágenes soñadas y proyectadas.

Y finalmente, de modo inesperado aparece una Coda final, con un largo texto inicial que lleva el título de “Tres elegías y un cuento inacabado”. Una primera elegía con Blancanieves, Ulrike Meinhof y Buster Keaton, otra con Lautréamont, Nietzsche y Antonin Artaud y otra tercera de vampiros en la Catedral y Jimmy Hendrix de cuerpo entero. El cuento inacabado prometido, descomponiendo la ortografía, habla de una niña que vive en una ciudad con un río, la luna que desaparece y unos pelones que no sueñan. Dos poemas finales cierran Desde la noche a la Luna, “La vieja memoria” y “Paradise Now”. La descomposición lingüística caracteriza al primero, con una dislocada concatenación de referencias a personajes de cuentos infantiles, mientras un rosario de dioses, bajo una cita de Tristan Tzara, terminan en una expansión y multiplicación del Universo.

Y es que ese Universo alucinado de Pasquau ha conseguido abrir un boquete en la racionalidad instrumental de la vida corriente. Ha roto con el poder, el patriarcado y ha matado al padre, Layo, en el camino a Tebas. La desestructuración es casi completa, como sucede con el lenguaje y la ortografía. Y al final del camino no espera Yocasta, como él mismo anuncia en el breve prólogo, sino su transformación al modo de una metamorfosis.

Tras la lectura de este poemario, de forma automática, me vinieron a la cabeza unos versos que creía conocidos, de los que ignoro la procedencia. Los he buscado y no he descubierto su origen. No sé si son fruto de la escritura automática o del delirio también. Pero son expresivos: “Camino de Tebas, se encuentra la muerte.

No he querido desecharlos. Tan freudianos como son. No han cesado de perseguirme desde que dejé el último de los folios del manuscrito sobre los anteriores. “Camino de Tebas, se encuentra la muerte. Luis Pasquau, en su camino a Tebas, su particular camino, halló la muerte hace ya años. Hoy reiteramos el homenaje.

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